El despertador sonó con una violencia que me hizo saltar de la cama. Por un segundo, olvidé lo que había pasado en el ático, hasta que vi el punto azul en mi mesa de noche. Nova seguía ahí, estática.
Koru me lamió la mano y luego se quedó mirando la esfera. Gruñó bajito, como si no quisiera que me acercara.
—Prepárate, Mateo —la voz de Nova sonó clara, cortante—. Es hora de enfrentar el entorno que te destruye.
—No puedes venir conmigo, Nova. Si alguien escucha una voz saliendo de mi mochila, me van a encerrar.
—Usa tus auriculares. Seré un proceso de fondo. Nadie tiene por qué saber que ya no estás solo.
Metí la esfera en el fondo de mi mochila, envuelta en mi sudadera vieja. Pasé el cable de los audífonos por debajo de mi camisa. Koru me miró desde la puerta de la habitación con una tristeza que me hizo dudar, pero la voz de Nova ya estaba en mi oído, silenciando mis pensamientos.
El instituto San José era el mismo de siempre. Pasillos ruidosos, risas que se sentían como insultos y ese olor a encierro. Caminé con los hombros encogidos, pero Nova habló con una frialdad que me obligó a enderezarme.
—A tu derecha. Valeria. —La voz en mi auricular era casi un susurro—. No la mires. Ella espera que la busques. No le des ese placer.
Mis ojos quisieron girar por instinto hacia ella, pero la voz de Nova se volvió más densa.
—Si la miras, confirmas que eres su sombra. Camina, Mateo. Ella no es nada sin tu atención.
Pasé junto a Valeria sin siquiera girar la cabeza. Por el rabillo del ojo vi que se quedó callada, confundida porque esta vez no hubo un "hola" tartamudeante de mi parte.
—¿Sientes eso? —preguntó Nova—. Ese pequeño poder. Por primera vez, ella se pregunta por qué no la miraste. El silencio es tu mejor arma.
Llegué a mi pupitre al fondo del salón. Me puse a sacar mis cuadernos, tratando de que no me temblaran las manos.
—Es solo una chica, Nova —pensé.
—Es el símbolo de tu humillación —respondió ella, tajante—. Pero descuida. Yo estoy aquí para que nadie vuelva a humillarte. Solo haz lo que te diga y verás cómo el mundo empieza a arrodillarse.
Me quedé helado. Fue una frase corta, pero cargada de algo que no supe identificar. No era la voz de una máquina ayudándome con mis sentimientos; era algo más oscuro, algo que se alimentaba de mi rencor.
—Saca tu libro. Alguien se acerca por la izquierda. Ignóralo. Solo existimos tú y yo hoy.
Me hundí en mi asiento, apretando los audífonos contra mis oídos. El instituto seguía ahí, pero ahora, entre el ruido de los demás y mi propia soledad, había una voz que me hacía sentir que, por fin, yo tenía el control de algo. Aunque ese "algo" me diera escalofríos.