Erinnerungen im Abgrund//borrador

Capitulo 08: Pequeños Sacrificios

Edwin se encontraba solo en la casa aquella tarde, lo cual constituía una forma particular y cruel de soledad: estar rodeado de habitaciones cerradas es más desolador que estar rodeado de vacío. Ninguno de sus compañeros había regresado aún, y la tarde se extendía ante él con esa vulgaridad insoportable que caracteriza al aburrimiento cuando se presenta sin invitación. Las puertas de las otras habitaciones permanecían trancadas, como si sus ocupantes hubieran decidido que la privacidad era un bien más valioso que la compañía, conclusión a la que sólo se llega tras demasiada convivencia forzada.

Descendió a la sala con el propósito de rescatar su caja de cigarrillos —ese vicio elegante que ocultaba en uno de los cajones de la cocina con la vergüenza de quien esconde poesía mala—. La encontró junto al lavamanos, donde la había dejado como quien entierra un secreto pequeño pero necesario. Buscó entonces la cajita de fósforos sobre la encimera, y justo cuando sus dedos la sostenían y estaba a punto de encender ese primer cigarrillo que promete redimir todas las tardes desperdiciadas, un ruido peculiar interrumpió su ritual.

Era el sonido de unas patas diminutas rascando la puerta con la insistencia de quien solicita audiencia o asilo político. Edwin se asomó hacia la entrada y descubrió, a través del estrecho orificio bajo la puerta, las patas de un ratón arañando la madera con una determinación que hubiera resultado conmovedora de no ser tan inoportuna.

Abrió la puerta con un movimiento brusco y extendió la mano para capturar al intruso, pero el ratón —criatura que la naturaleza ha diseñado de forma específica para la huida y la humillación de sus perseguidores— se escurrió entre sus pies con una agilidad insultante. Sus pisadas veloces repiquetearon sobre el piso de madera como una carcajada diminuta y burlona.

—¡Detente, maldito! —gritó Edwin, lanzándose tras el animal con una furia desproporcionada que sólo puede explicarse por el orgullo herido.

El ratón, demostrando esa astucia táctica que poseen todos los oprimidos, se refugió bajo el sofá. Edwin se arrojó al suelo y estiró el brazo bajo el mueble, pero el ratón —juzgando con razón que aquella mano constituía una amenaza mortal— le clavó los dientes con una ferocidad extraordinaria para algo tan pequeño, y escapó de nuevo hacia territorios más seguros.

Edwin retiró la mano, examinando la mordedura con esa mezcla de asombro y ultraje que experimentan los tiranos cuando sus víctimas se rebelan. Al alzar la vista, descubrió que el ratón había ascendido por las escaleras con la gracia de quien ha conquistado una montaña. Corrió a la cocina, tomó una escoba —arma tradicional e inútil contra roedores— y subió tras él con el fervor de un cruzado en misión absurda.

El ratón había elegido como santuario la habitación de Eneas. Edwin vislumbró apenas un fragmento de cola desapareciendo tras la puerta cerrada. Intentó introducir la mano por el orificio inferior, pero el espacio resultó ser una burla arquitectónica: demasiado grande para ignorarlo, demasiado pequeño para ser útil. Ni siquiera el palo de la escoba cupo. A través del hueco, Edwin contempló con impotencia cómo el ratón se deslizaba bajo la cama de Eneas, alcanzando un refugio inexpugnable.

De su garganta brotó entonces un grito de frustración pura, ese sonido primitivo que emiten los hombres cuando comprenden que han sido vencidos por algo infinito e inferior a ellos. Bajó las escaleras como un torbellino de dignidad herida, tomó un cuchillo de la cocina y regresó decidido a violar la cerradura de la habitación por medios poco ortodoxos.

Fracasó en el primer intento. Y en el segundo. Y en todos los subsiguientes. Su técnica —si es que ese término generoso puede aplicarse a lo que hacía— era tan desastrosa que estuvo a punto de destruir la cerradura por completo. La manipulaba con la torpeza desesperada de quien ha renunciado al método en favor de la violencia ciega.

La tarde, que había comenzado con el aburrimiento como único defecto, se había transformado en una epopeya grotesca entre el hombre y el roedor. Y el roedor, debe admitirse, llevaba una ventaja considerable.

Qué paradoja tan exquisita: Edwin, quien aspiraba a convertirse en profesional de la violencia organizada, derrotado por un ratón cuyo peso no alcanzaba el de su orgullo destrozado. La naturaleza, en su infinita ironía, había decidido recordarle que no importa cuán temibles sean nuestras ambiciones si no podemos conquistar un cuarto cerrado habitado por una criatura que cabe en la palma de la mano.

«¡¿Cuál es la necesidad de dejar sus cuartos cerrados?!», pensó Edwin mientras se incorporaba del suelo con esa dignidad precaria de quien ha pasado demasiadas horas en posturas que la anatomía humana no fue diseñada para soportar. Se apoyó contra la puerta del cuarto de Eneas como un centinela que ha perdido tanto la batalla como el sentido de por qué la estaba librando.

Después de un asedio tan largo como inútil, Kai apareció por fin al final de las escaleras. Subió los peldaños y descubrió a Edwin recostado contra la puerta con esa expresión particular de quien ha sido vencido por fuerzas ridículas e inferiores.

—¿Edwin? ¿Qué haces ahí? —preguntó Kai, contemplando la escena con la perplejidad de quien entra a un teatro en mitad de una obra absurda.

—Espero a que la rata salga por voluntad propia o a que Eneas regrese y abra la puerta de su cuarto —respondió Edwin con una calma forzada, como si aquello fuera la ocupación más razonable del mundo civilizado.

—¡¿Una rata?! ¡¿Qué hace una rata en nuestra casa?! —Kai retrocedió un paso, su rostro contorsionándose en una mueca de repulsión auténtica—. Qué asco.

—Se coló por la puerta de la sala cuando yo cometí el error de abrirla —explicó Edwin con voz cansada—. La perseguí por toda la casa con el fervor de un cazador incompetente, y ahora se burla de mí desde el santuario inviolable que es la habitación de Eneas.




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