Mini manual para no enamorarte de tu secretaria
Cassian Zalewski
Dejarla en su casa fue un error.
No por el beso.
Sino por la forma en que se quedó conmigo después.
Cerró la puerta con esa sonrisa que claramente no era profesional. Se apoyó apenas contra el marco, como si necesitara un segundo más para recomponerse.
Y yo…
Yo me quedé mirando un segundo más de lo necesario.
Mal movimiento.
Regla número uno: No cruces límites innecesarios.
Ejemplo práctico: no tomar su mano… y definitivamente no besarla.
Exhalé con fuerza mientras entraba al apartamento. Estaba en silencio, ese silencio caro, pulcro, que no juzga pero tampoco acompaña. Dejé las llaves en la mesa de mármol, el abrigo sobre la silla, y me quedé de pie unos segundos, como si el cuerpo necesitará que la mente se pusiera al día.
Regla número dos: No repases la escena.
Fallé antes de terminar de formularla.
Su expresión, el leve temblor en su voz, la forma en que no retiró la mano.
Cerré los ojos un segundo.
Maldita sea.
Me desabroché la camisa con movimientos mecánicos y fui directo a la cocina. No tenía hambre, pero necesitaba hacer algo normal. Algo que no implicara pensar en la forma en que Alessandro la miró. O en cómo mi mano se había posado en el respaldo de su silla sin pedir permiso. O en lo natural que había sido protegerla.
¿Protegerla?
Puse una sartén al fuego y preparé algo simple. Huevos, pan tostado, café negro. Comida funcional.
Como yo.
Mientras cenaba de pie, apoyado en la isla, mi mente traicionera regresó a la mesa del restaurante.
A su columna recta.
A su respuesta firme.
A ese brillo contenido que no tenía nada que ver con nervios y todo con carácter.
No había sido solo protección.
Eso era lo que más me molestaba admitir.
No me gustó. No me gustó nada que la miraran como si fuera un premio adicional. No me gustó que alguien creyera que podía cruzar una línea que yo mismo estaba luchando por no cruzar.
Y el beso…
Me pasé una mano por el rostro, exhalando con fuerza. No era un hombre impulsivo. Todo lo que hacía tenía una razón.
Incluso lo que no debía.
Después de cenar fui a la ducha. El agua caliente no borró nada. Emily seguía ahí. En su risa contenida, en su voz firme, en su respuesta afilada, en la forma en que manejó la situación… sin necesitar que yo interviniera.
Apreté la mandíbula.
No necesitaba protección.
Y aun así…
La había protegido.
Y, por primera vez, se había sentido natural.
Más tarde, ya vestido con ropa cómoda, entré a mi oficina. Encendí la pantalla principal y el proyecto apareció frente a mí como siempre: limpio, eficiente, exacto.
Inkognito.
Había comenzado como una idea simple, casi fría en su planteamiento. Un espacio donde nadie supiera quién eras, donde el peso del apellido, del cargo o del dinero no condicionara cada palabra. Un lugar donde las conversaciones no estuvieran contaminadas por expectativas ni por intereses ocultos, donde la gente pudiera decir lo que realmente pensaba sin tener que medir cada frase.
Ahí nació Logan.
No como una mentira, sino como una extensión de algo que, en mi mundo, rara vez tenía espacio para existir: la honestidad sin consecuencias.
Durante semanas, todo funcionó tal como lo había previsto. Interacciones correctas, educadas, incluso previsibles. Personas que, aun en el anonimato, no dejaban de ser versiones controladas de sí mismas. Nada particularmente memorable.
Hasta que apareció ella.
Recuerdo con demasiada claridad la primera vez que vi su nombre de usuario. Estaba revisando perfiles al azar, más por hábito que por interés, cuando mis ojos se detuvieron en algo que, sencillamente, no encajaba.
Princesa_Cupcake123.
Me quedé mirando la pantalla durante varios segundos, esperando encontrar algún tipo de explicación lógica. No la había. Era un nombre ridículo para el tipo de plataforma que estaba construyendo. Demasiado ligero, demasiado… absurdo.
Y, sin embargo, había algo en eso que me hizo detenerme.
Porque no encajaba con nada… y precisamente por eso destacaba.
Recuerdo incluso haber pensado, con una seriedad completamente innecesaria, que si alguien elegía un nombre así en un espacio donde podía ser cualquier cosa, entonces esa persona no estaba interesada en impresionar a nadie.
Y eso, en mi mundo, era inusual.