Carla solía tener unos bonitos ojos marrones. Eran de un color miel que a él le encantaba. Su pelo era castaño y liso. Siempre fue una chica ejemplar desde pequeña: la mejor de la clase, la mejor en la música, en el deporte, en mates... Solían tener una amistad cercana, aunque sus padres no la apoyaban porque ella venía de una familia que les debía mucho en deudas. Todo cambió cuando no tuvo más remedio que mudarse al norte del país para asistir a uno de los institutos más prestigiosos y Carla quedó en el olvido. No volví a verla y poco a poco aprendió a dejarla a un lado. Normalmente dicen que "ojos que no ven, corazón que no siente". Lo cierto es que Carla si olvidó esa amistad de la infancia, pero Leo no. El guardó ese efímero recuerdo.
Era 3 de diciembre y sus padres anunciaron esa noche una cena importante. Quién fuese que viniese, debía estar bien, impecable. Así había sido educado.
-Hoy todo cambiará para ti. Debes estar bien arreglado Leo- le dijo su madre en la mañana.
Clara se delineaba esos impecables labios rojos gruesos que toda mujer deseaba. Clara era la típica mujer alta, esbelta y con una impecable melena rubia. La mujer en la que alguna vez todos tuvieron un amor platónico, o la mayoría.
-Sí, madre.-contestó Leo con cierto desánimo en su voz.
Era joven, tenía el privilegio de formar parte de la familia Ricci, ir a una de las mejores universidades de Estados Unidos apuntó de graduarse y vivir la maravillosa vida de un chico de familia adinerada. No le faltaba nada. Sólo debía cumplir espectativas de sus padres. Nada más.
Esperó toda la mañana, tarde y parte de la noche curioso por la cena. Volvía de la universidad y rápidamente fue a cambiarse. Pasó el tiempo y había llegado el momento:
-Leo, baja ya- le llamó su madre.
-Voy. Un momento.- apresurado sacaba todas las camisas que tuviese. Eran tantas que ni siquiera sabía cuál debía ponerse para la ocasión.-Martina, ¿esta qué tal?- le pregunto a la anciana criada.
-¿No ves que eso no pega?¿Cómo te vas a poner una camisa morada chillona con esos pantalones azul marino?
Martina apartó a Leo y sacó una americana del mismo tono que los pantalones y una camisa suave de un gris intenso y elegante. Leo se vistió rápido. Martina tuvo que arreglarle la ropa. Ese chico tenía recientemente 21 y aún no sabía ponerse bien la ropa.
En la mesa habían dos ancianos. Iban demasiado pomposos, más que los propios Ricci. Al lado de la mujer, había una chica joven. Pelo castaño ondulado peinado a un lado, pómulos marcados, pestañas largas, figura femenina bien definida y esos ojos color miel. Carla.
-Leo, ella es tu prometida.
-¿Qué?
-Siéntate-le dice si padre.
Los padres de Carla. Delgados y débiles. Se veían agotados bajos sus ropas elegantes. Leo se sentó y sabía cómo debía actuar. Comer callado y hablar únicamente si se le preguntaba algo. Así era siempre.
-Con la boda nuestras deudas se irán,¿verdad?- preguntó el anciano.
-Sí.- respondió el padre de Leo.
-Por supuesto no os obligamos. - contribuyó la madre de Leo- Entiendo que igual esto es demasiado para vuestra hija.
-No.- interrumpió el padre de Carla- Ella misma se ha ofrecido.¿Verdad, querida?
Leo observó la cara de la mujer ensombrecerse. Una mirada de rechazo hacia su esposo y de asco hacia ella misma por permitir esto.
Leo y Carla miraban la comida. No podían creer lo que estaba ocurriendo, mucho menos Leo. Él siempre pensó que a sus 21 años sería el quien tuviese el control de su vida, no otros.
Ambas familias parecían conocerse de toda la vida. Leo solo quedó callado durante toda la cena y solo llegó a cambiar un par de palabras con Carla. A las 12 de la noche la cena acabó.
Clara y su esposo hablaban de los negocios con esa familia. Casar a sus hijos y la empresa pasaría a ser de los Ricci también.
-No entiendo cómo se puede ser tan miserable - le gritó a su padre.-¡Me vas a usar de monedas de cambio.ñ!
-Esa boca, Leo.-le advierte su padre Mario.
-¡Me vais a casar con ella porque su familia tiene deudas! ¿De verdad habéis comprado a una mujer para que se case con vuestro hijo por dinero?
Leo recibió una bofetada de su padre. La marca de su mano quedó en su mejilla.
-Ni se te ocurra volver a llevarme la contraria y a levantarme la voz así . No se te olvide que toda tu reputación depende de mi. Recuerda que ni siquiera eres mi hijo.
-¡ Mario, ya basta!- exclamó la madre entre lágrimas
Su "padre", que ni siquiera lo era, tenía razón. Leo no era oficialmente su hijo, sino un bastardo fuera de la familia. Por si fuera poco, de él dependía la reputación que tenía. Cuando se es de la aristocracia, las malas lenguas pueden acabar con tu vida. Así eran las cosas. A Leo no le quedaba otra que obedecer sumiso...
-Te guste o no vives bajo mi techo. Cuando tengas tu propio dinero y casa harás lo que te dé la real gana.
¿Morderse la lengua o morder? Mario empezaba a hablar mal a su propia esposa y llamó a Martina. Le gritaba a ella también. La criada se ponía nerviosa cuando los señores de la casa gritaban. Alguna vez la humillaron y Leo no soportaba eso nunca.
Lo mejor era morderse la lengua...callarse como siempre.
#5208 en Novela romántica
#331 en Joven Adulto
comedia, comedia romantica, drama amor suspenso misterio locura
Editado: 03.04.2026