Error

Quién es Mae?

Ada bajó la cabeza y apoyó la frente sobre sus rodillas. Sentía que todo aquello era un castigo que no merecía. Nunca había sido una mujer problemática, jamás había tenido enemigos y ni siquiera recordaba haber discutido con alguien. Vivía en un pequeño apartamento, trabajaba como maestra en un colegio y dedicaba la mayor parte de su tiempo a preparar clases para sus alumnos. Nunca había tenido novio; no porque no quisiera, sino porque el miedo siempre había sido más fuerte que cualquier sentimiento. Desde pequeña aprendió que encariñarse con las personas solo traía dolor. Cada vez que comenzaba a querer a alguien en el orfanato, la trasladaban a otro lugar. Creció despidiéndose de quienes más apreciaba, así que, con el tiempo, decidió no apegarse a nadie. Aun así, aquella tarde pensó que tal vez era momento de darle una oportunidad al amor. Entró a una aplicación de citas, aceptó encontrarse con un desconocido en el parque y, desde ese instante, su vida se convirtió en una pesadilla.
—Todo fue mi culpa... —susurró mientras las lágrimas volvían a recorrer sus mejillas—. Nunca debí aceptar esa cita.

Al otro lado de la ciudad, Mae despertó cuando los primeros rayos del sol entraron por la ventana. Permaneció unos segundos observando el techo antes de incorporarse lentamente. Se estiró, caminó hasta la ventana y contempló el amanecer. Hacía mucho tiempo que no se detenía a disfrutar algo tan simple como ver salir el sol. Sin embargo, su mente volvió inmediatamente a la joven que habían capturado por error. Sabía perfectamente lo que ocurriría después. El señor Z hablaría con ella, intentaría convencerla de volver a la organización y, cuando descubrieran que aquella chica no era Mae, probablemente ya sería demasiado tarde. Apretó los puños con rabia. La muchacha estaba pagando por un crimen que no había cometido, aunque, siendo sincera, ella también llevaba años pagando por decisiones que jamás fueron realmente suyas. Cuando era apenas una niña, la entrenaron para obedecer, para matar, para infiltrarse y para convertirse en el arma perfecta. Nunca le preguntaron si quería esa vida.
—Maldita sea... —murmuró.
Se había prometido no volver jamás, pero tampoco podía abandonar a una inocente. Si realmente existía una chica idéntica a ella, significaba que alguien ocultaba un secreto mucho más grande de lo que imaginaba.
Sin pensarlo dos veces, abrió el armario y sacó su traje negro. Se lo colocó con rapidez, ajustó las correas donde llevaba ocultos varios cuchillos y revisó cada una de sus armas con la precisión de quien había repetido aquel ritual cientos de veces. Después guardó un pequeño dispositivo electrónico en uno de los bolsillos internos de la chaqueta y tomó las llaves de la motocicleta.
—Espero no estar llegando demasiado tarde...

Mientras tanto, Ada apenas había logrado dormir unos minutos cuando la puerta se abrió de golpe.
—¡Levántate!
El fuerte golpe de una bota en su espalda la hizo caer de bruces contra el suelo. Soltó un pequeño gemido de dolor y, temblando, se incorporó lentamente hasta quedar apoyada contra la pared.
—Aquí tienes tu desayuno.
El hombre dejó una bandeja frente a ella. Ada la tomó con ambas manos y comenzó a comer con rapidez. El miedo no le quitaba el hambre; al contrario, parecía hacer que su estómago reclamara más comida de la habitual.
Cuando terminó, devolvió el plato sin levantar la mirada.
—El señor Z llegará en dos horas —dijo el guardia mientras la sujetaba con fuerza del brazo—. Será mejor que te prepares.
—Pero... yo...
—¡Nada de peros! —la interrumpió con brusquedad—. Y ni se te ocurra intentar escapar. Este lugar está lleno de cámaras, sensores y hombres armados. No llegarías ni a la salida.
Ada tragó saliva y asintió en silencio.
El hombre la empujó hacia un pequeño baño.
Por primera vez desde que había sido capturada encontró agua caliente. Se duchó rápidamente, intentando disfrutar aquellos pocos minutos de tranquilidad. Al salir descubrió que habían dejado ropa limpia sobre una silla. Era demasiado elegante para alguien como ella. Un vestido sencillo, pero confeccionado con una tela de excelente calidad.
Mientras recogía su cabello en un moño frente al espejo, una pregunta no dejaba de repetirse en su cabeza.
—¿Quién eres, Mae...?
Porque, aunque seguía convencida de que todo era una confusión, comenzaba a sentir que aquella mujer desconocida había cambiado su vida sin siquiera conocerla.
Un fuerte golpe en la puerta la sobresaltó.
—¡El señor Z ya llegó! ¡Sal inmediatamente!
Ada respiró profundamente antes de abrir.
Sentía que caminaba hacia su propia sentencia.




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