Luci y Meghan permanecían bajo la bóveda del bosque junto al lago que reflejaba secretos que el agua guardaba con celos.
—Quiero nadar un poco —dijo Luci, observando el agua, como quien observa una invitación—. ¿Me acompañas?
Meghan asintió sin palabras. Ambas se acercaron a la orilla del lago cristalino, ese espejo que pronto revelaría más de lo que cualquiera debería revelar.
Luci se desató el hijab azul, revelando cabello largo rojizo ondulado, semi rizado, que caía por sus hombros como si fuera una declaración que su cuerpo estaba haciendo sin permiso de su mente. Algunos mechones caían por su rostro como si quisieran ocultarla.
Meghan desvió la mirada cada vez que Luci se desvestía, aunque sus ojos traicionaban esa intención. Luchaba por mantener su rostro en el césped a la par que desataba su corset, pero sus manos se entorpecían cuando sus ojos se distraían en lo que no debían distraerse.
Meghan se liberó de ese apretamiento de costillas que la civilización exigía. Al igual que Luci, comenzó a desvestirse, revelando lo que la ropa había mantenido oculto.
Luci sentía el ardor de la vergüenza.
<<Esto es descarado de mi parte>>, pensó, aunque su cuerpo parecía no estar de acuerdo con su moral. Se desató el lazo morado de su cintura. Las prendas cayeron al césped como evidencia de una transgresión que ambas estaban a punto de cometer.
—No me mires —susurró Luci, sus mejillas ardiendo—. Entra tú primero.
—No sientas vergüenza. Somos mujeres. Poseemos lo mismo en el cuerpo.
—Lo sé, pero...
—Entremos juntas entonces.
—Está bien.
Luci y Meghan comenzaron a entrar al agua a la vez, con lentitud, como quien entra a un mundo donde las reglas que las gobernaban hasta ahora dejaban de existir.
Luci no podía evitar fijarse en ciertas partes del cuerpo de Meghan que la ropa había ocultado, líneas que sugieren un mapa de transgresiones futuras.
<<No debería estar viendo a Meghan así. Ella es mi amiga.>>
Pero la amistad, descubrió, era un concepto más frágil de lo que jamás había imaginado.
—Está muy hondo —observó Luci.
—Yo no lo considero así.
—Para mí sí lo es.
—Desde aquí nademos entonces.
El agua se cerraba alrededor de ellas como un secreto compartido. Ambas cuerpos flotaban, suspendidos entre el mundo y algo que no tenía nombre.
—El agua se siente fresca —dijo Luci.
—Sí, tienes razón. Muy fresca.
Nadaban en esa agua que las cubría mientras sus cuerpos se exponían. Luci rompió el silencio:
—¿Cómo aprendiste a nadar?
—Cuando salí del orfanato, me bañaba en lagos poco frecuentados. La primera vez que nadé, me caí al agua. Casi me ahogo.
—¿Cómo sucedió?
—Cuando cumplí dieciocho, trabajé para el mismo orfanato. Me enviaron a traer donaciones de una casona. En el camino de regreso, caí al lago.
—Pudiste haber enfermado de gravedad.
—Solo tuve gripe. Pero descubrí que el agua me tranquiliza. Es el único lugar donde la vergüenza no puede encontrarme.
—Yo también —dijo Luci—. Supongo que nos parecemos en eso también.
Sin advertencia, sin planificación, sin la defensa de la ropa que las había separado momentos antes, ambas se encontraban demasiado cerca. La distancia entre sus cuerpos era ahora tan insignificante que resultaba imposible ignorarla.
Luci se dio cuenta cuando vio los ojos de Meghan posarse en sus labios como si fueran la respuesta a una pregunta que su cuerpo llevaba haciéndose toda la noche.
Los ojos de Luci también se posaron en los labios de Meghan.
Y entonces sucedió. No como una decisión. Como una inevitabilidad.
Ambos labios se encontraron en el agua, en ese lago donde los secretos se hacían carne, donde la transgresión tomaba forma. Sus mejillas ardían mientras el beso se prolongaba, mientras el mundo fuera del agua desaparecía como si nunca hubiera existido.
Las manos de Meghan temblaban contra la piel mojada de Luci. Luci sentía que se derretía en el agua, incapaz de distinguir dónde terminaba su cuerpo y dónde comenzaba el de Meghan, dónde terminaba la amistad y dónde comenzaba algo para lo cual no existía palabra civilizada.
La sensación era demasiado fuerte para ser ignorada. Era demasiado real para ser un sueño. Era demasiado prohibida para no ser justo lo que ambas necesitaban en ese instante donde toda moral se disolvía como sal en agua.
Ese fue el primer beso que ambas habían dado en sus vidas. Era un beso torpe, sin experiencia, pero contenía innumerables palabras que la sociedad había prohibido pronunciar, acciones que la comunidad castigaba por el simple acto de amar. La sociedad, ese tirano silencioso, condenaba a quienes se atrevían a experimentar emociones y expresarlas con otra persona. Cualquier cosa fuera del marco de lo que otros consideraban normalidad era una aberración sin más. Todo lo nuevo, todo lo magnífico, era castigado. Ahí estaban ellas, experimentando lo que ninguna de ellas podría experimentar frente a otros. Cosas que otros hacían en público sin ser repudiados, pero ellas no.
Cuando se separaron, sus respiraciones eran agitadas y desorganizadas. No había palabras para aquel momento. No había explicación lógica. Solo el sentir del ser humano en su forma más pura y prfohibida.
Seguían aferradas una a la otra, como si soltarse fuera aceptar que lo que acababa de ocurrir era real.
—Meghan...
—Luci...
—Esto no puede saberlo nadie, Meghan. ¿Comprendes? Debe quedar entre nosotras dos y ya.
—Lo comprendo. Esto solo quedará entre las dos.
—Será mejor que lo dejemos ahí. Solo en un beso. Tú y yo somos amigas, Meghan, y no estoy lista para que esto se convierta en algo más profundo. Seamos solo amigas por ahora. Dame tiempo. Esto está mal en demasiados sentidos.
—Claro. Te daré el tiempo que necesites. Y si llegas a la conclusión de que no deseas nada conmigo, prometo no volver a intentar nada. Me adecuaré a tus límites. Solo no me dejes con la duda al final.