Qué fecha más encantadora, al menos para mí.
Los dos polos que el catorce de febrero deja ver me fascinan, de verdad. Es sorprendente ver como en la misma plaza hay hombres juntos, tomando cervezas totalmente desconsolados, mientras frente a ellos hay parejas festejando el día más romántico del año y también tan capitalizado como cualquier otra festividad.
Lo adoro.
Ayer, como cualquier otro día, ayudé a alguien a declararse a quien le gusta y, una vez más, me dijeron “Cupido en la Tierra". Puede ser raro para ti que recién me conoces. Lo sé. Primero te enteras que me llamo Eros y ahora que también ayudo al amor por puro pasatiempo cuando soy un oficinista corriente de Call Center.
Me estoy desviando del tema. No me esperaba estar aquí. Bueh, estaba contando cómo conocí a la nena. Ese día fue contradictorio sin duda.
Al principio la rutina de siempre: dulce y agria a la vez, gracias a que me daban lástima como esos rechazados se hundían en una aparente depresión con cada cerveza que tomaban, mientras yo me encontraba ayudando a alguien más a prender la chispa con su pareja, ver como esa relación retoma su cariño, aunque solo fuera un instante, fue tan precioso como las anteriores veces que me afirmó por qué nunca me canso de verlo.
Y así casi todo el día, una y otra, y otra y otra vez. Algunas prosperaron, otras… Solo se estancaron para darle un fin digno. No siempre pero, al menos, sí éste sábado. En otros fui yo quien golpeaba al pelotudo infiel.
De esos nunca faltan. ¡Son una verdadera falta de respeto al amor! Pero bueno… No voy a amargar la mañana. Así que sigo.
Ya estaba cayendo el sol; el momento de las declaraciones más románticas. Es precioso ver como la luz crea brillos tan lindos en la gente que dice su amor. Hay veces y veces, no mentiré. Lo que no esperaba es que una nena, niña, chiquilla, recién salidita del secundario se sentara a mi lado en la banca del parque. Como si yo fuera muy grande en comparación…
Estaba decaída, era obvio que la habían rechazado, pero no la había visto en las declaraciones que había en la plaza.
— Oye, ¿eres Eros no?
Sabía que el barrio era chico, que las viejas bisagras eran peor que las cotorras a la mañana, pero no esperaba que alguien tan chica supiera de mí. Igual le sonreí mientras le decía que sí.
— ¡Tú puedes ayudarme! — vi la emoción en sus ojos — Necesito que me ayudes a declararme, como a los demás. ¡Por favooor!
En el momento me reí, no pude no hacerlo. Igual acepté sin dudas y… Maldición, por esto mismo no ayudaba cuando yo era adolescente. Tantos quilombos para soltar un simple “Te amo”.
Pero bueh, ya había aceptado…
Por suerte quién le gustaba era una amiga de hace tiempo, incluso un par de añitos por lo que le entendí. No me dijo el nombre. Igual a eso no le di importancia, era lo de menos, así que puse atención a sus palabras para saber más de la relación que tienen y ¡vaya sorpresa! era demasiado buena: conocían a toda la familia de la otra, compañeras de clase, van a ir a la misma especialidad, todo tan hermoso, armonioso, ¡Perfecto!
Tan cercanas como para saber todo de la otra. Casi todo… Como cualquier catorce de febrero, las declaraciones empezaron a caer una y otra vez sin parar. Según ella, parecía a propósito que a todo lugar que vayan haya una declaración de amor que poder ver.
Ver el brillo de alegría en los ojos de su amiga la hacía hundirse en dolor por no saber si ella podría hacer eso también, por lo que dejó de dar vueltas, se escapó un momento y arrancó un par de las flores silvestres que crecen en el patio de su escuela, las que su amiga había dicho muchas veces que le encantaban.
Era el mismo ramillete que traía en las manos.
Y en sus ojos vi las lágrimas guardadas por las palabras ahogadas…
Como pudo me dijo que, con el ramillete en mano, empezó a buscar a la otra chica por toda la escuela sin éxito alguno, al punto de volver a su aula para guardar sus cosas y salir de la escuela al ya ser la hora de salida. Ahí cayó su desgracia.
Me dijo que estaba en las puertas de la escuela saliendo para irse a casa cuando se encontró a la otra chica en la vereda del frente, abrazada a un chico que llevaba consigo el mismo ramillete.
Pude escuchar con ella como se le partía el corazón otra vez al contarme cómo había visto a su mejor amiga de la que supuestamente sabía todo besar al chico que no conocía de nada como si fuera el amor de su vida. Pero, por como ella lo dijo, no le dolió que su amiga haya besado a un chico que, por lo que entendí, era ella en varón, sino que fuera alguien que no conocía en lo absoluto, o al menos que ella supiera.
Para mí todo encajó como un rompecabezas completo, un Tetris perfecto. Ya tenía las palabras de consuelo y ánimo en la lengua, bien pensadas para que pudiera aceptar el dolor, tanto que no pude creer las palabras que ella había soltado después…
— Al final eres Eros, ¿no? Puedes ayudarme a enamorarla.
La miré, solo pude hacer eso. Me quede tan quieto que ni los últimos rayos del sol lograron ocultar la palidez de mi rostro. No sabía qué hacer. Así que me quedé callado, mirando el cielo, viendo como las estrellas empezaban a brillar como si buscaran orientarme incluso sin el sol haberse ocultado en su totalidad.