Escala de 8 hrs en paris contigo

Capítulo 3: El reloj corre más rápido de lo que imaginaban

El sonido del violín de Leo se mezclaba con las conversaciones de la gente que caminaba junto al río. El cielo comenzaba a teñirse de tonos anaranjados mientras el sol descendía lentamente sobre París.

Elena permanecía apoyada en el puente, contemplando el paisaje.

—Nunca pensé que una ciudad pudiera sentirse así —dijo en voz baja.

Matías dejó de tomar fotografías por un momento.

—¿Así cómo?

—Como si el tiempo fuera más lento.

Él sonrió.

—Qué ironía... porque para nosotros está pasando demasiado rápido.

Camille miró su reloj y aplaudió para llamar su atención.

—¡Todavía hay muchos lugares por ver! Vamos.

Los cuatro continuaron caminando entre calles adoquinadas llenas de artistas, músicos y pequeñas tiendas. Leo decidió acompañarlos, llevando su violín sobre el hombro.

Durante el recorrido, Matías fotografiaba todo: las fachadas antiguas, las flores en los balcones, las luces de los cafés y, sin que Elena lo notara, también a ella mientras sonreía.

—¿Me acabas de tomar una foto? —preguntó Elena al escuchar el sonido de la cámara.

Matías escondió la cámara detrás de la espalda.

—No tengo pruebas... ni tampoco dudas.

—¡Matías!

Los cuatro comenzaron a reír.

Camille los observó de reojo y sonrió con complicidad.

—Se llevan muy bien para haberse conocido hace apenas unas horas.

Elena y Matías intercambiaron una mirada antes de desviar la vista al mismo tiempo.

—Somos... compañeros de escala —respondió él.

—Sí... solo eso —añadió Elena.

Camille levantó una ceja, divertida, pero decidió no decir nada.

En ese momento, una gota cayó sobre la libreta que Elena llevaba entre las manos.

Luego otra.

Y otra más.

—¿Está lloviendo? —preguntó Leo.

En cuestión de segundos, una lluvia ligera cubrió las calles de París.

Las personas comenzaron a abrir paraguas y a buscar refugio.

—¡Rápido! —exclamó Camille—. Conozco un lugar.

Corrieron entre risas hasta una pequeña cafetería de fachada azul. El aroma a café recién hecho y pan dulce los recibió apenas cruzaron la puerta.

Se acomodaron junto a la ventana mientras observaban la lluvia caer sobre las calles parisinas.

—Creo que esta lluvia hace que todo se vea aún más bonito —comentó Elena.

—O más romántico —dijo Camille con una sonrisa traviesa.

Elena casi se atragantó con el chocolate caliente.

—¡Camille!

Matías no pudo evitar reír.

—Creo que tiene un poco de razón.

Elena sintió cómo sus mejillas se calentaban.

Para cambiar de tema, tomó su teléfono y revisó la hora.

Su expresión cambió por completo.

—Matías...

Él levantó la vista.

—¿Qué pasa?

—Mira la hora.

Matías revisó su reloj y abrió los ojos con sorpresa.

—No puede ser...

Camille se inclinó hacia ellos.

—¿Qué ocurre?

—Nos quedan poco más de tres horas antes de que salga nuestro vuelo.

El silencio llenó la mesa.

De pronto, aquellas ocho horas que parecían interminables se habían convertido en apenas unos pocos momentos más.

Elena miró por la ventana.

La lluvia comenzaba a detenerse.

Sintió un nudo en el estómago.

No quería que aquel día terminara.

Matías guardó lentamente su cámara y la observó con una sonrisa tranquila.

—Entonces hagamos que las próximas tres horas sean las mejores de todas.

Elena le devolvió la sonrisa.

—De acuerdo.

Ninguno de los dos sabía cómo terminaría aquella aventura.

Pero ambos tenían claro que aprovecharían hasta el último minuto que les regalara París.




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