Erinnerungen im Abgrund//borrador

Capítulo 13: Señales

—No entiendo. ¿Cómo que ese es el problema? —preguntó Luci.

—Que ese es mi problema. Yo podría morir pronto por mi enfermedad y quiero amarte. Pero no quiero que sufras si muero. Quiero que seas feliz con otra persona. La felicidad, Luci, es una cosa demasiado valiosa para ser sacrificada en el altar del amor

—No pienses en esas cosas. Es peor.

—Solo trato de prevenirte. Por si llega a pasar. Es lo que hacen quienes aman: preparan a sus amados para un futuro sin ellos.

—Me preocupas más.

—Perdón.

—¿Te parece si nos vamos a la casa? Quiero ver a Cridens. Necesito la cordura que solo un animal irracional puede proporcionar.

—Claro. Vamos.

Al llegar al vecindario, fue lo mismo de siempre: vendedores de periódicos aprovechando tragedias y el morbo de las personas para salir a vender las últimas noticias más desafortunadas y desastrosas. Era el comercio del sufrimiento humano convertido en tinta.

Luci tocó la puerta del hogar. Eneas les abrió.

—Tu conejo se salió de tu cuarto y entró en el mío.

—¿Cómo?

—Sí. Dejé la puerta de mi habitación con llave.

—La dejaste floja al parecer. Ya lo llevé a tu cuarto.

El rostro de Luci palideció como si se le hubiera drenado toda la sangre. Subió rápido al segundo piso, ignorando a Cridens que estaba encima de la cama saltando de un lugar a otro. Miró debajo de su cama, donde estaba una cajita que parecía un cofre. Luci estiró sus manos hasta el cofre y cuando lo abrió vio una cantidad grande de pergaminos enrollados y apilados adentro. Todos los pergaminos estaban sellados con cera para no ser abiertos. Otros tenían atados alrededor un lazo blanco o amarillo, como si fueran promesas escritas en papel que la gravedad mantenía ocultas.

Luci soltó un suspiro. Sus hombros que habían estado tensos se relajaron y cerró el cofre, volviéndolo a meter debajo de su cama. Luego acarició a Cridens en la cabeza.

<<Casi me metes en problemas. Solo eres un animalito que no tiene conciencia de las cosas.>>

El conejo se tranquilizó un poco al recibir las caricias. Luci observó a su alrededor y vio de nuevo su almohada tirada en el piso.

<<Otra vez la volvió a tirar.>>

Recogió la almohada y la colocó en la cama.

Meghan llegó a la puerta de la habitación de Luci.

—¿Te pasó algo? Cuando Eneas mencionó lo de Cridens te vi muy pálida.

—Perdón. Me preocupé demasiado por Cridens.

Tras decir esto, cargó a Cridens, quien empezó a patalear para ser soltado. Pero Luci solo lo apretujó más contra ella mientras decía:

—No sabría qué hacer sin él. Me encariñé bastante.

Cridens pataleaba en el aire para ser liberado, retorciéndose una y otra vez. Luci lo dejó en la cama, para que después Cridens tirara de nuevo la almohada.

—Se ve que detesta esa almohada.

—Él cree que todo lo que está en la cama es de él. Es un tirano en miniatura.

Luci se acercó a la repisa que tenía arriba de sus maletas vacías y agarró una bolsita donde estaba llena de hierbas. Se las dio a Cridens quien, con solo oler las hierbas, trató de patear la bolsa. Pero Luci alejó su mano que sostenía la bolsa y sacó de su repisa otra bolsa que contenía unas hojas verdes que también era comida de Cridens. Cridens esta vez, al oler la bolsa, empezó a comer.

—¿Cuánto te gastas en esa comida?

—No mucho. Solo unos dos o tres pfennigs.

—¿Compras dos bolsas solo para que ese conejo elija qué comida comerá hoy?

—Sí. Si no lo hago, no va a comer. Yo quiero darle los cuidados que necesita. Los conejos siempre serán caprichosos. Es su naturaleza: ser exigentes con quienes los aman.

—Bueno, te dejo descansar. Solo espero que él también te deje dormir.

—No es tan malo tenerlo. Buenas noches.

—Buenas noches.

Cuando Meghan salió del cuarto, Luci le quitó la comida a Cridens puesto que si lo dejaba se acabaría la bolsa. Cuando a Cridens le dio sueño y se durmió, Luci colocó su almohada en su cama. Esperó unas horas a que todos se fueran a dormir. Cuando solo era ella quien estaba despierta, salió de su cuarto y se dirigió al cuarto de Meghan. Antes de entrar, chasqueó sus dedos. Su presencia se había vuelto inherente a la naturaleza de las cosas. Se posó al lado de la cama de Meghan.

<<Si tan solo supieras la verdad, pensó.>>

Fue entonces cuando la misma sombra blanca que había acechado a Meghan hace unos meses emergió del suelo como si fuera lo que quedaba de una pesadilla que se rehusaba a morir.

—¿Qué haces aquí? ¿Ella te mandó? Tú no tienes permitido estar acá.

La sombra solo retrocedía ante las palabras de Luci, como si fueran armas que la hirieran.

—No necesito que vengas a hacer algo que yo ya estoy haciendo. Dile que no importa cuánto lo intente, mi deber es vigilar. Y darle más tiempo a las personas de este mundo será mejor que te largues de una vez. Si no quieres que le diga al todopoderoso que estuviste acá, sabes muy bien lo que pasaría. Ya hiciste un trato. Lo desobedeciste dos veces. No cometas el mismo error tres veces. El castigo será peor.

La sombra blanca solo se retorcía, se deformaba y se alejaba mientras escuchaba a Luci hablar. Era como si Luci hubiera descubierto el lenguaje que las sombras temían, la palabra que las obligaba a retroceder hacia la oscuridad de donde provenían.

Finalmente, la sombra blanca tomó la silueta de una mujer. Luci pronunció palabras que pertenecían a un idioma que las sombras temían:

—Pulvis es et pulvis fies; umbra tua Saturni evanescet.

La sombra se desintegró como si la verdad fuera un ácido capaz de disolver hasta los espíritus. Luci esperó unos minutos y salió de la habitación de Meghan, volviendo a su cuarto.

Al día siguiente, Luci dejó a su conejo en el suelo de su cuarto y con el resto se dirigieron a la panadería. A excepción de que uno faltaba.




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