Abrí los ojos y lo primero que sentí fue el sabor a pasto y tierra. El sonido de las sirenas cortaba la noche como cuchillas. Luces rojas y azules rebotaban en las paredes de las casas vecinas. La policía estaba ahí. Era mi salvación.
Me levanté apoyándome en un tronco, sintiendo que mis huesos eran de cristal a punto de romperse. El dolor era un rugido constante, pero la esperanza de ver esos uniformes me dio un último aliento.
—Ve, Mateo. Es ahora o nunca —la voz de Nova sonó clara, urgente, casi eufórica—. Corre hacia la luz. Es tu única oportunidad de sobrevivir. ¡Ve!
Empecé a avanzar, tambaleándome, dejando un rastro de sangre sobre el jardín del vecino. Cada paso era una tortura, pero la voz de Nova me empujaba con una insistencia casi hipnótica.
—¡Vamos! 100 metros. No te detengas. Estás a un paso de la libertad —me gritaba al oído.
Faltaban pocos metros para salir a la calle principal. Veía las patrullas, veía a los oficiales bajando con linternas. Extendí una mano temblorosa, con la vista nublada por las lágrimas y el agotamiento.
—Ayu... —mi voz fue un hilo roto, un susurro que apenas salió de mi garganta—. Ayu... da...
Justo cuando iba a salir de la sombra de los arbustos, sentí un impacto violento. No fue un golpe, fue un empujón firme que me lanzó de espaldas hacia la oscuridad de la maleza densa. Caí pesadamente, y antes de que pudiera gritar, un cuerpo cayó sobre el mío, inmovilizándome contra el suelo húmedo.
Una mano enguantada, fría y firme, se estampó contra mi boca, ahogando cualquier sonido.
Traté de luchar, pero estaba demasiado débil. Miré hacia arriba y, entre las hojas, vi el rostro de la persona encapuchada que estaba en el edificio. A esta distancia, pude ver que sus ojos brillaban con una inteligencia peligrosa. Era una mujer. Su capucha se había deslizado un poco, dejando ver unos mechones de cabello oscuro empapados por la lluvia.
—Shhh... —susurró ella. Su voz era suave, casi melódica, pero con un filo de acero que me heló la sangre.
Me quedé rígido bajo su peso. A pocos metros, las botas de los policías golpeaban el asfalto y sus linternas barrían el área, pasando a centímetros de nuestro escondite. Nova se quedó muda de golpe. La "última oportunidad" que me había prometido la IA era, en realidad….