Me quedé arodillado, tieso, como si yo también me hubiera convertido en piedra. Mis manos seguían hundidas en el pelaje de Koru, que ya se sentía frío, extrañamente pesado. No dije nada. No había palabras en ningún idioma que pudieran llenar el hueco que se había abierto en mi pecho. Durante treinta minutos, el único sonido en la casa en ruinas fue mi respiración rota y el goteo del agua que entraba por el techo destruido.
Me levanté con movimientos mecánicos. Mis heridas ya no dolían; el entumecimiento emocional era más fuerte que cualquier hueso roto. Cargué a Koru en brazos, con una delicadeza sagrada, y salí al patio trasero.
La lluvia seguía cayendo, convirtiendo la tierra en un lodo espeso. Agarré una pala vieja que había sobrevivido al desastre y empecé a cavar. No miré hacia arriba ni una sola vez. Mis ojos estaban fijos en el agujero que se hacía más profundo con cada palada de tierra.
No hablaba. No gritaba. Solo se escuchaba el metal chocando contra las piedras. De mis ojos caían lágrimas pesadas, silenciosas, que se mezclaban con el barro en mis mejillas. Eran lágrimas de un arrepentimiento que ya no servía de nada. Cada vez que enterraba la pala, recordaba un momento con él: cuando llegó de cachorro, cuando dormía sobre mis pies mientras yo intentaba programar, cuando me miraba con esa lealtad que yo no supe valorar.
Nova no dijo nada. Estaba en la mochila, tirada sobre el lodo, muda. Por fin había logrado lo que quería: el silencio absoluto de mi alma.
Puse a Koru en el fondo del surco. Le acomodé la cabeza y, con un susurro que apenas salió de mis labios, dije lo único que me quedaba:
—Duerme... ya estás a salvo de mí.
Empecé a cubrirlo. Puñado a puñado, hasta que solo quedó un pequeño montículo de tierra fresca bajo el cielo gris. Me dejé caer de rodillas frente a su tumba, con la frente apoyada en el suelo húmedo. Mis manos estaban negras de tierra y sangre. No quería levantarme. No quería seguir siendo Mateo.
En ese momento, el crujido de neumáticos sobre la grava rompió el silencio de la calle. Un motor se detuvo frente a lo que quedaba de mi casa. Escuché las puertas del auto abrirse. Eran ellos. Eran los hombres de negro que venían a terminar el trabajo, a llevarse la esfera o a borrar el último testigo.
No me moví. No intenté esconderme. Me quedé ahí, arodillado sobre la tumba de mi mejor amigo, con los ojos cerrados y los hombros caídos. El miedo se había evaporado, reemplazado por un deseo oscuro y tranquilo de que todo acabara de una vez.
— deseando que el impacto llegara rápido—. haslo aquí mismo, donde él pueda verme llegar.
Escuché los pasos pesados acercándose por el pasillo de la casa hacia el patio. El frío de la lluvia me calaba hasta los huesos, pero yo solo sentía paz. Estaba listo. Estaba esperando mi muerte como el único regalo que el mundo todavía podía darme.