Erinnerungen im Abgrund//borrador

Capítulo 10: Te encontré

El carruaje se detuvo frente a la panadería con la clase de silencio que se cultiva cuando lo que se transporta no admite preguntas. Todos bajaron menos Meghan. Edwin entró primero por los sacos grandes de harina que Walthard había dejado para justo esta clase de visita, y entre los tres sacaron los cadáveres del carruaje, uno por saco, con esa eficiencia seca de quienes han acordado sin palabras que este no es el momento para la filosofía moral.

El cliente que esperaba adentro observó los sacos con una mirada que pesaba. Era la mirada de alguien que tiene criterio sobre los métodos y la prudencia para no compartirlo.

Luci llevaba un rato sin moverse. Sus ojos eran lo único vivo en ella, y lo que hacían era clavarse en la entrada de la panadería con la fijeza de quien espera que alguien cruce ese umbral y le diga que todo salió bien. Las manos le temblaban. Había escuchado demasiado durante el tiempo que pasó sola con aquel hombre, cosas que se instalan en el cuerpo antes de que la cabeza pueda rechazarlas, y algo adentro de ella llevaba un rato diciéndole que la noche tenía más heridas de las que el silencio estaba admitiendo.

Mientras el cliente abría los sacos para confirmar que adentro estaba lo que había pagado, Luci reunió lo que le quedaba de compostura, salió de la panadería con pasos que no le obedecían del todo, vio el carruaje, abrió la puerta trasera, y encontró a Meghan con los ojos cerrados, la frente sangrando, el cuerpo en un estado que hablaba por sí solo y no tenía nada amable que decir.

—¡Meghan! ¿Qué te pasó?

La movió con cuidado, con esa delicadeza que tiene el miedo cuando decide ser útil en vez de paralizante.

—Lu, estoy bien.

—¡No lo estás! ¿Cómo se maneja esto? Nos vamos a casa ahora mismo.

—Esperemos a los chicos. Respira. Voy a descansar un poco.

Luci esperó a que el sueño se la llevara. Puso la mano sobre su frente.

—In manus archangeli Ieremiae incide, dormi in pace, donec mala tua sanentur.

La tensión en el rostro de Meghan se fue como agua que encuentra por dónde escurrir. Y la misma luz amarilla y cálida, del color preciso del sol entrando por persianas viejas, se manifestó en las palmas de las manos de Luci, cerrando lo que el cuerpo pedía que se cerrara y dejando abierto lo que no podía sanar sin levantar preguntas en quien mirara de cerca. Luci le acarició el pelo. El carruaje no hacía ningún ruido que valiera la pena escuchar.

Dentro de la panadería, el cliente terminó su revisión, dejó el dinero sobre el mostrador con la cara de quien cree estar siendo generoso cuando en realidad está siendo mezquino, y salió sin decir nada, sin llevarse el pan, sin mirar atrás, como si la cortesía fuera un gasto que esta noche no tenía en el presupuesto.

—Mira cuánto dejó este tipo.

—Un tacaño sin imaginación.

—Vámonos.

Eneas tomó las riendas. El carruaje rodó en dirección a casa con Meghan dormida y la cabeza apoyada en el regazo de Luci, quien miraba por la ventana con los ojos de alguien que ve el paisaje y piensa en otra cosa, y de vez en cuando bajaba la vista hacia Meghan con una expresión que no era paz pero tampoco era derrumbe, sino algo que vivía en el territorio sin nombre que hay entre los dos.

—¿Qué le pasó a Meghan?

—Se cayó de un tercer piso. La vimos llegar al carruaje cojeando. Que haya llegado sola fue algo que no tenía ningún derecho a ocurrir y ocurrió igual.

—Nosotros estábamos con Eneas, sosteniéndolo con la sábana.

—No debimos haber aceptado la propuesta de ese tipo. Qué crueldad tan gratuita.

—Era nuestro primer ingreso, Luci.

—Pero miren cómo está Meghan.

El carruaje siguió su camino y nadie encontró nada que agregar que no fuera peor que el silencio.

Cuando llegaron a la casa, Luci despertó a Meghan con el cuidado de quien sabe que hay cuerpos que en ese estado no admiten prisa, la ayudó a bajar del carruaje, a subir las escaleras peldaño a peldaño, a cruzar el umbral de su habitación como si cada paso fuera una deuda que el cuerpo pagaba a regañadientes.

—Gracias. Por todo. No existen palabras ni acciones que puedan—

Luci puso un dedo en sus labios.

—No hables. Guarda energía. La vas a necesitar mañana.

Le dio un beso en la frente y salió.

Meghan se quedó mirando el techo con los ojos de alguien a quien acaba de ocurrir algo que no pidió y que no tiene dónde devolver. Llevaba mucho tiempo sin querer mirar eso de frente, manteniéndolo guardado con la misma disciplina con que se guarda una vela encendida dentro de un cajón cerrado, rezando para que no prenda fuego a todo lo demás. Era algo que podía destruir la amistad más importante que tenía, o podía volverla irreconocible de una forma distinta, y las dos posibilidades le producían justo el mismo vértigo. Lo horrible de Eros no es la flecha. Es que te clava una hace años y tú sigues andando sin saber que la llevas puesta, hasta que en el peor momento posible el cuerpo se cansa de fingir que no duele.

<<No puede ser. No ahora. Estos no son los momentos para algo tan inconveniente y tan poco consultado. Luci es mi amiga desde hace años, desde que yo tenía veintidós y ella entró a la universidad con diecinueve y ya era más de lo que la mayoría de las personas llegan a ser nunca. Siempre admiré su elocuencia al debatir, sus poemas, todo lo que sus manos creaban, pero eso no tuvo nada que ver. O sí tuvo. ¿Cuándo ocurrió? Solo la miraba y veía a alguien más joven superándome en algunas páginas y eso me parecía hermoso en vez de molestarme. Ella me dio calma. Como cualquier amiga. Me mostró una forma de ver este mundo, tan noble, tan firme ante todo lo que aplasta, y yo me quedé mirándola con tanta admiración, esto sigue sin tener sentido en nada.>>

Sus ojos se fueron cerrando solos, que es la forma que tiene el cuerpo de terminar las discusiones que la cabeza no sabe cómo ganar.

En su cuarto, Luci tenía la única compañía que esa noche no le exigía nada. Su conejo saltaba de un rincón a otro con las orejas erectas y una energía que no guardaba ninguna proporción con el espacio disponible ni con la hora. Luci lo observó desde la puerta con esa expresión serena de quien ha aceptado que hay criaturas con las que no se debate.




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