Erinnerungen im Abgrund//borrador

Capítulo 11: Pecados desmantelandose

Ambas caminaban por la calle oscura con el paso de quienes han tenido una noche que cobró más de lo que cotizaba al inicio.

—¿Nadie se llevó ese pan que estaba guardado, verdad?

—Debe estar duro como una piedra con pretensiones. Mañana se lo damos a algún perro que veamos por ahí.

—Los pobres deben tener hambre. Hablando de perritos, pobrecito Cridens, lo dejé mucho tiempo solo.

—Come, duerme y hace sus necesidades. Es una existencia con menos complicaciones de las que cualquiera de nosotras podría envidiarle de verdad.

—¿No te molesta que lo haya dejado en tu cuarto?

—Ya sé que voy a llegar a limpiar. Tu conejo tiene una relación muy libre con el concepto de espacio ajeno.

—Lo sé. A veces me da envidia su inconsciencia ante las desgracias del mundo. Qué afortunadas son esas criaturas.

—En algunos casos su única preocupación es sobrevivir a base de la basura de otros.

—Qué irónico. Eso sonó bastante a nosotras.

—Bastante.

—¿Trajiste tus llaves? Olvidé las mías.

—Yo tampoco. Igual alguno de los chicos nos abre. Ya estamos cerca.

La entrada al vecindario apareció a lo lejos. Al entrar vieron a varios jóvenes repartiendo periódicos por el lugar con esa energía de quien no sabe lo que lleva entre las manos. Meghan vio la portada y se detuvo. La foto del señor Lipinski junto a su hijo miraba desde el papel con la indiferencia de los muertos que todavía no saben que son noticia.

—¿Ya viste?

—¿Qué?

Meghan señaló con la discreción de quien ha aprendido que los gestos grandes cuestan caros. El repartidor agitaba el periódico en el aire.

—¡Periódico a tres pfennigs!

Meghan le hizo una seña a Luci. Luci sacó del pequeño bolso bordado de flores la billetera de Meghan y extrajo tres pfennigs con la delicadeza de quien manipula algo que no es suyo pero lo cuida mejor que el dueño.

—Quédate acá.

Meghan se acercó al joven. Él le entregó el periódico sin poder apartar los ojos de ese iris oscuro en su totalidad, ese ojo que tenía la cualidad inquietante de parecer un agujero con opiniones propias. No dijo una sola palabra. Meghan le dejó los pfennigs en la mano y volvió.

—No puede ser. Richard Lipinski desaparecido junto a su hijo Fritz Lipinski. Su esposa asegura que escuchó personas dentro del cuarto de su hijo, y cuando bajó a buscar a su esposo no lo encontró. Solo vio un carruaje alejarse con caballos blancos de pelaje negro.

—Existen muchos caballos de distintos colores en el mundo.

—Luci, si esa mujer llega a ver nuestro carruaje estaremos todos en la cárcel.

—Meghan, hiciste firmar un documento al señor Fassbender que le da toda la responsabilidad legal si algo sale mal.

—Eso no alcanza para mucho. Tal vez para que él se entregue y admita la culpa, pero la policía igual nos va a querer bajo la cárcel. Ese documento solo era para que Fassbender se pusiera de escudo si algo salía mal.

Llegaron a casa. Meghan tocó la puerta con una urgencia que no invitaba a interpretaciones. Eneas abrió. Lo primero que ella hizo fue empujar el periódico contra su pecho y entrar a la sala con pasos que no esperaban a nadie para empezar.

—La policía está investigando.

—Mira que no me di cuenta. ¿Qué hacemos?

—Mantenernos al margen.

—Eso es obvio. ¿Pero cómo?

—Entramos a las casas sin zapatos, hacemos menos ruido, nos ponemos tela en la cara para que no nos puedan reconocer.

—Mejor hablamos cuando Edwin esté acá.

—Oigan, sale el antiguo jefe de Edwin en el periódico.

Kai sostenía el periódico abierto con la expresión de quien acaba de encontrar algo que habría preferido no encontrar.

—Las cosas no podían salir mejor, ¿verdad?

Edwin, en ese instante, pasaba por la panadería. En la entrada estaba Walthard llevándose a los caballos con la parsimonia de quien ha calculado cada movimiento antes de hacerlo.

—¿Qué haces?

—¿No viste los periódicos, muchacho? Me llevo los caballos para que no los reconozcan. Mañana traigo unos nuevos. A veces me cansa venir a darles de comer. Esta noche tengo una reunión en casa de un aristócrata, aprovecharé para conseguirles más clientes.

—¿Qué pasó en el periódico?

—La esposa de Lipinski habló. Dice que su esposo e hijo desaparecieron y asegura que fueron asesinados. También sale en el papel el zapato que le faltaba al cadáver de tu antiguo jefe. No es tan difícil ser discreto, Cipriano. Lo difícil es querer serlo.

—Pero queremos ser discretos.

—Una persona que quiere ser discreta no va por ahí sembrando evidencias como jardinero entusiasta.

Walthard agarró las cuerdas de los caballos y echó a andar con ellos, separándolos de la carroza con esa parsimonia aprendida a lo largo de años resolviendo catástrofes que él mismo no había creado. Edwin siguió hacia casa, tocó la puerta, Eneas le abrió con el periódico en la mano y la cara tensa de alguien que lleva un rato cargando una noticia y ya está cansado del peso.

—Edwin, el periódico.

—Ya lo sé. Ya me lo dijeron. Fassbender se llevó los caballos esta noche.

—¿Mañana trae otros?

—Sí.

Edwin subió las escaleras. No había nada más que decir y tuvo la decencia de no decirlo.

—Kai, siento que nada va a salir bien de todo esto.

—Yo cargo con esa misma sensación. Las pruebas que existen pueden señalarnos desde cualquier ángulo que alguien decida mirar.

—Tal vez debí quedarme en mi mansión.

—No pienses en eso. Piensa en que estás viviendo algo nuevo.

—Es que yo no tenía planeado esto, Kai. Tenía planeado hacer algo igual que mi padre, solo que desde abajo.

—¿Desde abajo? ¿En esta época donde el pobre se queda más pobre y el rico más rico gracias al pobre?

Edwin bajó las escaleras con el paso resuelto de alguien que acaba de recordar que tiene una opinión y no ha terminado de darla.

—Esta no es una de esas fábulas que te leían de niño donde el hombrecito pobre terminaba rico a pura fuerza de voluntad y buenas intenciones. Esos cuentos existen para hacerles creer a los niños que el mundo tiene sentido antes de que salgan y descubran que no lo tiene.




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