Después de despedirse de Camille y Leo, Elena y Matías decidieron seguir caminando solos por las calles iluminadas. No tenían un destino fijo; simplemente disfrutaban del momento.
—¿Te das cuenta? —preguntó Elena.
—¿De qué?
—La primera vez que estuvimos aquí, cada minuto era una cuenta regresiva. Ahora siento que el tiempo va despacio.
Matías sonrió.
—Porque esta vez no tenemos una despedida esperándonos.
Caminaron hasta llegar al mismo lugar donde meses atrás habían contemplado la Torre Eiffel iluminada por primera vez.
Las luces comenzaron a encenderse de nuevo, haciendo que el monumento brillara como un cielo lleno de estrellas.
Elena levantó la vista.
—Sigue siendo igual de hermosa.
—Sí... pero ahora este lugar significa mucho más para mí.
Ella lo miró con curiosidad.
—¿Por qué?
Matías respiró hondo.
—Porque aquí conocí a la persona que cambió mi forma de ver el mundo.
Elena sintió que su corazón se aceleraba.
Durante unos segundos, ninguno de los dos habló.
Solo se escuchaba el murmullo de la ciudad y las risas lejanas de otros visitantes.
—¿Recuerdas la frase que escribiste en tu libreta? —preguntó Matías.
—¿Cuál de todas?
—La que decía que algunas personas llegan a tu vida en unas cuantas horas y dejan recuerdos para siempre.
Elena sonrió.
—Sí.
—Creo que esa persona eres tú.
Los ojos de Elena se llenaron de emoción.
—Y tú eres la mía.
Matías dio un pequeño paso hacia ella.
—Elena...
—¿Sí?
—Llevo mucho tiempo queriendo hacer algo.
Ella sintió que el tiempo parecía detenerse.
Él levantó una mano con cuidado y tomó la de Elena.
—¿Puedo?
Ella respondió con una sonrisa y un leve movimiento de cabeza.
Matías se acercó lentamente.
Elena hizo lo mismo.
Bajo las luces de la Torre Eiffel, compartieron un beso tierno y sincero, el primero de una historia que había comenzado con una simple escala de ocho horas.
Cuando se separaron, ambos sonrieron sin poder ocultar la felicidad.
—Creo que este es mi recuerdo favorito de París —dijo Matías.
Elena soltó una pequeña risa.
—El mío también.
En ese instante, escucharon un sonido familiar.
—¡Sabía que este momento llegaría!
Camille apareció a unos metros de distancia, aplaudiendo con una enorme sonrisa, mientras Leo reía divertido.
—¡Camille! —exclamó Elena entre risas—. ¿Nos estabas siguiendo?
—Solo un poquito.
Leo levantó su cámara.
—Y creo que acabo de tomar la mejor fotografía de toda la historia.
Los cuatro comenzaron a reír.
Aquella noche comprendieron que algunas historias de amor no necesitan comenzar con grandes planes.
A veces, basta con una escala inesperada, una ciudad mágica y el valor de decir "sí" a una aventura.
Mientras las luces de París brillaban sobre ellos, Elena cerró su libreta y escribió una última frase:
"El mejor viaje de mi vida no fue a una ciudad. Fue hacia el corazón de la persona que conocí en ella."