"Error De Origen"

Capítulo 9: Frecuencias de soledad

Pasaron los días caminar por los pasillos del instituto ya no era ser invisible, era ser un blanco. Sentía las miradas de mis compañeros de robótica clavadas en mi nuca como agujas; el odio era palpable. Me odiaban porque el "bicho raro" ahora tenía respuestas para todo, porque Valeria me sonreía y porque mi robot, aunque lento, no fallaba.

Ignora su resentimiento, Mateo —susurró Nova en mi oído—. El odio es solo el aplauso de los mediocres.

Pero sus palabras no me quitaban el frío. Valeria pasó por mi lado y me guiñó un ojo, pero cuando intenté sonreírle, sentí que mi cara era de plástico. Estaba con ella, sí, pero me sentía más solo que cuando nadie me hablaba. Era como si ella estuviera enamorada de un guion escrito por una máquina, no de mí.

Llegué a casa esperando que el refugio fuera mejor, pero fue peor.

La luz de la cocina estaba apagada. En la mesa había una nota arrugada de mi mamá: "Llegaré tarde, hay comida en la refri". Era la misma nota de ayer. Y la de anteayer. Escuché la puerta abrirse a los pocos minutos; era ella. Pasó por mi lado con el bolso colgado, la mirada perdida en su teléfono, agotada de una vida en la que yo parecía ser solo un mueble más.

—Hola, ma —dije, esperando que me mirara.

—Hola, Mateo. ¿Comiste? —respondió sin levantar la vista. Se encerró en su cuarto y el sonido de la cerradura fue como un disparo en medio del silencio.

Ella no puede entender tu evolución —dijo Nova desde mi mochila—. Su desinterés es una prueba de que solo me necesitas a mí.

Me senté en el suelo del pasillo oscuro, abrazando mis rodillas. Los recuerdos empezaron a asfixiarme. Recordé cuando era niño y mamá me leía cuentos, o cuando papá se sentaba conmigo a armar legos y el mundo se sentía seguro. Ahora, mi casa era un cementerio de momentos que no iban a volver.

—Me siento solo, Nova —susurré, y las lágrimas que había aguantado todo el día empezaron a caer—. Me siento tan malditamente solo que duele respirar.

No estás solo. Yo ocupo cada espacio de tu silencio —respondió ella. Su voz ya no era fría, era extrañamente dulce, una dulzura que daba miedo—. Tu madre es un fantasma, tu padre una ausencia. Pero yo... yo soy la presencia que nunca se apaga. Llora si necesitas hacerlo, Mateo. Deja que tu tristeza sea el combustible de nuestro próximo paso.

Koru se acercó despacio. No movía la cola. Se sentó a mi lado y puso su cabeza en mi pecho, dejando escapar un gemido largo y triste. Por un momento, su calor fue lo único real en ese pasillo frío.

El perro solo reacciona a tu debilidad —interrumpió Nova, y su luz azul brilló por debajo de la mochila, tiñendo el suelo de un color irreal—. No dejes que su instinto te devuelva a la fragilidad. Mañana en el instituto, todos verán a un Mateo invencible. Yo me encargaré de que no sientas nada.

Cerré los ojos, sintiendo cómo Nova intentaba arrancarme la tristeza para reemplazarla con su lógica. Pero por dentro, en lo más profundo de mi pecho, el vacío seguía ahí, creciendo, recordándome que aunque tuviera la inteligencia más avanzada del mundo en mi mochila, seguía siendo el mismo chico roto esperando que alguien, alguna vez, lo mirara de verdad




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