Alice.
Cuando sonó la campana del receso, los niños salieron disparados como si alguien hubiera abierto las compuertas de un río. El salón se vació en menos de un minuto. Solo quedaron algunos ecos de risas que se desvanecían por el pasillo.
Me apoyé en el escritorio por un momento, dejando que el silencio respirara.
La energía de treinta y dos niños era… abrumadora, pero no en el mal sentido. Más bien era algo que había olvidado que existía: ese caos humilde, cotidiano, libre. El tipo de caos que no tenía nada que ver con alarmas, con disparos, con órdenes en voz baja, con planes de escape improvisados.
Era un caos sano.
Miré el reloj. Apenas había pasado medio turno.
Me asomé por la ventana. En el patio, los estudiantes se distribuían como si siguieran un mapa invisible: los que ya habían hecho amigos se agrupaban rápido, otros apenas tanteaban terreno. Y estaban aquellos—los callados—los que caminaban sin rumbo fijo, aparentando buscar algo para hacer cuando en realidad buscaban algo más profundo: un lugar donde encajar.
Los reconocía fácilmente.
Solía ser una de ellos.
No en una escuela… pero sí en Helix.
Uno de los chicos más tímidos de mi grupo, Hugo—o Hugh, como quería que lo llamara—estaba parado cerca de la zona de árboles, pateando piedritas y mirando sus zapatos cada cinco segundos. A unos metros, Abigail y Cami hablaban emocionadas mientras sacaban sus loncheras, probablemente organizando algún plan para más tarde. Bran estaba ya con tres niños más, mostrándoles un dibujo y recibiendo comentarios exagerados, en su estilo.
Y, por supuesto, ahí estaba Lily.
Sentada en una de las mesas del patio, con una barra de cereal en la mano, escuchando a dos niñas que hablaban sin parar. Sonreía, pero noté que sus manos estaban un poco tensas sobre la mesa. No estaba incómoda… solo procesaba. Observaba.
Me acomodé la credencial y salí del salón. Tenía que ir a la sala de profesores para revisar el material para la siguiente parte de la clase. Mientras caminaba por el pasillo, veía estudiantes por todas partes: unos corriendo, otros presumiendo juguetes, otros simplemente hablando como si el día fuera demasiado corto para todo lo que querían decir.
Me hacía preguntarme cómo sería tener una infancia así.
Completa.
Presente.
Con padres que te dejaban frente a la escuela diciéndote "ya sabes lo que te dije".
Con un hogar donde las paredes no eran metálicas ni las luces frías.
Sacudí la cabeza para sacarme la sensación que comenzaba a subir desde el pecho. No había espacio para nostalgia. No ahora. No aquí.
Empujé la puerta de la sala de profesores.
Había unos cuantos docentes dentro, algunos tomando café, otros revisando exámenes o acomodando materiales. El ambiente se sentía relajado, casi flojo, comparado con la intensidad del aula.
La profesora Sterling, una mujer de cabello grueso y rojizo recogido en un moño rebelde, me sonrió al verme entrar.
—¿Sobreviviste? —preguntó con una taza entre las manos.
—Por poco —respondí con una sonrisa leve—. Pero creo que están más emocionados que descontrolados.
—Eso es bueno —dijo ajustándose las gafas—. Los grupos de primer año suelen tener mucha energía al principio. Si ya te escuchan, vas en muy buen camino.
—Intento hacerlo —respondí, tomando asiento en una mesa. Abrí la carpeta con el plan de clase.
Ella se sentó frente a mí.
—Tu salón parece muy variado —comentó—. Vi salir a algunos muy entusiasmados y a otros que parecían estar calculando su propia existencia.
Me reí suavemente.
—Sí, noté lo mismo. Hay varios que todavía están buscando dónde encajar.
—Es normal —dijo—. Y por lo que vi, te tienen confianza. Eso ayuda mucho.
Me quedé callada un segundo. Palabras simples. Cotidianas. Pero tan ajenas a mi historia real.
Confianza.
Una palabra que, en Helix, nunca existió.
—Espero estar haciéndolo bien —respondí finalmente.
—Lo estás haciendo —aseguró Sterling.
Hubo un silencio cómodo antes de que se levantara para rellenar su taza.
Mientras revisaba mis materiales, algunos profesores más entraban y salían, conversaban sobre sus propios grupos, sobre el ruido del pasillo, sobre las nuevas reglas del semestre. Era una especie de microcosmos donde cada vida avanzaba con su propio ritmo y complicaciones menores.
Y yo estaba ahí, integrándome a una normalidad que no me pertenecía.
De pronto, escuché la voz de uno de los profesores desde la puerta:
—Todos los grupos regresan a las aulas en diez minutos.
Asentí. Organicé mis cosas y guardé las hojas que usaría para una actividad ligera. Cuando levanté mi mochila, una sensación extraña me cruzó: la de estar viviendo algo que jamás pensé que tendría.
Un día normal.
Un turno normal.
Un recreo normal.
Y niños preocupados por cosas de niños.
Respiré hondo.
Diez minutos y volvería a instruirlos.
Diez minutos y seguiría actuando.
—Vamos —murmuré para mí—. Un día a la vez.
Salí de la sala de profesores y me dirigí al salón mientras los sonidos del receso comenzaban ya a decrecer.
**
Los primeros en regresar fueron los que no se aventuraron demasiado lejos del edificio. Entraron hablando entre ellos, aún con restos de galletas o jugo en la mano. Luego llegaron los más ruidosos, los que se habían quedado corriendo hasta el último segundo en el patio. Los tímidos entraron casi al final, ocupando sus lugares con movimientos breves, como si no quisieran llamar la atención.
Esperé hasta que todos estuvieron sentados, revisando su lista de asistencia mientras acomodaba un marcador junto a la pizarra.
—Muy bien —dije cuando el bullicio estuvo lo suficientemente bajo—. ¿Qué tal su primer receso? ¿Todo en orden?
Varias manos se levantaron al instante.
Sonreí, señalando a la primera.
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Editado: 22.03.2026