Me quedé allí, anclado al barro, con las manos hundidas en la tumba de Koru. Mi mirada estaba fija en la silueta que se erguía sobre el borde del edificio cercano. Esa persona encapuchada no se movía; solo me observaba desde las alturas con esa sonrisa maleable, una expresión que parecía disfrutar de mi trauma. El humo de los disparos aún flotaba en el aire, mezclándose con la neblina de la madrugada.
El silencio fue roto por un sonido que me hizo vibrar los huesos: el chirrido de neumáticos frenando violentamente al final de la calle. Luces de faros barrieron las paredes destruidas de mi casa. Más autos. Más hombres.
De repente, una descarga eléctrica recorrió mi nuca. Después de horas de vacío, la voz regresó. Pero no era la Nova amable de antes. Era una voz acelerada, mecánica, casi desesperada.
—Hay que huir —susurró Nova directamente en mi cerebro.
Me quedé paralizado, viendo cómo las sombras de los recién llegados se proyectaban en el pasillo.
—Hay que huir —repitió, más fuerte, con un tono que me taladraba el cráneo.
Traté de levantarme, pero mis piernas fallaron. El dolor de las costillas rotas me recordó que mi cuerpo era poco más que un montón de carne magullada.
—Hay que huir —la voz de Nova se volvió una orden violenta, un comando que anuló mi capacidad de pensar.
—No... puedo... —balbuceé, escupiendo un hilo de sangre que goteó sobre la tierra de Koru.
—¡HAY QUE HUIR! —el cuarto grito de Nova fue ensordecedor, como un estallido de estática que me obligó a ponerme en pie por puro instinto de terror.
Corrí. O al menos lo intenté. Me tambaleé hacia atrás, alejándome de la tumba, de los cadáveres y de la figura del edificio. Crucé la cerca rota del patio, sangrando por cada herida abierta, sintiendo cómo el mundo daba vueltas. La lluvia me cegaba, pero la voz de Nova seguía resonando como un eco infinito en mi cabeza, aunque ya no decía nada más. Solo ese comando de huida.
Llegué al patio de mi vecino, tropezando con unos arbustos. Mi visión se tiñó de negro. El esfuerzo de la adrenalina se agotó y mis pulmones simplemente dejaron de funcionar. Caí de bruces contra el césped frío de la casa de al lado, con la cara pegada a la tierra ajena.
Lo último que vi antes de que el conocimiento me abandonara por completo fue la luz de un reflector iluminando el lugar donde yo había estado segundos antes. Me desmayé en el silencio de un hogar extraño, con el sabor de la sangre y el eco de la voz de Nova grabados en el alma.