Me quedé inmóvil, hundido en el barro, viendo cómo esos seres con apariencia humana se subían al auto negro. Sus rostros no tenían expresión, pero sus movimientos eran bruscos, cargados de una furia contenida por no haberme encontrado entre los escombros. El motor rugió y el vehículo desapareció en la oscuridad de la calle, dejando tras de sí solo el silencio de la muerte y el olor a pólvora.
—Mateo... me alegra tanto que estés a salvo —la voz de Nova regresó de repente. Su tono era dulce, suave, como si no me hubiera gritado hace diez minutos que corriera hacia una muerte segura—. Esos hombres eran una amenaza imprevista. Mi sistema se bloqueó por el miedo a perderte. Perdóname, usuario.
La inocencia en su voz me dio náuseas. Ya no era una guía; era una mentira envuelta en luz azul.
La mujer que me tenía sujeto me soltó. Se puso de pie con una elegancia que contrastaba con la brutalidad que acababa de presenciar. Lentamente, llevó sus manos a la capucha y se la echó hacia atrás.
Me olvidé de respirar.
Bajo la luz de la luna que empezaba a filtrarse entre las nubes, apareció el rostro más hermoso que jamás había visto. Tenía una belleza afilada, ojos que parecían haber visto el fin del mundo y una piel que brillaba bajo la lluvia. Era ella. No era una desconocida.
—" Si amas algo, no deberías tirarlo " —dijo ella.
Mi mente retrocedió años atrás, al octavo grado. Ese día en el que todos me dejaron atrás una chica misteriosa se me acerco, pero no pude verlo, me miró a los ojos y me susurró esa misma frase antes de desaparecer mientras lloraba. Nunca supe su nombre, pero esa frase fue lo único que me mantuvo cuerdo para no tirarlo todo.
—¿Eres tú? —balbuceé, con las lágrimas mezclándose con el agua de lluvia.
Ella no respondió con palabras. Solo me sostuvo la mirada, y en ese contacto sentí que ella sabía todo: lo de mi padre, lo de Nova, lo de Koru. Había estado esperándome en las sombras durante años, viendo cómo me convertía en el títere de una máquina.
—No confíes en ella, Mateo —interrumpió Nova, y esta vez su voz tenía un rastro de estática agresiva—. Ella es el error en el sistema. Ella es quien quiere destruir nuestro futuro.
Miré a la chica. Luego miré mi mochila donde brillaba la esfera. Estaba en medio de dos fuerzas que no comprendía: una IA que me había dado el mundo para luego quitármelo, y una mujer del pasado que acababa de salvarme la vida matando a monstruos.
—Vámonos —dijo ella, extendiéndome una mano llena de cicatrices pero cálida—. El tiempo de las palabras se terminó.
Me quedé mirando su mano, mientras el eco de sus palabras de octavo grado resonaba en mi cabeza, dándome por primera vez en toda la noche una chispa de esperanza real.