"Error De Origen"

Capítulo 16: El ángel de pólvora

El sonido de la lluvia golpeando el lodo era lo único que llenaba mis oídos. Sentí la presencia de los dos hombres detrás de mí. Sus sombras se proyectaban sobre la tumba de Koru, largas y amenazantes.

—Conque así quieres terminar, ¿eh? —dijo uno de ellos con una voz cargada de desprecio—. Patético. Todo este drama por un animal y un trozo de metal.

Escuché el metal del arma rozando su funda y luego el "clic" seco del percutor siendo amartillado. La boca del cañón se apoyó en la base de mi nuca. El frío del acero me hizo estremecer por última vez. Cerré los ojos con fuerza, apretando los puños contra la tierra.

—Hazlo —susurré.

El mundo se puso negro.

¡BANG! ¡BANG!

Dos estruendos ensordecedores rompieron la noche. El olor a pólvora quemada reemplazó el aroma de la lluvia. Esperé el impacto, esperé el dolor, esperé caer sobre Koru... pero no pasó nada. Seguía respirando.

Abrí los ojos, con el corazón queriendo salirse del pecho, y me giré lentamente. El trauma me dejó paralizado. Los dos hombres estaban tirados en el suelo del patio, con los ojos abiertos y vacíos, desparramados como muñecos de trapo sobre los escombros. La sangre se mezclaba con el lodo en un remolino oscuro.

Miré hacia arriba, buscando el origen de los disparos.

Recortada contra la luz de un poste de la calle, había una figura. Llevaba una capucha negra que le cubría el rostro, dejando solo sombras donde debería estar su cara. No podía saber si era un hombre o una mujer, pero su postura era perfecta, casi inhumana. Sostenía un arma con una mano firme, sin un solo temblor.

La figura bajó el arma lentamente y dio un paso hacia la luz. No dijo una palabra, pero bajo la sombra de la capucha, vi cómo sus labios se curvaban en una sonrisa maleable, una mueca retorcida que no transmitía paz, sino algo mucho más peligroso. Era una sonrisa que decía que mi vida ya no me pertenecía a mí, sino a quien acababa de matar por ella.

Busqué desesperadamente la voz de Nova. "Ayúdame, dime quién es, dime qué hago". Pero Nova seguía en el fondo de la mochila, muda, apagada, como si estuviera observando este nuevo tablero de ajedrez sin querer intervenir todavía.

Me quedé ahí, arodillado entre los cadáveres de mis verdugos y la tumba de mi perro, mirando a mi salvador con un terror que me helaba la sangre. Había escapado de la muerte, pero por la expresión de esa persona encapuchada, sentí que acababa de entrar en un infierno mucho peor.




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