Empujé la puerta con el hombro, esperando el refugio de siempre, pero lo que me recibió fue el olor a humo y a desastre. Mi casa, el único lugar donde podía ser yo mismo, estaba reducida a escombros. Los muebles estaban destrozados, la foto de mi papá estaba pisoteada en el suelo y el silencio era tan pesado que me costaba respirar. Habían entrado a buscar algo, y no tuvieron piedad con nada. Ni con nadie.
Entonces lo vi.
Cerca de la mesa volcada del comedor, había una mancha oscura que se extendía por el suelo gris. Mi corazón se detuvo. Me arrastré, ignorando el dolor de mis costillas, dejando un rastro de mi propia sangre hasta llegar a él.
—Koru… —susurré, con la voz rota.
Él estaba ahí, echado de lado. Su pelaje dorado estaba manchado de rojo. Tenía una herida profunda en el pecho; se había enfrentado a ellos solo para protegerme, para proteger el garaje, para protegernos. Me quedé tieso, de rodillas, con las manos temblando tanto que no me atrevía a tocarlo. Tenía miedo de que, si lo hacía, la realidad terminara de romperme.
—No, no, no… Koru, por favor… no me dejes —las lágrimas empezaron a brotar, calientes y amargas—. Koru, mírame, amigo. Aquí estoy. Perdóname.
Lo tomé entre mis brazos con una delicadeza que no tuve en semanas. Acerqué mi rostro al suyo. Él abrió los ojos muy despacio, con un esfuerzo sobrehumano. No había reproche en su mirada, solo esa paz infinita que siempre me daba. Con sus últimas fuerzas, sacó la lengua y me lamió la mejilla, limpiando un poco de la sangre de mis heridas. Fue un beso húmedo, débil, pero cargado de todo el perdón que yo no merecía.
—Te necesito, no me dejes solo… por favor —sollocé, hundiendo mi cara en su cuello, sintiendo cómo su calor se desvanecía—. Te prometí que volvería enseguida… te lo prometí…no me dejes……no..no..no…..
Koru soltó un suspiro largo, un gemido que se fue apagando como una vela que se queda sin aire. Sentí cómo su cuerpo se relajaba por completo en mis brazos. El pequeño latido que sentía contra mi pecho se detuvo. Su cola, que siempre me recibía con alegría, quedó inmóvil sobre el suelo roto.
No grité. No pude. El dolor era tan grande que se me quedó atorado en la garganta como un nudo de espinas. Me quedé ahí, meciéndolo en silencio, con los hombros sacudidos por un llanto mudo y desesperado. Lo abracé con todas mis fuerzas, deseando poder darle mis latidos, mi vida, cualquier cosa con tal de que abriera los ojos una vez más.
Recordé su cara cuando salí de casa. Recordé su ladrido de advertencia. Él sabía que yo iba hacia la oscuridad y aun así, murió esperando mi regreso.