Erinnerungen im Abgrund//borrador

Capitulo 09: Los juegos tienen cosas oscuras

Cuatro meses de entrenamiento después —parecían cuatro años cuando se medían en fracasos acumulados—, Luci y Meghan permanecían en el bosque bajo la luz agonizante del día. Luci acababa de disparar contra la tela de una diana improvisada que habían confeccionado con los restos de lo que alguna vez fue ropa decente. El conejo de Luci estaba siendo sostenido por Meghan, quien le tapaba las orejas con delicadeza para protegerlo del estruendo, como si el animal pudiera comprender la violencia que presenciaba.

Luci tenía los ojos vendados. Cuando se quitó la tela, descubrió que no había acertado en el blanco. Casi, sí, pero el casi es la forma más cruel de fracaso porque sugiere que el éxito estuvo cerca sin permitirte alcanzarlo.

—No te preocupes —dijo Meghan con voz suave—. De todas formas no será necesario que uses una pistola. Tú solo vas a atender a los clientes, sonreír con gracia y cobrarles por servicios que prefieren no examinar demasiado de cerca.

—Es necesario que aprenda —insistió Luci con firmeza—. No voy a hacer un trabajo mediocre después de meses de preparación con ustedes. Si voy a ser parte de esto, seré parte completa, no un ornamento decorativo.

—Luci, ya se fueron todos, y la noche ya cayó —señaló Meghan, mirando hacia el cielo oscurecido.

—Eso no justifica que deba detenerme.

—Pero necesitas descansar. Tu cuerpo no es invencible, por mucho que tu voluntad lo sea. Uno más y nos vamos.

Luci asintió con esa terquedad silenciosa que caracteriza a quienes han decidido no rendirse aunque deberían. Se vendó los ojos de nuevo. Meghan dejó a Cridens sobre el pasto y el conejo corrió hacia el tronco caído donde siempre se refugiaba cuando el grupo practicaba, ese santuario de madera podrida que había adoptado como fortaleza personal.

Luci apuntó hacia la diana con brazos temblorosos por el cansancio. Meghan se acercó a ella y sostuvo sus manos con delicadeza, guiándolas con tacto firme.

—Relájate un poco —murmuró cerca de su oído—. Estás demasiado tensa. Si te relajas, vas a disparar mejor. La tensión es enemiga de la precisión.

Mientras escuchaba la voz de Meghan, Luci sintió que su cuerpo cedía, que la rigidez se disolvía. Se apoyó un poco en Meghan, apenas una inclinación sutil, pero suficiente para que su rostro se calentara con ese rubor que no tiene nada que ver con el esfuerzo físico y todo que ver con la proximidad de otro cuerpo.

Disparó.

Se separó de Meghan y se quitó la venda de los ojos. Había acertado casi en el blanco. Casi. De nuevo ese casi cruel.

—Vámonos a casa —dijo con voz que intentaba sonar firme pero traicionaba el agotamiento—. Estoy un poco cansada.

Meghan desvió la mirada hacia el bosque, como si algo fascinante hubiera aparecido entre los árboles. Sus mejillas también estaban rojas, aunque el crepúsculo podía explicarlo si uno quisiera creer en explicaciones convenientes.

—Sí, vámonos ya.

Luci caminó hacia el tronco donde Cridens se había refugiado. Se agachó con dificultad —sus piernas protestaban contra cada movimiento— y metió el brazo en el fondo del tronco caído, tanteando con cuidado hasta sentir el pelaje suave. Lo tomó con delicadeza y lo llevó directo a sus brazos, donde el conejo se acomodó con la confianza de quien conoce su lugar en el mundo.

Caminaron hacia la casa en silencio. Meghan miraba a Luci de reojo con cierta frecuencia, esas miradas furtivas que uno lanza cuando cree que nadie las nota pero que el otro siempre percibe. La mirada de Luci, por su parte, permanecía fija en el camino, como si el suelo tuviera respuestas que el cielo se negaba a darle.

El bosque las observaba con la indiferencia característica de la naturaleza ante los dramas humanos. Los árboles habían visto innumerables historias de tensión no resuelta, de palabras no dichas, de manos que se tocan por necesidad pero permanecen unidas un segundo más de lo necesario. Y los árboles, en su sabiduría silenciosa, no juzgaban ni comentaban, solo permanecían inmóviles mientras las dos mujeres avanzaban hacia la casa, cada una cargando sus propios secretos con la misma dificultad con que Luci cargaba a su conejo.

La noche las envolvió con su manto oscuro, y en esa oscuridad todo era más fácil de ocultar: los rubores, las miradas, los latidos acelerados que no tenían nada que ver con el entrenamiento y todo que ver con esa extraña intimidad que se había tejido entre ellas durante cuatro meses de practicar violencia juntas, como si aprender a matar fuera la forma más honesta de aprender a confiar.

Encontrar ternura en medio del aprendizaje de la crueldad. Pero quizás eso era lo único verdadero que quedaba en un mundo donde ambas habían decidido convertirse en algo que la sociedad condenaría, donde la supervivencia exigía abandonar la pureza, y donde el permiso del cielo para pecar no hacía el pecado menos complicado, solo más autorizado.

Al llegar, Luci y Meghan descubrieron a Eneas apostado en la entrada de la cocina, contemplando a Kai con esa intensidad particular que uno reserva para las cosas que importan más de lo que la prudencia aconseja admitir.

—Terminas de hacer la masa esta noche y mañana por la mañana te acompaño al horno —dijo Eneas con ese tono casual que es la mentira más transparente del arsenal humano.

—Está bien. Gracias, Eneas —respondió Kai sin levantar la vista de la masa que amasaba.

Aunque, por un instante brevísimo, alzó los ojos hacia Eneas antes de devolverlos a su labor. Esto era extraordinario. Kai jamás desviaba la mirada cuando hacía pan. Nunca. Su concentración era absoluta, casi religiosa, como si el destino del universo dependiera de la textura correcta de la masa. Pero esta vez había mirado. Solo un segundo, pero había mirado.

Eneas se dio la vuelta y descubrió a las dos mujeres en la sala, observándolos con esa expresión de quien acaba de presenciar algo significativo sin comprender del todo su significado.




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