El sol iluminaba las calles de Roma cuando Elena y Matías salieron del aeropuerto.
Después de meses imaginando aquel momento, finalmente estaban ahí.
Juntos.
Sin despedidas apresuradas.
Sin un reloj contando las horas.
—No puedo creer que estemos en Roma —dijo Elena mientras miraba los edificios antiguos a su alrededor.
Matías levantó su cámara.
—Creo que este viaje ya tiene su primera fotografía.
—¿Otra foto mía sorprendida?
—Exactamente.
Elena negó con una sonrisa.
—Nunca cambiarás.
—Y tú nunca dejarás de ser mi mejor inspiración.
Caminaron por las calles de la ciudad, descubriendo pequeños rincones llenos de historia. Cada esquina parecía esconder una nueva sorpresa: plazas con fuentes antiguas, cafeterías tranquilas y artistas que llenaban las calles con música.
Su primera parada fue el Coliseo.
Cuando Elena lo vio frente a ella, se quedó en silencio.
—Es impresionante...
Matías observó la expresión de su rostro antes de tomar una fotografía.
—¿Sabes algo?
—¿Qué?
—Me gusta más fotografiar tus reacciones que los lugares.
Elena sonrió.
—Entonces espero sorprenderte mucho durante este viaje.
—Estoy seguro de que lo harás.
Por la tarde llegaron hasta una pequeña plaza donde encontraron una librería antigua.
Elena entró de inmediato.
—Sabía que encontrarías una librería.
—¿Cómo lo sabías?
—Porque cada ciudad que visitamos termina llevándote a una.
Ella revisó varios libros hasta encontrar uno de cuentos italianos.
—Me encanta.
Matías tomó el libro y lo compró antes de que ella pudiera protestar.
—Otra vez no.
—Otra vez sí.
—Matías...
—Es para que tengas algo que te recuerde Roma.
Elena sonrió.
—Creo que terminaré con una colección de recuerdos de todos nuestros viajes.
—Esa es la idea.
Al caer la tarde, llegaron a la Fontana di Trevi.
El lugar estaba lleno de visitantes, pero para ellos parecía que solo existían las luces, el sonido del agua y aquel momento.
Elena sostuvo una moneda entre sus dedos.
—¿Crees en las tradiciones?
—Depende.
—¿De qué?
—De si tienen un buen motivo.
Ella sonrió.
—Entonces pide un deseo.
Ambos lanzaron sus monedas a la fuente.
—¿Qué pediste? —preguntó Matías.
—No se puede decir.
—Entonces nunca lo sabré.
Elena lo miró divertida.
—Tal vez algún día.
Matías sonrió.
—Yo pedí algo sencillo.
—¿Qué?
—Que podamos seguir creando recuerdos como este.
Elena se quedó mirándolo.
—Ese también era mi deseo.
Esa noche caminaron por Roma iluminada, hablando de sus sueños y de todo lo que todavía querían conocer.
Pero mientras disfrutaban del momento, ninguno imaginaba que el viaje tendría una sorpresa inesperada.
Al día siguiente recibirían una invitación que los llevaría a descubrir un lugar secreto de Roma...
Un lugar que cambiaría la forma en que veían sus propios sueños.
Continuará...