Después de semanas organizando el viaje, Elena finalmente volvió a subir a un avión con destino a París.
Esta vez no era una escala.
Era un viaje que había esperado con ilusión desde el día en que se despidió de Matías.
Cuando el avión aterrizó, tomó aire profundamente.
—Volví... —susurró con una sonrisa.
Recogió su maleta y caminó hasta la sala de llegadas.
Su corazón latía con fuerza.
Miró a su alrededor buscando un rostro conocido.
De pronto, escuchó una voz.
—¿Escritora?
Elena giró de inmediato.
Allí estaba Matías, con su cámara colgada al cuello y una gran sonrisa.
Durante unos segundos, ninguno de los dos dijo una palabra.
Solo se miraron.
Hasta que, casi al mismo tiempo, comenzaron a caminar el uno hacia el otro.
Elena dejó su maleta a un lado.
—¡Matías!
Él abrió los brazos.
Ella lo abrazó con fuerza.
Esta vez no era un abrazo de despedida.
Era el abrazo de un esperado reencuentro.
—Pensé que este momento tardaría una eternidad en llegar —dijo Elena.
—Yo conté los días.
Se separaron lentamente, sin dejar de sonreír.
—Sigues llevando la misma cámara.
—Y tú sigues llevando esa libreta.
Elena la levantó.
—Ya casi la termino.
—Espero aparecer en algún capítulo.
Ella sonrió.
—Ya eres el protagonista.
Matías sintió que sus mejillas se sonrojaban.
—Entonces tendré que estar a la altura.
Los dos rieron.
Al salir del aeropuerto, una voz conocida los sorprendió.
—¡Por fin llegaron!
Camille corrió hacia ellos y abrazó primero a Elena y luego a Matías.
Detrás de ella apareció Leo con su inseparable violín.
—Pensé que tendríamos que esperar otro año.
—Nunca nos habríamos perdido este reencuentro —respondió Matías.
Los cuatro caminaron juntos por las calles de París, recordando todo lo que había ocurrido durante aquellas ocho horas que habían cambiado sus vidas.
Pasaron por la cafetería donde se refugiaron de la lluvia.
El dueño incluso los reconoció y les regaló unos macarons como bienvenida.
Más tarde llegaron al puente donde Leo había tocado el violín por primera vez.
Sin decir una palabra, él comenzó a interpretar la misma melodía de aquel día.
Elena cerró los ojos.
Todo parecía un hermoso recuerdo que volvía a hacerse realidad.
Al terminar la canción, Matías se acercó a ella.
—¿Recuerdas la promesa que hicimos junto al Sena?
—Nunca olvidar aquella escala.
Él asintió.
—Hoy quiero hacer otra.
Elena lo miró con atención.
—Prometo que, sin importar a dónde nos lleven nuestros viajes, siempre encontraré la forma de volver a tu lado.
Los ojos de Elena brillaron de emoción.
Con una sonrisa sincera respondió:
—Y yo prometo que siempre habrá un lugar para ti en todas las historias que escriba.
Las luces de París comenzaron a encenderse una vez más.
Pero esta vez, ninguno de los dos tenía prisa.
No había vuelos que alcanzar.
No había relojes marcando el final de la aventura.
Solo una ciudad llena de recuerdos...
Y un nuevo comienzo para los dos.