Error Perfecto: Rastro de Sangre

Capitulo 4

Lily Carter.

Fui la segunda en terminar mi ejercicio. El primero fue Mateo, claro… ese niño siempre parece tener un motor en la cabeza. Yo terminé justo después, y cuando la miss Alice asintió con esa mirada que decía "sí, está bien hecho", dejé el marcador y me fui a mi lugar con una sensación de orgullo cálido.

Los otros cuatro todavía estaban allá arriba. A unos se les veía la frustración en la cara; otros se reían nerviosos mientras borraban con la mano lo que acababan de escribir. Cada que alguno dudaba, volteaban hacia la miss Alice.

—Miss, ¿así va?

—No, ese número está al revés.

—¿Y este?

—Eso sí está correcto, continúa.

Era raro… no como las maestras que había tenido en preescolar, que siempre parecían apuradas o molestas cuando nos equivocábamos. Ella no. La miss Alice corregía con calma, con una voz suave pero firme. Ni una pizca de enojo.

Me acomodé en mi pupitre, y justo cuando saqué mi lápiz para repasar el ejercicio, sentí que alguien se inclinaba hacia mí. Era Abi, pegándose un poco a mi mesa como si quisiera contarme un secreto.

—Oye, Lily —susurró—… ¿en serio la miss Alice no es tu familia?

Me quedé mirándola unos segundos, medio confundida.

—No —dije, frunciendo el ceño un poco—. Nunca la había visto. Ni en fotos ni en nada.

Abi ladeó la cabeza, como si intentara descifrar algo invisible.

—Pero se parecen… un poco.

Me encogí de hombros.

—Tengo un hermano mayor. Y ya. Mis papás siempre han dicho que solo somos dos. Y… pues… mi familia es enorme, la verdad. Tíos, primos, abuelos, bisabuelos… un montón. Así que no sé con certeza si tengo una tía lejana o algo así, pero… nunca he escuchado de ella, ni siquiera de alguien parecido. Así que no, no creo que sea nada nuestra.

Abi me miró fijamente, luego suspiró como si hubiera decidido rendirse.

—Está bien, te creo.

Asentí, y volví la vista hacia el frente.

La miss Alice estaba sentada en su escritorio. Tenía el codo apoyado sobre la superficie y su mejilla descansaba un poco en su mano. No estaba distraída, pero tampoco solo observaba por observar. Parecía… estudiarlos. A todos. A veces al niño que borraba frenéticamente, otras al que escribía despacio, luego al pizarrón.

Y por un segundo, se quedó mirándome a mí.

No fue una mirada rara. Fue… intensa, como si estuviera tratando de recordar algo que se le había olvidado hace mucho. Me quedé quieta sin saber por qué, pero no me incomodó. Era como si quisiera asegurarse de que entendía, o de que estaba bien.

Pero cuando parpadeé, ella ya estaba mirando otra vez a los del frente, guiándolos con la mano, señalando una operación mal puesta.

No sé por qué me quedé observándola unos segundos más.

Ella parecía tranquila… pero había algo en su mirada, algo que no terminaba de descifrar. Como si, debajo de todo, hubiera un pensamiento que no quería mostrar.

O tal vez yo estaba imaginando cosas. No sé.

Abrí mi cuaderno y comencé a copiar de nuevo el ejercicio para practicar, mientras los otros cuatro seguían batallando en el pizarrón y la miss Alice los corregía con una paciencia que solo he visto en gente que realmente quiere estar aquí.

**

Los cuatro compañeros que quedaban en el pizarrón empezaron a terminar casi al mismo tiempo. Primero Miguel, que soltó un suspiro tan fuerte que varios se rieron; luego Sofía, que sonrió orgullosa cuando la miss le dijo "excelente". Después quedaron los dos más lentos, Esteban y Nora, que iban tachando cosas cada dos minutos.

—No corran —les dijo la miss Alice, levantándose de su silla—. Prefiero que lo hagan despacio a que copien.

Esteban tragó saliva y volvió a escribir.

Cuando al fin terminaron, la miss se acercó al pizarrón y revisó todo. Señaló aquí y allá, movió la mano con suavidad.

—Muy bien. Cuatro de seis están perfectos. Los otros dos… casi. Solo corrijan esto —y marcó las partes equivocadas con una equis suave, hecha con una letra tan bonita que daban ganas de copiarla.

Todos se apresuraron a arreglarlo. Yo pensé que iba a regañarlos, o mínimo a suspirar cansada… pero no. Ella solo les dijo:

—Lo importante es que se esforzaron. Bien hecho.

Cuando escuché eso, noté que varios de mis compañeros sonrieron sin darse cuenta.

Los cuatro regresaron a sus lugares, cada uno con una mezcla de cansancio y orgullo. La miss Alice, en cambio, tomó su marcador, lo colocó de nuevo en la repisa y dio unos golpecitos suaves al pizarrón para llamar la atención.

—Bien, chicos… —miró alrededor—. ¿Todos copiaron los ejercicios correctamente?

Algunos asentaron rápido, otros levantaron sus cuadernos como si ella pudiera verlos desde su lugar. A veces me pregunto si los adultos saben que hacemos eso instintivamente.

La miss caminó por el pasillo entre los pupitres, mirando por encima de los hombros. Cuando pasó junto a mí, pude sentir la calma que llevaba encima, como si no hubiera nada en el mundo que pudiera ponerla nerviosa. Aunque… al verla más de cerca, noté algo extraño en sus ojos. No miedo, más bien… cansancio. Como alguien que ha dormido poco.

O que ha pensado demasiado.

Después de revisar los cuadernos, volvió al frente.

—Muy bien —dijo, juntando las manos con un aplauso suave—. Me alegra que hayan entendido. Esto será importante para las próximas semanas.

Desde atrás, Mateo levantó la mano.

—Miss… ¿y si no entendí tanto? O sea… lo hice… pero siento que lo hice por suerte.

Ella ladeó la cabeza, sonriéndole.

—¿Y cómo sabes que fue suerte?

—Pues… porque solo seguí lo que usted dijo.

—Entonces no fue suerte. Fue poner atención. Si quieres, mañana hacemos un repaso.

Mateo bajó la mano, sonriendo pequeño. Me pareció tierno.

De pronto, desde un pupitre cercano, Abi volvió a inclinarse hacia mí.

—Te juro que la miss parece una heroína de película —susurró.




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