El vuelo de Elena despegó al anochecer.
Sentada junto a la ventanilla, observó cómo las luces de París se hacían cada vez más pequeñas.
Apretó contra su pecho el álbum de fotografías que Matías le había regalado.
Antes de despegar, él le había enviado un último mensaje.
Matías: "Avísame cuando aterrices. Buen viaje, escritora."
Elena sonrió y respondió.
Elena: "Lo haré. Gracias por regalarme los días más bonitos de mi vida."
Guardó el teléfono y cerró los ojos.
Aunque sentía tristeza por marcharse, también estaba tranquila. Ya no era una despedida definitiva. Ahora ambos sabían que volverían a encontrarse.
Al día siguiente, Elena llegó a casa.
Sus padres la recibieron con un fuerte abrazo.
—¡Bienvenida! —dijo su madre.
—¿Cómo estuvo el viaje? —preguntó su padre mientras la ayudaba con la maleta.
Elena sonrió.
—Fue mucho mejor de lo que imaginaba.
Subió a su habitación y colocó sobre el escritorio el álbum, la fotografía frente a la Torre Eiffel, la postal de Camille y la libreta azul.
Cada uno de esos objetos le recordaba una parte de su historia.
Su teléfono vibró.
Matías: "¿Ya llegaste?"
Elena: "Sí. Hace unos minutos."
La respuesta llegó enseguida.
Matías: "Me alegra saberlo. París ya se siente un poco más silenciosa."
Ella soltó una pequeña risa.
Elena: "Y mi habitación un poco más vacía."
Desde ese día, hablaron todas las noches por videollamada.
A veces Matías le enseñaba las fotografías que tomaba durante sus recorridos por la ciudad.
Otras veces Elena le leía los capítulos que iba escribiendo para su novela.
Él siempre escuchaba con atención.
—Este capítulo quedó increíble —comentó una noche.
—¿De verdad?
—Sí. Pero creo que falta algo.
Elena arqueó una ceja.
—¿Qué?
—Un fotógrafo muy simpático.
Ella comenzó a reír.
—¡Qué casualidad! Justo estaba pensando en agregar uno.
Los dos compartieron una carcajada.
Un sábado por la tarde, Matías recibió una llamada de Camille.
—¿Cómo va la relación a distancia? —preguntó ella con una sonrisa.
—La extraño mucho.
—Eso es buena señal.
Leo apareció detrás de Camille con una taza de café en la mano.
—¿Ya tienen fecha para volver a verse?
Matías negó con la cabeza.
—Todavía no.
Camille cruzó los brazos.
—Entonces dejen de esperar a que el destino haga todo el trabajo.
—¿Qué quieres decir?
—Que si quieren verse, empiecen a planearlo desde ahora.
Matías sonrió.
—Creo que tienes razón.
Esa misma noche, durante la videollamada, Matías le hizo una propuesta a Elena.
—¿Recuerdas la promesa del puente?
—Claro.
—Estuve pensando... ¿y si el próximo viaje no es dentro de un año?
Elena abrió los ojos con sorpresa.
—¿Hablas en serio?
—Sí. Podemos empezar a ahorrar desde ahora y elegir un nuevo destino para nuestras próximas vacaciones.
Ella sonrió con ilusión.
—Me encanta la idea.
—¿Alguna ciudad en mente?
Elena tomó un mapa que tenía sobre su escritorio y comenzó a recorrerlo con el dedo.
—¿Y si esta vez descubrimos un lugar completamente nuevo... juntos?
Matías asintió.
—Me parece el plan perfecto.
Los dos sonrieron.
La distancia seguía existiendo.
Había kilómetros entre ellos.
Pero también había llamadas, mensajes, fotografías, historias y promesas.
Y, sobre todo, había un mismo sueño.
El de seguir viajando por el mundo, sin importar cuál fuera el próximo destino, mientras lo hicieran uno al lado del otro.