Error

Gemelas

Ada lloraba desconsoladamente. Siempre había sido una joven asustadiza, pero ahora el miedo la consumía por completo. Las cuatro paredes grises que la rodeaban parecían cerrarse sobre ella a cada segundo, provocándole una claustrofobia tan intensa que apenas podía respirar. Hacía horas había agotado toda su energía gritando e intentando convencer a sus captores de que estaban cometiendo un terrible error. Su mirada inocente suplicaba lo mismo una y otra vez: no era la joven que estaban buscando. La habían confundido con otra persona. Ella solo era Ada, una huérfana que jamás le había hecho daño a nadie, una simple maestra que llevaba una vida tranquila y que no tenía absolutamente nada que ver con ninguna organización de espionaje.

Sin embargo, había algo que ni ella misma podía negar. Los hombres que la habían capturado le mostraron varias fotografías de la mujer que buscaban y, por un instante, creyó que estaba viéndose en un espejo. Aquella joven tenía exactamente su mismo rostro, los mismos ojos, las mismas facciones e incluso la misma sonrisa. Era imposible. Ada sabía perfectamente que nunca había salido del país; jamás había estado en Italia, India, Alemania o cualquiera de los lugares que aparecían en aquellos expedientes. Aun así, las pruebas parecían decir todo lo contrario.

Mientras tanto, a varios kilómetros de allí, Mae no podía contener la risa. Todos aquellos estúpidos de la Fuerza Nacional de Espionaje acababan de capturar a una chica idéntica a ella, pero no a ella. ¿Cómo podían creer que cometería un error tan absurdo? Mae jamás se escondería en una casa sin medidas de seguridad, y mucho menos provocaría semejante espectáculo en plena calle para terminar arrestada. No, ella conocía demasiado bien a sus enemigos. La otra joven prácticamente se había entregado sola, incluso gritaba frases como: «El que nada debe, nada teme». Mae soltó una carcajada al recordarlo.

—Qué ingenua...

Aquella era la típica frase de una persona común, alguien que todavía creía que existía la justicia. Mae había dejado de creer en ella hacía muchos años. Los gobiernos hablaban de derechos, pero eran los primeros en arrebatarlos cuando les convenía. Ella lo sabía mejor que nadie. Había perdido su libertad el mismo día en que decidió abandonar la Fuerza Nacional de Espionaje. Desde entonces era considerada una traidora.

Había cambiado de identidad tantas veces que, en ocasiones, olvidaba cuál había sido su verdadero nombre. Había recorrido medio mundo cumpliendo misiones para personas que jamás conocería y haciendo cosas de las que nunca se sentiría orgullosa. Sin embargo, al pensar en aquella chica, una pequeña punzada de culpa atravesó su pecho. Era evidente que estaba pagando por un delito que no había cometido.

Pero también podía ser una trampa.

Si la Agencia conocía sus movimientos, usar a una mujer idéntica a ella sería la carnada perfecta para hacerla salir de su escondite.

Mae apoyó la cabeza sobre el respaldo del sofá y cerró los ojos durante unos segundos.

—No... todavía no.

Necesitaba pensar con la cabeza fría.

Si actuaba impulsivamente, terminaría cayendo en manos de las mismas personas de las que llevaba años huyendo.

Con ese pensamiento decidió descansar un rato.

Mientras tanto, Ada seguía caminando de un lado a otro dentro de la habitación. Necesitaba salir de allí. Cada minuto que pasaba sentía que el aire era más pesado y que aquellas paredes se acercaban un poco más. Respiró profundamente para intentar tranquilizarse y caminó hasta la puerta. Observó con atención la perilla plateada y, con las manos temblorosas, la sujetó con fuerza. Para su sorpresa, giró con facilidad.

La puerta estaba abierta.

Su corazón comenzó a latir con tanta fuerza que creyó que todos podían escucharlo.

—Sálvame, Señor Jesucristo... te lo imploro —susurró una y otra vez mientras cerraba los ojos.

Justo cuando estaba a punto de salir, una voz interrumpió sus plegarias.

—Señorita Mae, aquí está su comida.

Ada dio un pequeño salto y retrocedió instintivamente. Se llevó una mano al pecho para controlar los nervios e intentó aparentar tranquilidad. El hombre dejó una bandeja frente a ella sin sospechar nada. El olor de la comida hizo que el estómago le rugiera con fuerza. No recordaba cuándo había sido la última vez que había probado un bocado. Antes de ser capturada solía comer a todas horas, pero desde que la encerraron como si fuera un animal apenas había recibido agua.

Tomó la bandeja y comenzó a comer con desesperación.

El guardia la observó durante unos segundos.

—Espero que se sienta mejor. Está muy pálida. Además, mañana vendrá a verla el señor... usted ya sabe. — Ada levantó lentamente la mirada. ¿El señor? ¿Quién era ese hombre? Hasta ese momento había pensado que todo se trataba de un secuestro cualquiera o de una terrible confusión. Incluso llegó a imaginar que podían estar realizando algún tipo de experimento ilegal. Pero después de casi dos días encerrada comprendió que aquello era mucho más grande de lo que imaginaba.

Terminó de comer y volvió a mirar la puerta.

Ahora sabía que podía abrirla.

Lo único que desconocía era qué había al otro lado.

Respiró hondo.

No...

Todavía no era el momento.

Esperaría la llegada de aquel misterioso hombre e intentaría convencerlo de que se habían equivocado de persona.

—¿Por qué tenía que haber estado en ese parque ese día? —murmuró mientras se dejaba caer nuevamente sobre el suelo.

Todo había comenzado por culpa de una simple aplicación de citas.

Jamás imaginó que aceptar aquella salida cambiaría su vida para siempre.




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