Error

Elián

Ada se encontraba en la sala de la pequeña cabaña donde Mae la había escondido. Hacía varios días que no salía de aquel lugar y comenzaba a sentir que las paredes se cerraban sobre ella. Necesitaba distraerse, aunque fuera por unos minutos. Encendió un pequeño parlante que encontró sobre una repisa y comenzó a sonar una melodía que conocía desde hacía años.
Las danzas orientales siempre habían sido una de sus mayores pasiones, solo superadas por enseñar a los niños de la escuela primaria. Cada movimiento hacía que olvidara el mundo que la rodeaba. Cuando bailaba se sentía libre, como si el viento acariciara su rostro y todos sus problemas desaparecieran por un instante.
Cerró lentamente los ojos y dejó que la música guiara cada uno de sus movimientos.
No recordaba cómo había llegado al orfanato. Las monjas siempre les prohibían hablar sobre el pasado. Para ellas todos los niños eran hermanos y sus únicos padres eran Dios y la Virgen María. Ada nunca insistió en conocer la verdad. Prefería pensar que aquel era su hogar y que algún día lograría construir una vida mejor.
Y lo había conseguido.
Había estudiado una carrera universitaria.
Tenía un trabajo estable.
Pagaba el alquiler de su pequeño apartamento.
Por primera vez sentía que pertenecía a algún lugar.
Todo aquello se lo habían arrebatado de un momento a otro.
Pero aún conservaba algo que nadie podía quitarle: La esperanza.
Esperaba volver a su casa.
Volver a sus alumnos.
Volver a ser simplemente Ada.
Sus manos dibujaban figuras en el aire mientras sus caderas seguían el ritmo de la música. Cada giro era elegante y delicado. Estaba tan concentrada que no escuchó los pasos acercándose por detrás.
Unas manos sujetaron suavemente su cintura.
Ada dio un pequeño salto del susto y resbaló.
Antes de caer, alguien la sostuvo con cuidado.
—Ten cuidado.
Ada abrió los ojos sobresaltada.
Era Elián.
Él sonreía con tranquilidad.
—Bailas muy bien.
Ada sintió cómo sus mejillas se calentaban.
—¿Conoces las danzas orientales?
—Claro.
Ella lo miró sorprendida.
—¿En serio?
—No conozco muchas personas que sepan apreciarlas.
Elián soltó una pequeña risa.
—En la organización nos enseñaban prácticamente de todo.
Aquellas palabras hicieron que Ada olvidara la vergüenza.
—¿De todo?
—Idiomas, historia, filosofía, psicología, música, combate, protocolo, gastronomía, bailes... cualquier conocimiento podía convertirse en una herramienta durante una misión.
Ada abrió los ojos con asombro.
Mae le había prometido contarle algún día todo sobre aquella organización, pero siempre cambiaba de tema. Elián, en cambio, respondía cada una de sus preguntas con paciencia.
—¿Cuántos idiomas hablas?
—Perdí la cuenta hace tiempo.
Ada soltó una pequeña risa.
—No exageres.
—No exagero. Inglés, italiano, griego, ruso, hindi, árabe... y algunos más.
—Es increíble...
La sonrisa de Elián desapareció lentamente.
Bajó la mirada.
—No tanto.
Ada notó inmediatamente el cambio en su expresión.
—¿Por qué dices eso?
—Porque todo tiene un precio.
El silencio llenó la habitación.
—Nos separaron de nuestras familias cuando éramos niños. Nos entrenaron para obedecer sin hacer preguntas. Aprendimos demasiadas cosas... pero nunca nos enseñaron cómo vivir una vida normal.
Ada sintió un nudo en la garganta.
Sin pensarlo, lo abrazó.
—Lo siento mucho...
Elián cerró lentamente los ojos.
—A veces siento que sé demasiadas cosas. Hay recuerdos que desearía borrar para siempre.
—No pierdas la fe.
Él negó con la cabeza.
—Hace mucho dejé de creer.
Ada lo miró fijamente.
—Yo sí creo.
—¿En qué?
—En que nada ocurre por casualidad.
Elián levantó la mirada.
—Si ustedes lograron escapar de esa organización fue porque debían hacerlo. Si yo terminé aquí... también debe existir una razón. Tal vez todavía no la entendemos, pero estoy segura de que algún día todo tendrá sentido.
Por primera vez en mucho tiempo, Elián sonrió con sinceridad.
—No sabes cuánto necesitaba escuchar eso.
Volvieron a abrazarse.
Después Ada soltó una pequeña carcajada.
—Ven.
—¿A dónde?
—Si dices que aprendiste todos los bailes del mundo...
Ella extendió una mano.
—Demuéstramelo.
Elián aceptó.
La música volvió a llenar la sala.
Los dos comenzaron a bailar.
Al principio eran pasos torpes.
Después, poco a poco, comenzaron a moverse al mismo ritmo.
Reían.
Por unos minutos olvidaron que eran fugitivos.
Olvidaron la organización.
Olvidaron el miedo.

Mientras tanto, Mae caminaba varias calles más allá cargando varias bolsas de mercado. Había preferido hacer las compras lo más lejos posible de la cabaña. Sabía que cualquier error podía revelar su escondite.
No estaba de buen humor.
Había recorrido media ciudad buscando medicamentos, comida y algunas herramientas que necesitaba para la siguiente parte del plan. Además, dejar solos a Ada y Elián nunca le había parecido buena idea.
Conocía demasiado bien a las personas.
Especialmente a quienes llevaban toda una vida sintiéndose solos.
El afecto aparecía demasiado rápido entre personas heridas.
Y también desaparecía demasiado tarde.
Mae sabía que Ada volvería a su vida cuando todo terminara.
Ellos no.
Ellos seguirían huyendo.
No quería que ninguno de los dos terminara sufriendo por un vínculo imposible.
Al abrir la puerta de la cabaña, la música llegó inmediatamente hasta sus oídos.
Se quedó inmóvil.
Frente a ella, Ada y Elián bailaban una danza oriental.
Muy cerca el uno del otro.
Demasiado cerca.
La expresión de Mae cambió por completo.
Las bolsas cayeron al suelo.
—¿Qué demonios está pasando aquí?
Los dos dejaron de bailar sobresaltados.
Mae avanzó rápidamente y apartó a Ada antes de darle una fuerte bofetada a Elián.
El sonido resonó por toda la sala.
—¡Te dije que mantuvieras tu distancia!
Elián llevó una mano a su mejilla.
—¡¿Qué demonios te pasa, Mae?!
—¡Te advertí que no te acercaras a ella!
—¡Solo estábamos bailando!
—¡No entiendes nada! ¡Ella volverá a su vida cuando todo esto termine! ¡Nosotros seguimos siendo fugitivos! ¡No sabes si mañana seguiremos vivos!
Elián apretó los puños.
Por primera vez, la miró con rabia.
—Pagal...
Mae quedó completamente inmóvil.
Ada observó la escena confundida.
No entendía qué significaba aquella palabra.
Pero por la forma en que Elián la había pronunciado... comprendió que acababa de decir algo que había herido profundamente a Mae.
Sin decir una palabra más, Elián dio media vuelta y se encerró en su habitación dando un fuerte portazo.
El silencio volvió a apoderarse de la cabaña.
Solo entonces Ada miró a Mae.
Y por primera vez se preguntó...
¿Qué había vivido esa mujer para tener tanto miedo de que alguien volviera a enamorarse?




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