Error

Rescatando a Ada

Ada comenzó a despertar lentamente. Le dolía todo el cuerpo. Lo último que recordaba era a aquella chica idéntica a ella golpeando a Juan sin piedad y lanzándose por la ventana con una facilidad que parecía imposible. Después... nada. Todo era oscuridad.
Abrió los ojos y trató de incorporarse, pero sintió un tirón en las muñecas. Miró hacia abajo y descubrió que tenía las manos atadas.
—¡Suéltenme! —gritó mientras forcejeaba desesperadamente—. ¡Déjenme ir!
—No grites —dijo una voz masculina desde otra habitación—. Mae está durmiendo.
Un joven de cabello oscuro apareció en el marco de la puerta. Caminó despacio hasta ella y se agachó frente al sofá.
—¿Te sientes bien?
Ada dejó de forcejear por un momento.
—Sí... creo.
—¿Qué recuerdas?
Ella permaneció unos segundos en silencio.
—Recuerdo a esa chica... Mae. La vi golpear a ese hombre y luego saltó por la ventana conmigo. Después no recuerdo nada más.
El joven sonrió levemente.
—Al menos no perdiste la memoria. ¿Sabes quién es Mae?
Ada asintió.
—La nombraban mucho en el lugar donde me tenían encerrada. Todos creían que yo era ella. Es la chica que se parece a mí... la chica con la que me confundieron. Pero yo no soy ella. Yo... solo quiero volver a mi casa.
El muchacho bajó la mirada antes de responder.
—Hermosa... me temo que eso ya no será tan fácil.
Ada sintió un vacío en el pecho.
—¿Por qué?
—Porque ahora eres una fugitiva igual que nosotros.
Aquellas palabras terminaron de romperla.
Las lágrimas comenzaron a caer sin que pudiera detenerlas.
Ella nunca había infringido una sola norma. Siempre respetó las reglas, estudió, trabajó y llevó una vida tranquila precisamente para evitar problemas.
Y ahora...
La estaban llamando fugitiva.
La mujer que tenía su mismo rostro parecía ser todo lo contrario. Si existía un manual sobre seguir las reglas, seguramente Mae jamás lo había leído.
—Pero... yo tengo una vida... —susurró entre sollozos.
Elián suspiró.
—Lo sé. De verdad lo sé. Pero si sales de aquí, la organización volverá a encontrarte. Y esta vez no cometerán el mismo error. Te matarán... o algo peor. Juan no volverá a dejar escapar una oportunidad como esa.
Ada cerró los ojos con fuerza.
—Mi nombre es Ada... Ada Adonis.
Elián le acarició suavemente una mejilla para intentar tranquilizarla.
—Siempre hice las cosas bien... —dijo ella con la voz quebrada—. Nunca le hice daño a nadie. No entiendo por qué me está pasando esto.
—A veces la vida no pregunta si estamos preparados. Solo cambia de un momento a otro. Pero ya no estás sola, Ada. Todos los que vivimos aquí somos fugitivos por una razón distinta.
Sin pensarlo, Ada lo abrazó con fuerza.
Necesitaba sentir que alguien estaba de su lado.
Elián le correspondió el abrazo con cuidado.
—Ya pasó... tranquila.
Una voz femenina interrumpió el momento.
—¿Ya te vas a follar a mi "gemela"?
Los dos se separaron inmediatamente.
Mae estaba apoyada contra el marco de la puerta con los brazos cruzados. Su cabello aún estaba algo desordenado por el sueño, pero su expresión seguía siendo tan fría como siempre.
Ada abrió los ojos como platos.
Aquella palabra le hizo arder las mejillas.
Era maestra de un pequeño colegio.
Escucharla decir algo así con tanta naturalidad la dejó completamente descolocada.
Mae caminó hasta quedar frente a ella.
La observó de arriba abajo con evidente curiosidad.
—¿Cómo te llamas... niña?
Apenas terminó la frase frunció ligeramente el ceño.
Acababa de darse cuenta de que probablemente ambas tenían la misma edad.
—Ada...
Mae sacó un pequeño cuchillo del cinturón y cortó las cuerdas que sujetaban sus muñecas.
—Escúchame bien, Ada. Eres libre de hacer lo que quieras. Si decides salir por esa puerta, nadie te detendrá.
Ada dio un pequeño paso hacia adelante.
—Entonces me iré.
Mae negó lentamente con la cabeza.
—Y morirás antes de que termine el día. Todos creen que eres yo. En cuanto alguien te vea, disparará primero y preguntará después.
Ada tragó saliva.
—Pero... tengo una vida. Tengo un trabajo.
Mae la miró directamente a los ojos.
Su voz perdió cualquier rastro de ironía.
—Estamos hablando de la Nación, Ada. Ellos borran personas como si nunca hubieran existido. Lo más probable es que ya hayan entregado tu carta de defunción. Tus compañeros creerán que moriste. Tus vecinos también. Para el mundo... ya no existes.
Las piernas de Ada comenzaron a temblar.
Sintió que todo su mundo acababa de derrumbarse.
Elián lanzó una mirada de reproche a Mae.
—No tenías que decirlo de esa manera. Ella no es como nosotros.
Y volvió a abrazar a Ada.
Mae soltó un suspiro.
—¿Desde cuándo defiendes tanto a mi gemela?
Elián rodó los ojos.
—Desde que está aterrada.
Mae caminó hasta la ventana.
—Que quede claro una cosa. No la rescaté por simpatía. Si no hubiera llegado a tiempo, Juan habría terminado lo que intentó hacer... y después la habrían matado.
Ada levantó la cabeza.
—Yo también sé defenderme.
Mae soltó una risa corta.
—Golpear a un idiota con un florero no te convierte en una experta.
Ada cruzó los brazos.
—Al menos funcionó.
Por primera vez, una pequeña sonrisa apareció en el rostro de Mae.
—Eso debo admitirlo.
Luego volvió a ponerse seria.
—Solo tendrás que seguir tres reglas. Primera: no llamarás a nadie. Segunda: responderemos todas tus preguntas una sola vez; después no volveremos a hablar del pasado hasta que sea seguro hacerlo. Y tercera... —miró a Elián de reojo—, nada de abrazos con este idiota.
—¿Perdón? —protestó Elián.
—No pienso permitir que se aprovechen de una chica que todavía no entiende en qué clase de infierno acaba de entrar.
Ada observó a Mae en silencio.
Era extraña.
Fría.
Arrogante.
Pero, detrás de aquella actitud, empezaba a intuir algo que la sorprendía.
Mae la había rescatado.
Y quizá, aunque nunca fuera a admitirlo, también estaba intentando protegerla.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.