El pánico me consumió. Las luces azules de las patrullas estaban ahí mismo, a menos de diez metros. Intenté morder la mano que me tapaba la boca, forcejeé con las pocas fuerzas que me quedaban, intentando soltar un grito, un rugido, cualquier cosa para que la policía me oyera. Necesitaba que me sacaran de las garras de esta mujer.
—¡Míralos! —me siseó ella al oído, obligándome a girar la cabeza hacia el patio de mi casa.
Me quedé congelado. El grito se murió en mi garganta antes de nacer.
Los dos hombres de negro, los mismos que yo había visto caer con agujeros de bala en la cabeza, empezaron a moverse. No fue un movimiento natural. Sus extremidades se retorcieron con sonidos de huesos rompiéndose y reacomodándose. Las heridas de sus rostros empezaron a cerrarse, expulsando las balas como si su carne fuera una masa de mercurio oscuro que se regeneraba en segundos.
Se pusieron en pie, lentos, mecánicos.
Dos policías se acercaron al callejón con las linternas en alto. —¡Manos arriba! ¡Identifíquense! —gritó uno de los oficiales.
No hubo advertencia. Los hombres de negro se lanzaron sobre ellos con una velocidad que el ojo humano no podía seguir. Vi, con los ojos desorbitados por el trauma, cómo uno de esos seres sacaba una hoja de metal negro que parecía salir de su propia muñeca. Sin dudar, acuchilló al primer policía en el cuello, una y otra vez, con una ferocidad silenciosa. Al segundo lo alcanzaron antes de que pudiera sacar su arma, hundiéndole el acero en el pecho hasta que el uniforme se tiñó de un rojo casi negro bajo las luces de la patrulla.
Los policías cayeron sin vida, sus linternas rodando por el suelo, iluminando la carnicería.
—Si hubieras gritado, estarías ahí tirado con ellos —susurró la mujer, apretando su agarre sobre mi boca—. Ellos son policías. Y esos... no son hombres.
Me quedé tieso, temblando violentamente. El olor a sangre fresca flotaba en el aire mezclado con el ozono de la lluvia. Miré hacia mi mochila, esperando que Nova dijera algo, que me explicara qué tipo de monstruos eran esos, que me diera una salida.
Pero Nova no dijo nada. Estaba en un silencio absoluto, como si estuviera escondiéndose, o peor, como si estuviera esperando a que esos seres terminaran de limpiar el área para entregarme.
La mujer encapuchada me soltó lentamente, pero sus ojos no se apartaban de los monstruos que ahora empezaban a olisquear el aire, buscándome. El trauma era tal que mis oídos empezaron a pitar. Ya no era solo una conspiración o un robo; era algo que desafiaba toda lógica.
Estaba atrapado en una pesadilla donde la muerte se regeneraba y mi única salvadora era una asesina que me miraba como si yo fuera la pieza más valiosa y peligrosa de un rompecabezas sangriento.