Error Perfecto: Rastro de Sangre

Capitulo 5

Lily.

En cuanto llegamos a casa, solté un largo suspiro y corrí a mi habitación. Dejé mi mochila sobre la silla, como siempre, y me dejé caer un segundo en la cama antes de levantarme otra vez. Tenía la cabeza llena de cosas que había visto y escuchado hoy.

Fui a la sala. Papá ya estaba sentado en el sillón, revisando su celular, y mamá caminaba directo hacia la cocina, seguramente para empezar la cena.

Papá levantó la vista cuando entré.

—A ver, cuéntame —dijo sonriendo—. ¿Cómo estuvo tu primer día?

Me senté en el sillón frente a él, todavía con algo de emoción atorada en la garganta.

—Excelente —respondí sin pensarlo demasiado—. No hablé con muchos todavía, pero sí con algunos… poquito. Están geniales, creo que me voy a llevar bien con varios.

—Eso es bueno —dijo mamá desde la cocina—, me alegra mucho que hayas empezado así.

Papá dejó su celular a un lado.

—¿Y tu maestro o maestra? ¿Qué tal?

—Tengo maestra —dije, acomodando mis piernas—. Es muy linda, de hecho. Se llama Alice. Tiene veinticinco años.

Papá arqueó una ceja.

—¿Y qué tal es?

—Buena —respondí sonriendo—. Nos trató súper bien. Nos preguntó cómo queríamos que nos llamaran, y todos estaban diciendo sus apodos. No gritó, no se enojó… nada. Muy tranquila.

—Ah, debe ser nueva —comentó mamá mientras abría el refrigerador—. No la había escuchado mencionar.

—Sí, es nueva —dije—. De hecho, somos su primer grupo de alumnos. Es sustituta porque el profesor que nos iba a dar clases este año no podrá venir, así que la miss Alice estará con nosotros todo el semestre.

Papá asintió.

—Tiene sentido. Cada tanto llegan maestros sustitutos.

—¿Y qué más hiciste hoy? —preguntó mamá desde la cocina, sacando ingredientes.

—Pues no mucho… —me encogí de hombros—. Pero sí interrogamos a la miss.

Papá se rió.

—¿Interrogaron? ¿Apenas el primer día?

—Sí, ya sé —dije riendo también—. Es que ya sabes cómo son algunos. Querían saber de dónde venía, y ella solo dijo que viajaba mucho. Luego dijo que quiere adoptar un gatito. Ah, y que no tiene novio.

Mamá sacó medio cuerpo de la cocina para mirarme.

—¿Y por qué le preguntaron eso?

—Yo no le pregunté —dije levantando las manos—. Fueron otros. Ya ves, los curiosos del salón.

Papá soltó una carcajada suave.

—No pierden el tiempo.

—Pero la historia de la miss… —dije bajando un poco mi voz, más seria— es un poquito triste.

Papá dejó de reír.

Mamá también dejó de moverse en la cocina.

—¿Triste cómo? —preguntó mamá.

—Pues… nos dijo que era huérfana —expliqué—. Que una mujer la adoptó, pero que después tuvo que irse para ser independiente. Y también se fue porque quería encontrar a una persona que quiso mucho cuando estaba en el orfanato.

Los dos se quedaron escuchando sin interrumpirme.

—Pero no encontró nada —continué—. Dijo que lo buscó y que se rindió. Que lo quería mucho. Y que si lo viera ahora… le daría un golpe por haberse ido tanto tiempo y por no buscarla.

Papá entrecerró los ojos, como procesando todo.

—Vaya… —murmuró—. Eso sí suena fuerte.

Mamá se recargó en la puerta de la cocina, con una expresión extraña. No triste, solo… reflexiva.

—Pobrecita —dijo—. No debió ser fácil.

Yo asentí.

—Y luego Abigail —dije de repente, acordándome—, bueno, Abi… dijo que la miss y yo nos parecíamos.

—¿Parecidas? —preguntó papá, confundido.

—Sí, dijo que si éramos familia o algo así —me reí—. Pero la miss dijo que no tenía familia. Y pues yo no la había visto nunca, ni sabía de ella, así que obviamente no.

Mamá soltó una risa suave.

—Ay, esos niños… siempre inventando cosas.

Papá se encogió de hombros.

—Pues si dices que es buena maestra, me alegro. Lo importante es que estés a gusto.

—Sí —contesté sonriendo—. Creo que me va a caer muy bien.

Mamá volvió a la cocina.

—Bueno, vayan poniendo la mesa en lo que termino esto.

—¡Voy! —dije saltando del sillón.

Mientras iba a buscar los platos, seguía pensando en la miss Alice.

Era… distinta.

Pero en un buen sentido.

Y me agradaba.

Mucho.

****

Alice.

Me senté en la cama con las piernas cruzadas, y toda la superficie estaba cubierta de libros abiertos, fotocopias, un cuaderno lleno de tachaduras y hasta un calendario escolar que había intentado organizar sin demasiada convicción.

Tenía la cabeza hecha un desastre.

Pasé una mano por la frente, empujando hacia atrás un mechón de cabello que siempre se soltaba cuando estaba concentrada.

Matemáticas de primer año.

Básicas.

Muy básicas.

Y aun así… había preparado algo completamente fuera de nivel.

Suspiré.

—Qué idiota… —murmuré, mirando el ejercicio que había anotado en una hoja, el mismo que los niños me dijeron que era de un grado superior. Y tenía razón. Por supuesto que tenía razón. Yo simplemente… no pensé en eso.

No pensé en niños normales.

No pensé en ritmos normales.

Me basé en lo que yo aprendí a su edad.

Y eso era un error.

Un error enorme.

Tomé el libro oficial del programa escolar. La portada estaba doblada porque lo había llevado conmigo casi todas las semanas desde que llegué a la ciudad, aunque no lo hubiera estudiado con seriedad hasta ahora. Busqué la sección del primer semestre.

Sumas, restas, multiplicación, fracciones básicas.

Interpretación de problemas sencillos.

Geometría introductoria.

Patrones.

Exactamente lo que improvisé hoy después del desastre inicial.

Lo peor es que tuve tres meses completos para prepararme. Tres meses viviendo en este departamento diminuto, con el colchón apoyado contra la pared antes de comprar la cama, con una mesa que todavía cojea, con dos tazas y un solo plato porque no necesito más.

Tres meses planeando cada movimiento.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.