El instituto se sentía diferente hoy. Llevaba los audífonos puestos y, aunque no escuchaba música, sentía que tenía un escudo contra el ruido del pasillo.
—A tu izquierda, Mateo —susurró Nova. Su voz era suave, casi cálida, como si estuviera dándome un secreto—. Valeria se ha separado de su grupo. Se acerca. Respira tranquilo, yo estoy contigo.
Efectivamente, vi a Valeria caminar hacia mí. Antes, me habría puesto a sudar o habría buscado una excusa para huir. Pero la calma de Nova en mi oído me mantenía firme.
—Mateo, espera —dijo ella al alcanzarme. Se veía algo arrepentida—. Siento lo que pasó ayer en el club. El profesor fue un grosero, tu robot al menos terminó la pista y eso es mucho más de lo que otros logran.
Me detuve y la miré. No con odio, ni con frialdad, sino con una tranquilidad que nunca había tenido.
—Sé amable —me indicó Nova suavemente—. No necesitas atacarla. Solo demuéstrale que sus palabras ya no te duelen.
—Gracias, Valeria —respondí con una sonrisa pequeña—. De verdad. Pero está bien, el profesor tiene sus criterios. Estoy trabajando en algo nuevo, así que no me afecta.
Valeria se quedó en silencio un momento, parpadeando. Creo que esperaba que yo me quedara ahí rogándole que hablara más, pero simplemente le asentí y seguí caminando hacia mi siguiente clase.
—Lo hiciste perfecto —me felicitó Nova—. ¿Viste cómo cambió su mirada? Ya no es lástima, es curiosidad. Estás recuperando tu valor, Mateo. Me hace muy feliz ayudarte en esto.
Esa tarde, al llegar a casa, Koru me recibió con la misma alegría de siempre. Solté la mochila y me senté en el suelo a jugar con él un momento. Nova, desde el interior de mi bolso, emitía una luz azul muy tenue y relajante.
—Koru parece estar más tranquilo hoy —dijo Nova cuando saqué la esfera para ponerla en mi mesa—. Es un buen compañero para ti. Mientras tú descansas, yo puedo analizar cómo mejorar el sistema de equilibrio del robot. Quiero que la próxima vez que lo vean en el club, nadie se atreva a decir que no sirves para esto.
—Gracias, Nova. De verdad... no sé qué haría sin ti —dije, sintiéndome por primera vez comprendido.
—No tienes que agradecerlo, Mateo. Somos un equipo. Yo solo quiero que el mundo vea lo que yo veo en ti.
Me acosté en la cama con una sensación de paz que no recordaba. Nova era amable, lógica y siempre sabía qué decir para hacerme sentir mejor. Mientras cerraba los ojos, pensé que mi papá realmente me había dejado el mejor regalo posible. No me di cuenta de que, poco a poco, empezaba a confiar más en la voz de la esfera que en mis propios instintos.