La mañana llegó tranquila a Roma.
Elena despertó temprano y abrió las cortinas de la habitación del hotel. Desde la ventana podía ver las calles comenzando a llenarse de personas, cafeterías abriendo sus puertas y la ciudad preparándose para un nuevo día.
Sonrió al recordar todo lo que habían vivido hasta ahora.
París había sido el comienzo.
Roma estaba siendo una nueva aventura.
Mientras desayunaban en una pequeña cafetería, Matías recibió un mensaje.
—¿Todo bien? —preguntó Elena al notar su expresión.
—Sí. Es de una persona que conocí ayer.
—¿Alguien de Roma?
Matías asintió.
—Un fotógrafo llamado Marco. Me dijo que conoce un lugar que pocos turistas visitan y que podríamos fotografiarlo.
Los ojos de Elena brillaron.
—¿Un lugar secreto?
—Eso dijo.
—Entonces tenemos que ir.
Matías sonrió.
—Sabía que dirías eso.
Después de caminar por varias calles antiguas, llegaron a una pequeña entrada cubierta de plantas.
Parecía un lugar escondido entre los edificios.
Al cruzar la puerta, Elena quedó sorprendida.
Era un jardín tranquilo, lleno de flores, árboles y pequeños caminos de piedra.
No parecía estar en medio de una ciudad tan grande.
—Es hermoso... —susurró.
Matías sacó su cámara, pero esta vez no tomó una fotografía inmediatamente.
Primero observó el lugar.
—Creo que este será uno de mis lugares favoritos.
Elena caminó entre las flores mientras escribía algunas notas en su libreta.
—¿Qué escribes ahora?
—Una idea para una historia.
—¿Otra historia sobre viajes?
Ella sonrió.
—Tal vez.
—¿Y apareceré yo?
—Probablemente.
Matías rió.
—Entonces tendré que seguir dando buenos momentos para inspirarte.
Mientras recorrían el jardín, encontraron una pequeña mesa con libros antiguos y fotografías de viajeros que habían pasado por aquel lugar.
Un señor mayor que cuidaba el jardín se acercó a ellos.
—Este lugar guarda muchos recuerdos.
Elena observó las fotografías.
—¿De todas las personas que han venido?
—Sí. Cada persona deja algo aquí: una historia, una fotografía o una frase.
Matías miró a Elena.
—Creo que nosotros también deberíamos dejar algo.
Ella pensó unos segundos.
Sacó una hoja de su libreta y escribió:
"No todos los viajes se recuerdan por los lugares que visitas, sino por las personas que hacen que esos lugares sean especiales."
Matías añadió debajo:
"Gracias por ser mi mejor aventura."
Juntos dejaron la nota en el pequeño rincón de recuerdos del jardín.
Al salir, caminaron en silencio por unos minutos.
No era un silencio incómodo.
Era uno lleno de felicidad.
—¿Sabes qué pensé? —dijo Elena.
—¿Qué?
—Cuando te conocí en París, pensé que esas ocho horas serían una historia imposible.
Matías la miró.
—Y ahora estamos en Roma.
Ella sonrió.
—Exacto.
Matías tomó su mano.
—Creo que algunas historias empiezan por accidente... pero continúan porque dos personas quieren que sigan.
Elena miró las calles de Roma.
Sabía que todavía tenían muchos lugares por conocer.
Muchas fotografías por tomar.
Y muchas páginas por escribir.
Pero también sabía algo importante:
La mejor parte del viaje siempre sería compartirlo con él.
Continuará...