El aeropuerto internacional estaba lleno de pasajeros que corrían de una puerta de embarque a otra. Las pantallas cambiaban constantemente los horarios de salida y llegada, mientras las voces por los altavoces anunciaban vuelos en distintos idiomas.
Elena Duarte ajustó la correa de su mochila y suspiró al leer una vez más su itinerario.
—Ocho horas de escala en París… —murmuró para sí—. Nunca imaginé que mi primer viaje sola sería tan largo.
Había planeado escuchar música, leer una novela y esperar pacientemente su siguiente vuelo, pero al mirar por los enormes ventanales y ver la ciudad a lo lejos, sintió una pequeña decepción.
—París tan cerca… y yo aquí dentro.
Buscó un asiento libre cerca de su puerta de embarque. Sacó su libreta de notas y comenzó a escribir algunas ideas para una historia.
"¿Y si dos desconocidos se encontraran en una escala y vivieran la mejor aventura de sus vidas?"
Sonrió para sí misma.
—Suena bonito… aunque solo pase en los libros.
En ese instante, alguien chocó ligeramente con su mochila.
—¡Lo siento! No vi que estaba ahí.
Elena levantó la vista. Frente a ella estaba un joven de cabello oscuro, con una cámara fotográfica colgada al cuello y una expresión avergonzada.
—No pasa nada —respondió ella con una sonrisa.
El chico recogió una libreta que había caído al suelo.
—¿Es tuya?
—Sí. Gracias.
Él alcanzó a leer el título de la página antes de devolvérsela.
—"Una aventura en París"... Suena interesante.
Elena se sonrojó y cerró la libreta rápidamente.
—Solo escribo por diversión.
—Entonces tienes mucha imaginación.
Él extendió la mano.
—Soy Matías Ríos.
—Elena Duarte. Mucho gusto.
Durante unos segundos ninguno dijo nada. Luego Matías señaló la pantalla de salidas.
—¿También estás esperando un vuelo dentro de varias horas?
—Sí. Ocho horas exactamente.
Matías soltó una pequeña risa.
—¡Qué coincidencia! Yo también.
Ambos se quedaron sorprendidos.
—Parece que el destino decidió hacernos esperar juntos —comentó él.
Elena soltó una risa tímida.
—Tal vez.
Después de unos minutos de conversación descubrieron que ambos viajaban por motivos distintos, pero compartían la misma curiosidad por conocer lugares nuevos.
Matías observó nuevamente el enorme ventanal.
—¿Nunca has estado en París?
—No.
—Yo tampoco.
Volvió a mirarla con una sonrisa llena de entusiasmo.
—Entonces… ¿qué te parece si aprovechamos la escala?
Elena abrió mucho los ojos.
—¿Salir del aeropuerto?
—Claro. Tenemos tiempo suficiente si organizamos bien el regreso.
Ella dudó.
Era una idea completamente improvisada.
Sus padres siempre le habían dicho que fuera prudente al viajar.
Sin embargo, algo en aquella propuesta despertó su lado aventurero.
Miró nuevamente la ciudad iluminada por el sol de la tarde.
París parecía llamarla.
—¿Y si perdemos el vuelo?
Matías levantó su reloj.
—Prometo estar pendiente de la hora cada minuto.
Elena sonrió.
—Eso no responde mi pregunta.
—Entonces prometo que no perderemos el vuelo.
Ella soltó una carcajada.
—Está bien… acepto.
Los dos caminaron hacia el área de salida del aeropuerto mientras revisaban el mapa de la ciudad en el teléfono de Matías.
No tenían un plan.
No sabían qué visitar primero.
Ni siquiera imaginaban que esas ocho horas cambiarían por completo el rumbo de sus vidas.
Con una mezcla de emoción y nervios, cruzaron las puertas automáticas del aeropuerto.
Frente a ellos los esperaba París.
Y, sin saberlo, también el comienzo de una historia que ninguno de los dos olvidaría jamás.