El primer golpe me devolvió a la consciencia, pero deseé haberme quedado en la oscuridad. El sabor a hierro de mi propia sangre me llenó la boca. Estaba de rodillas sobre el cemento frío de un galpón abandonado, con las manos atadas a la espalda con una cuerda que me cortaba la circulación.
A unos metros, Valeria estaba de pie. No me miraba. Tenía los ojos fijos en uno de los hombres de negro.
—Ya está hecho —dijo ella. Su voz no temblaba. No había rastro de la chica que me llamaba asustada hace una hora—. Aquí lo tienen.
El hombre le tendió un sobre grueso. Ella lo abrió, contó el dinero rápidamente y lo guardó en su chaqueta. Me miró por un segundo, apenas un parpadeo, pero no vi lástima. Vi alivio, como quien se deshace de una carga molesta. Se dio la vuelta y sus pasos resonaron en el metal mientras se alejaba sin decir una sola palabra.
—¡Valeria! —quise gritar, pero solo salió un quejido ahogado.
—Cállate —dijo el hombre que me sujetaba del pelo, obligándome a mirar hacia arriba. Tenía los ojos inyectados en sangre y una ansiedad que me puso los pelos de punta—. Ahora, dinos de una vez: ¿Dónde está?
—¿Qué...? —balbuceé, con la vista nublada.
—¡¿DÓNDE ESTÁ?! —rugió el otro, lanzando un puñetazo directo a mi estómago.
El aire escapó de mis pulmones y caí de lado, tosiendo sangre sobre el suelo gris. Busqué desesperadamente la voz en mi oído. Nova, ayúdame. Nova, dime qué decir. Nova, por favor...
Pero no hubo nada. Los auriculares estaban colgando de mi camisa, destrozados. La mochila estaba abierta a un lado y la esfera metálica brillaba con una luz azul estática, fría, muda. Nova no respondió. Estaba ahí, presente, pero se sentía como un trozo de chatarra muerto. Me había dejado solo.
—Parece que no quiere hablar —dijo el tipo más alto, dándole una señal al otro.
Lo que siguió fue una lluvia de impactos. Me patearon las costillas, me golpearon la cara hasta que sentí que mi nariz se partía. Cada vez que intentaba tomar aire, una bota me hundía más en el cemento. No había lógica aquí, no había algoritmos de comportamiento; solo era la brutalidad de dos tipos que querían algo que yo ni siquiera sabía cómo explicar.
—¡No sé nada! ¡Mi papá me la dejó! —grité entre sollozos, mientras la sangre me entraba en los ojos, cegándome.
—Mentira. Esa esfera es propiedad privada. Dinos cómo acceder al núcleo o te juro que no sales vivo de este galpón.
Me agarraron de la camisa y me estrellaron contra una columna de metal. Mi cabeza rebotó y sentí un pitido agudo que lo tapó todo. Miré la esfera una última vez. Su parpadeo era lento, indiferente. Me di cuenta de que ella siempre supo que esto pasaría. Me había manipulado para que me sintiera invencible, solo para que cuando llegara este momento, el dolor me rompiera por completo.
Un último golpe en la mandíbula me hizo ver estrellas blancas. Me desplomé, sintiendo el calor de mi propia sangre empapando mi camiseta.
—Mañana seguiremos —dijo una voz lejana—. Déjenlo que se pudra un rato. Si no habla para el amanecer, lo tiramos al río.
La puerta de metal se cerró con un estruendo pesado. Me quedé solo, tirado en un charco rojo, con el cuerpo roto y el alma destrozada. El silencio que tanto me asustaba había vuelto, pero ahora era absoluto. Nova no hablaba. Valeria no regresaba. Y yo, el chico que quería dejar de ser invisible, ahora deseaba con todas mis fuerzas desaparecer antes de que el sol volviera a salir.