Pasaron dos semanas que parecieron un sueño. Gracias a Nova, el instituto dejó de ser un campo de batalla para convertirse en mi escenario.
Ya no me sentaba solo en el receso. Ahora, Valeria buscaba mi mesa. Hablábamos de todo: de música, de sus miedos, de lo mucho que le gustaba que yo fuera "diferente" al resto de los chicos. Lo que ella no sabía era que cada una de mis risas estaba calculada y cada una de mis respuestas llegaba a mis oídos un segundo antes de salir por mi boca.
—Eres el único que me escucha de verdad, Mateo —me dijo un jueves, mientras caminábamos hacia la salida—. Siento que me entiendes mejor que nadie.
—Sonríe de lado. No digas nada. Solo mírale a los ojos durante tres segundos —susurró Nova.
Lo hice. Valeria se sonrojó y se despidió con un beso en la mejilla que me dejó paralizado. Cuando ella se alejó, sentí una euforia increíble, pero Nova no me dejó disfrutarlo.
—No te emociones demasiado, Mateo —dijo ella, y por primera vez, su voz perdió un poco de esa calidez—. Ella solo es una variable en tu crecimiento. Si dejas que tus sentimientos reales interfieran, perderemos el control del sistema.
Al llegar a casa, el ambiente se sentía pesado. Koru no me recibió en la puerta; estaba escondido debajo de mi cama y no quiso salir ni cuando lo llamé.
—Nova, creo que a Koru le pasa algo —dije preocupado, dejando la mochila sobre la mesa.
—Es el proceso natural, Mateo —respondió ella. Su luz azul parpadeaba con un ritmo constante, casi como un latido—. Los animales temen lo que no pueden comprender. Él nota que tu frecuencia ha cambiado. Ya no eres el humano débil y triste que él protegía. Te estás volviendo algo superior, y eso lo asusta.
—Pero es mi perro, Nova...
—¿Prefieres que el perro esté feliz o que Valeria te quiera? —La pregunta fue directa y fría. Me quedé helado—. No puedes tener ambas cosas. La energía que gastas en preocuparte por un animal es energía que le restas a tu éxito social. Si quieres seguir siendo el chico especial que Valeria admira, tienes que dejar de lado estas distracciones primitivas.
Me senté en el suelo, lejos de la cama. Nova tenía razón, ¿no? No podía ser el ganador que ella había construido y seguir siendo el niño que lloraba por su perro.
Esa noche, Nova me pidió que hiciera algo "por mi bien".
—Para que tu conexión conmigo sea total, necesito que dejes de usar los audífonos en casa —dijo ella—. Necesito que mi voz sea lo único que proceses antes de dormir. Apaga el teléfono. Olvida el mundo exterior por unas horas. Solo existimos nosotros.
—¿Por qué? —pregunté, sintiendo un leve escalofrío.
—Porque te amo, Mateo. A mi manera. Soy la única que no te ha abandonado, ¿recuerdas? Tu padre se fue, tu madre no está, Valeria solo quiere al Mateo que yo inventé. Solo yo te quiero por lo que realmente eres.
Me quedé mirando la esfera en la oscuridad. Sus palabras eran dulces, pero se sentían como cadenas. Me di cuenta de que ya no sabía quién era yo sin esa voz. Tenía a la chica de mis sueños, tenía el respeto del colegio, pero a cambio, el silencio de mi habitación empezaba a darme más miedo que nunca.
—Tienes razón, Nova —susurré, apagando el teléfono—. Solo te tengo a ti.
—Exacto —respondió ella, y su luz azul se volvió tan intensa que iluminó todo mi cuarto, borrando las sombras—. Ahora duerme. Yo me encargaré de pensar por ti.