Habían pasado tres semanas desde la publicación de la primera novela de Elena y la inauguración de la exposición fotográfica de Matías.
Sus días se habían llenado de entrevistas, firmas de libros y nuevos proyectos.
Aunque el ritmo era más intenso que antes, seguían encontrando tiempo para desayunar juntos cada domingo.
Aquella mañana, mientras compartían un café y unos croissants, el teléfono de Matías vibró.
Miró la pantalla y frunció el ceño.
—Es un correo de una revista de viajes.
—¿Lo vas a abrir? —preguntó Elena.
—Claro.
Leyó el mensaje en silencio.
Poco a poco, una expresión de sorpresa apareció en su rostro.
—No puede ser...
—¿Qué pasó?
Matías giró el teléfono para que Elena pudiera leer.
La revista organizaba un concurso internacional de fotografía y lo invitaba a participar como uno de los finalistas.
El premio incluía una exposición itinerante por varias ciudades del mundo.
—¡Matías, es una oportunidad increíble!
Él aún no salía de su asombro.
—Nunca imaginé que me invitarían.
Mientras seguían hablando, ahora fue el teléfono de Elena el que sonó.
Era otro correo electrónico.
Lo abrió con curiosidad.
Su editorial le proponía presentar su novela en una feria internacional del libro que reuniría a autores de distintos países.
Elena levantó la vista.
—Parece que hoy es el día de las sorpresas.
Los dos se miraron y comenzaron a reír.
—¿Sabes qué es lo más curioso? —dijo Matías.
—¿Qué cosa?
—Los dos eventos son en la misma ciudad.
Elena volvió a leer el mensaje.
Era cierto.
Tanto la exposición como la feria se celebrarían durante la misma semana.
—Parece que el destino sigue insistiendo en llevarnos al mismo lugar.
Matías sonrió.
—Como aquella primera escala.
Durante las semanas siguientes comenzaron los preparativos.
Matías seleccionó cuidadosamente las fotografías que presentarían en la exposición.
Entre ellas estaban algunas de París y Roma.
Elena, por su parte, preparó una charla para compartir cómo nació la idea de su novela.
La noche anterior al viaje, ambos se reunieron para revisar todo.
—¿Nerviosa? —preguntó Matías.
—Un poco.
—Yo también.
Elena cerró la maleta y sonrió.
—Hace unos años me daba miedo viajar sola.
—Y ahora...
—Ahora siento que cada viaje trae una oportunidad nueva.
Matías tomó el pequeño mapa donde habían marcado París y Roma.
Sacó un marcador y dibujó un signo de interrogación sobre el siguiente destino.
—Mañana descubriremos cuál será el próximo recuerdo que añadiremos aquí.
Elena observó el mapa.
Recordó aquella primera escala de ocho horas que cambió su vida.
Si alguien le hubiera dicho entonces que un día viajaría por el mundo presentando un libro inspirado en esa experiencia, no lo habría creído.
Pero allí estaba.
Con una novela publicada.
Con un compañero de aventuras.
Y con un futuro lleno de posibilidades.
Antes de apagar la luz, Matías tomó una fotografía de la libreta azul de Elena, del mapa con los destinos marcados y de los dos boletos de avión sobre la mesa.
—¿Por qué esa foto? —preguntó Elena.
Él sonrió.
—Porque los grandes viajes siempre empiezan con un sueño... y con un boleto en la mano.
Elena tomó su mano.
—Entonces mañana escribiremos otro capítulo.
Matías asintió.
—Y estoy seguro de que será uno de los mejores.
Esa noche ninguno de los dos pudo dormir demasiado.
La emoción por la nueva aventura era más fuerte.
Sin saberlo, el siguiente viaje les regalaría mucho más que éxito profesional.
También les ofrecería una decisión que cambiaría sus vidas para siempre.
Continuará...