Desde aquella noche, Elena y Matías hablaban todos los días. Compartían fotografías, recomendaciones de libros, canciones y anécdotas de su vida cotidiana.
Aunque estaban en países diferentes, sentían que la distancia se hacía un poco más pequeña con cada conversación.
Una tarde, mientras Elena terminaba de escribir un nuevo capítulo de su novela, su teléfono sonó.
Era una videollamada de Matías.
—¡Hola! —saludó Elena con una sonrisa.
—Hola, escritora.
—¿Y cómo va el fotógrafo?
—Muy bien... aunque extraño una ciudad.
Elena sonrió.
—¿París?
Matías negó con la cabeza.
—No exactamente.
Ella lo miró con curiosidad.
—Entonces, ¿qué extrañas?
—A la persona con la que conocí París.
Elena sintió que sus mejillas se sonrojaban.
—Eres muy bueno diciendo esas cosas.
—Solo digo la verdad.
Los dos rieron.
Después de un momento de silencio, Matías tomó aire.
—He estado pensando en algo.
—¿Qué pasa?
—¿Recuerdas que prometimos volver a vernos?
—Claro que sí.
—Creo que ya es hora de empezar a cumplir esa promesa.
Elena sonrió con emoción.
—¿Tienes alguna idea?
Matías levantó un cuaderno donde había escrito varias opciones.
—Podemos volver a París... o conocer una ciudad completamente nueva.
Elena observó la lista.
Había destinos de distintos países, pero uno llamó especialmente su atención.
—¿Y si volvemos a París?
Matías sonrió.
—Sabía que elegirías esa.
—Nuestra historia empezó ahí. Sería bonito regresar.
—Entonces queda decidido.
Ambos comenzaron a imaginar cómo sería ese reencuentro: caminar otra vez junto al río Sena, visitar la cafetería donde se refugiaron de la lluvia y volver a ver a Camille y Leo.
Antes de terminar la llamada, Matías dijo:
—Esta vez no tendremos solo ocho horas.
—No.
Elena sonrió con ilusión.
—Esta vez tendremos todo el tiempo que necesitemos.
Los dos permanecieron unos segundos en silencio, sonriendo.
Sabían que todavía faltaba para ese viaje.
Pero también sabían que había algo que ninguna distancia podía cambiar.
La amistad que nació por casualidad durante una escala se había convertido en un sentimiento mucho más profundo.
Y ambos estaban listos para descubrir hasta dónde los llevaría.
Esa noche, Elena abrió su libreta y escribió una nueva frase:
"A veces, el mejor viaje no es el que termina en un destino, sino el que comienza cuando conoces a la persona correcta."
Cerró la libreta con una sonrisa.
El próximo viaje ya tenía una fecha.
Y el reencuentro estaba cada vez más cerca.