El último atardecer de su viaje por Roma pintó el cielo de tonos dorados y anaranjados.
Después de recorrer museos, plazas y pequeñas calles llenas de historia, Elena y Matías decidieron alejarse un poco del centro para disfrutar de una noche tranquila.
Encontraron una colina desde donde podían contemplar la ciudad iluminada.
Las luces comenzaban a encenderse una por una, mientras una brisa suave movía las hojas de los árboles.
—Qué vista tan bonita... —dijo Elena.
—Creo que cada ciudad tiene un lugar desde donde parece diferente.
Se sentaron sobre una manta que Matías había llevado en su mochila y compartieron una pequeña cena con pan, fruta y unos pastelitos que habían comprado esa tarde.
—Este ha sido un viaje increíble —comentó Elena.
—Y pensar que todo comenzó porque aceptaste salir del aeropuerto durante una escala.
Ella soltó una risa.
—Si ese día hubiera dicho que no, probablemente nunca nos habríamos vuelto a ver.
—Por suerte dijiste que sí.
Durante unos minutos contemplaron el cielo, que poco a poco se llenó de estrellas.
Elena abrió su libreta azul.
—Quiero hacerte una pregunta.
—Adelante.
—¿Dónde te imaginas dentro de diez años?
Matías pensó unos segundos antes de responder.
—Me gustaría seguir viajando por el mundo como fotógrafo. Publicar un libro con mis mejores imágenes y tener una pequeña galería donde las personas pudieran conocer las historias detrás de cada fotografía.
Luego la miró con una sonrisa.
—¿Y tú?
Elena acarició la portada de su libreta.
—Sueño con publicar novelas. Quiero que alguien lea una de mis historias y sienta lo mismo que yo cuando escribo.
Matías asintió con admiración.
—Estoy seguro de que ese día llegará.
—¿De verdad lo crees?
—Sin ninguna duda.
Ella sonrió.
—Gracias por creer en mí.
—Siempre lo haré.
Elena cerró la libreta y levantó la vista hacia el cielo.
—¿Sabes cuál es mi mayor miedo?
—¿Cuál?
—Que algún día nuestras vidas tomen caminos diferentes.
Matías guardó silencio unos instantes.
Luego tomó la mano de Elena.
—Es normal que cada uno siga sus propios sueños.
Ella lo miró.
—Pero eso no significa que dejemos de caminar juntos.
Las palabras de Matías hicieron que Elena sonriera con tranquilidad.
—Tienes razón.
—Los viajes cambian, los lugares cambian y nosotros también cambiaremos. Lo importante es que nunca dejemos de elegir compartir el camino.
Elena apoyó la cabeza sobre su hombro.
—Me gusta esa idea.
En ese momento, una estrella fugaz cruzó el cielo.
—¡Mira! —exclamó Elena.
Los dos siguieron con la vista el breve destello.
—Dicen que hay que pedir un deseo —comentó Matías.
Elena cerró los ojos por unos segundos.
Cuando volvió a abrirlos, él preguntó:
—¿Lo pediste?
Ella asintió.
—Sí.
—¿Me lo vas a contar?
Elena sonrió con picardía.
—No. Si lo digo, puede que no se cumpla.
Matías rió.
—Entonces esperaré a descubrirlo algún día.
Permanecieron allí hasta que la noche avanzó y el aire se volvió más fresco.
Antes de regresar al hotel, Matías tomó una última fotografía.
No era del paisaje.
Era de Elena mirando las estrellas con una sonrisa serena.
Al revisar la imagen, sonrió para sí mismo.
—Creo que esta será una de mis favoritas.
—¿Por qué?
—Porque me recuerda que los mejores recuerdos no siempre están en los monumentos.
—¿Y dónde están?
Matías guardó la cámara.
—En las personas con las que decides compartir el viaje.
Elena entrelazó su mano con la de él.
Juntos emprendieron el camino de regreso, sabiendo que al día siguiente terminaría su aventura en Roma, pero también convencidos de que todavía quedaban muchos destinos por descubrir.
Porque algunas historias de amor no se miden por el tiempo que duran...
Sino por la cantidad de recuerdos que logran crear juntos.