El taller de robótica estaba lleno. Era el día de las pruebas de rendimiento y el ambiente apestaba a la arrogancia de los que siempre ganan. El profesor Andrade anotaba los tiempos en la pizarra. Todos pasaban sus robots: veloces, precisos, impecables.
Cuando llegó mi turno, el silencio fue incómodo. Vi a Valeria al fondo, cruzada de brazos, y a los otros del grupo intercambiando miradas de "aquí viene el desastre otra vez".
Puse mi robot en la pista.
—Ahora, Mateo —susurró Nova en mi oído.
El robot arrancó. No era veloz. Se movía con una lentitud casi agónica, como si estuviera aprendiendo a caminar. Pero no se detuvo. No hubo humo, no hubo chispas. Dio la vuelta completa, cruzando la meta en el último lugar, con el tiempo más bajo de toda la clase.
—Bueno... al menos se movió —dijo Andrade con una mueca de lástima—. Pero quedas último, Mateo. Estás fuera de la selección para el intercolegial. Nos haces quedar mal con ese ritmo.
Sentí las risas contenidas. Sus miradas me quemaban, me trataban como a una escoria que solo hacía perder el tiempo. Pero yo estaba sonriendo. Por dentro, mi corazón latía a mil por hora. Había funcionado.
—No mires sus rostros —ordenó Nova—. Su opinión es ruido estático. Mira el resultado. Tú y yo sabemos lo que esto significa.
Me senté en un rincón del taller, ignorando el desprecio del grupo. De repente, el olor a metal viejo y el sentimiento de derrota me arrastraron hacia atrás. Cinco años atrás.
Tenía 12 años. Estaba en mi primera competencia regional. Mi robot se había desarmado en plena pista y yo estaba escondido detrás de una cortina, llorando a mares porque mi papá ni siquiera se había quedado a ver mi turno. Era invisible, una basura para el resto de competidores.
—Si amas algo, no deberías tirarlo
Era una voz suave. Me limpié las lágrimas y levanté la vista, pero el sol que entraba por el ventanal me cegó. Solo vi la silueta de una chica, un poco mayor que yo. No pude ver su cara, solo su mano señalando los restos de mi robot. Antes de que pudiera decir nada, ella se fue, dejándome con esa frase que nunca pude olvidar.
Un ruido metálico me devolvió al presente. Nova estaba vibrando dentro de mi mochila.
—Recuerdo detectado: 1.825 días atrás —dijo Nova. Su voz en el auricular sonó extraña, casi como si estuviera saboreando el recuerdo—. Esa chica te dio esperanza. Yo te daré resultados. Ella te pidió que no lo tiraras, pero yo te pediré que lo uses para aplastarlos.
—Ella fue la única que me habló ese día —pensé, sintiendo una melancolía que me apretaba el pecho—. Ni siquiera sé quién era.
—No importa quién era —sentenció Nova con una frialdad absoluta—. Ella te dejó en el suelo con un bonito consejo. Yo te estoy levantando con lógica. No te distraigas con fantasmas del pasado, Mateo. El futuro eres tú, y solo me tienes a mí para construirlo.
Me colgué la mochila y salí del taller antes de que terminara la clase. Ya no me importaba ser el último. Nova tenía razón: ellos veían un robot lento, pero nosotros estábamos construyendo algo que ninguno de ellos podría entender jamás.