Elena había vuelto a su rutina, pero había algo que había cambiado.
Sobre su escritorio descansaban la fotografía que Matías le había regalado y la postal de Camille.
Cada noche, antes de dormir, las observaba y sonreía al recordar aquella aventura.
Abrió su libreta y escribió:
"Hay personas que llegan a tu vida sin avisar y, en unas pocas horas, dejan recuerdos que duran para siempre."
Cerró la libreta con cuidado.
En ese momento, su teléfono vibró.
Era una notificación de una aplicación de mensajes.
Elena frunció el ceño.
No reconocía el número.
Abrió el chat.
El mensaje decía:
"Hola, Elena. Espero que no hayas olvidado a un fotógrafo que prometió no perder el contacto."
Los ojos de Elena se abrieron de par en par.
—¿Matías?
Respondió casi de inmediato.
"¡Claro que no te olvidé! ¿Cómo conseguiste mi número?"
Unos segundos después llegó la respuesta.
"Camille dijo que una buena historia no podía terminar con una despedida en un aeropuerto."
Elena soltó una risa.
"Definitivamente ella planeó todo esto."
"Sí. Y creo que Leo también fue su cómplice."
Los mensajes comenzaron a ir y venir durante horas.
Hablaron de sus viajes, de sus familias, de sus sueños y de todas las fotografías que Matías había tomado aquel día.
Él incluso le envió una carpeta con las mejores imágenes de su aventura en París.
Había fotos de las calles, del río Sena, de la cafetería, de Camille y Leo... y muchas de Elena sonriendo sin darse cuenta.
—No puedo creer que tomara tantas fotos... —dijo entre risas.
Entonces apareció un último mensaje.
"Hay una fotografía que nunca te envié."
Un archivo comenzó a descargarse.
Era un selfie de ambos frente a la Torre Eiffel iluminada.
Los dos reían sin mirar directamente a la cámara.
En la esquina de la imagen podía verse a Camille levantando el pulgar y a Leo haciendo una mueca divertida.
Elena sonrió con ternura.
"Es mi favorita."
Matías respondió enseguida.
"También es la mía."
Después de unos segundos de silencio, llegó otro mensaje.
"Elena... ¿te gustaría volver a vernos algún día?"
Ella sintió que su corazón latía con fuerza.
Miró la fotografía una vez más.
Sonrió.
Y escribió sin dudar:
"Sí. Me encantaría."
Al enviar el mensaje, no sabía cuándo ocurriría ese reencuentro.
Pero, por primera vez desde que regresó de París, sintió que aquella historia apenas estaba comenzando.