Alina Quin
Cincuenta minutos antes de las seis de la tarde, mi habitación parecía el escenario de un desastre natural.
Tenía la cama cubierta de prendas.
El problema de haber dedicado casi toda mi vida al patinaje artistico era que mi armario se dividía en dos extremos: un noventa por ciento de ropa deportiva –mallas términcas, sudaderas de Lucky Snow y tops de entrenamiento– y un diez por ciento de vestidos de gala ridículamente elegantes que la agencia me obligaba a usar para premiaciones o cenas con patrocinadores.
No tenía termino medio y no tenía ropa para una “cita normal”.
Justo cuando estaba a punto de rendirme y ponerme un conjunto deportivo negro –al menos era sobrio– la pantalla de mi teléfono sobre mi mesa de noche comenzó a sonar con una videollamada entrante.
Era Noah.
–Dime que no vas a ir vestida como si fueras a hacer una prueba de pista a las siete de la tarde– fue lo primero que soltó mi prima en cuanto contesté, apoyando la barbilla en su mano desde la pantalla.
–Tengo una crisis– admití, pasándome una mano por el cabello desordenado– Todo lo que tengo es para entrenar o recibir medallas– paso una mano por mi rostro, frustrada– Le dije a Felix que quería algo normal y ahora no tengo qué ponerme.
Noah soltó una risa suave, la mirma risa calmada que siempre lograba bajarme de mis pensamientos cuando eramos niñas.
–Alina, respira y gira la cámara hacia tu clóset.
Hice lo que me pidió y durante tres minutos, Noah actuó como mi estilista personal a distancia, haciéndome sacar prendas del fondo de los cajones que, prácticamente, había olvidado que existían.
–A ver, esos jeans de mezclilla deslavada que te compastre al llegar a Quebec– ordenó Noah con seriedad– Combínalos con la blusa de lana abrigadora, la blanca de cuello alto.
–¿Blanca?– dije, sacándola del gancho– Noah, voy a parecer una bolita de algodón.
–Vas a lucir adorable, que es muy diferente– me corrigió con una sonrisa divertida– Te ves linda, cálida y te resalta el cabello oscuro, ponte tus tenis blancos a juego y no olvides la bufanda junto a los guantes rosas– asiente satisfecha con su elección– Es un look perfecto para salir con Felix, ahora apúrate porque solo te quedan veinte minutos.
Seguí sus instrucciones al pie de la letra, justo cuando terminaba de acomodar la bufanda en mi cuello, el timbre de la puerta sonó exactamente a las seis en punto y Noah terminó la videollamada con una sonrisa silenciosa.
Respiré profundo, tomé mi bolso y abrí.
Felix estaba parado en el pasillo.
Llevaba una chamarra oscura con el cierre hasta arriba y jeans oscuros a juego, se veía ridículamente bien, pero lo que hizo que mi corazón diera un vuelco automático fue lo que llevaba en las manos: dos vasos de cartón humeantes y una bolsa de papel.
–Buenas tardes, señorita Quin– saludó con esa sonrisa amplía de siempre y extendió uno de los vasos hacia mí– Un café americano con doble carga de espresso, leche de almendras y un toque generoso de canela.
Me quedé quieta un segundo, mirando la taza antes de tomarla; el vapor tibio traía ese aroma dulce que durante meses se había convertido en el símbolo silencioso de sus mañanas cuidándome.
–Recordaste la canela– murmuré, sintiendo un calor inexplicable en el pecho.
–Por favor, Alina– Felix se apoyó contra el marco de la puerta, mirándome de arriba abajo con una chispa de devoción en sus ojos avellanda– Conozco tu pedido de café de memoria. Sé cómo lo tomas cuando estás feliz, cómo lo pides cuando estás cansada y cuánta canela necesita cuando estás de un humor de los mil demonios– asiente– Soy un experto en la materia.
–Yo no me pongo de mal humor– mentí, dándole un sorbo al café.
Estaba perfecto, exactamente a la temperatura correcta.
–Claro que no, Alina– se rio él, guiñándome un ojo mientras señalaba mi atuendo– Por cierto, te ves increíble. Pareces una bonita nube de algodón rosa, si te pierdes en la calle voy a tener que abrazarte para que no te lleve el viento.
–Cállate, Lovelace– solté, aunque la sonrisa que intenté esconder detrás del vaso de café me delató por completo– Camina antes de que se me enfríe el café.
Terminé de cerrar la puerta de mi departamento mientras le daba otro sorbo al café.
Bajamos por el ascensor en un silencio cómodo, pero al salir al vestíbulo del edificio noté que Felix no dejaba de revisar la pantalla de su teléfono; tocaba la pantalla, fruncía el ceño, consultaba el reloj en su muñeca y luego volvía a mirar el teléfono con una concentración casi religiosa.
–Si estás esperando una llamada de la agencia, Felix, te juro que nos regresamos– le advertí, ajustándome la bufanda rosa mientras cruzábamos las puertas de cristal hacia la calle.
–¿Qué? No, no, nada de la agencia– respondió de golpe, guardando el teléfono en el bolsillo de su chamarra con una rapidez sospechosa– Todo bajo control, perfectamente cronometrado.
–¿Cronometrado?– elevé una ceja– Felix… ¿Qué estás haciendo exactamente?