La última noche del Festival de los Sueños llegó envuelta en un cielo completamente despejado.
Toda la plaza estaba iluminada por cientos de faroles que colgaban de los árboles y los edificios antiguos.
En el centro se había instalado un pequeño escenario de madera.
Los habitantes del pueblo comenzaron a ocupar sus lugares mientras el murmullo de la gente llenaba el ambiente de emoción.
—Parece que todo el pueblo está aquí —comentó Elena.
Matías observó a las familias, los niños y los visitantes.
—Hoy será una noche especial.
Julián se acercó a ellos con una sonrisa.
—Esta noche tendremos el tradicional concierto bajo las estrellas.
—¿Quién tocará? —preguntó Elena.
—Músicos de nuestro pueblo... y Lucía será la encargada de cerrar el concierto.
Elena sonrió al recordar a la joven violinista.
—Se lo merece.
La música comenzó cuando el sol desapareció detrás de las montañas.
Primero sonó una guitarra.
Después un piano.
Más tarde se unieron un violonchelo y una flauta.
Cada melodía parecía contar una historia distinta.
Matías no dejaba de tomar fotografías.
Pero, por momentos, bajaba la cámara para simplemente disfrutar del instante.
—Hay recuerdos que no necesitan una fotografía —dijo.
Elena asintió.
—Solo necesitan ser vividos.
Finalmente llegó el turno de Lucía.
Subió al escenario con su violín entre las manos.
Respiró profundamente antes de comenzar.
Las primeras notas llenaron la plaza con una melodía suave y emocionante.
El silencio del público era absoluto.
Elena sintió un nudo en la garganta.
La música parecía hablar sin necesidad de palabras.
Cuando la pieza terminó, toda la plaza se puso de pie para aplaudir.
Lucía hizo una pequeña reverencia, emocionada.
Después del concierto, Lucía se acercó a Elena y Matías.
—Gracias por escucharme.
—Gracias a ti por compartir tu música —respondió Elena.
Matías le mostró una de las fotografías que había tomado durante su presentación.
Lucía sonrió al verla.
—Nunca me había visto tocando así.
—Porque estabas viviendo el momento —dijo Matías.
—Y eso fue exactamente lo que quise capturar.
Antes de despedirse, Julián les entregó un pequeño paquete.
Dentro había dos cintas iguales a las que habían colgado en el Árbol de los Deseos.
—Guárdenlas.
Elena las observó con curiosidad.
—¿Para qué?
—Para que, cuando cumplan esos sueños, regresen algún día y escriban otros nuevos.
Matías guardó las cintas con cuidado.
—Lo prometemos.
Más tarde, mientras caminaban hacia el hotel, Elena abrió su libreta.
Con la luz de una farola escribió:
"Capítulo 42. Hay noches en las que la música, las estrellas y los sueños hablan el mismo idioma. Solo hace falta detenerse a escuchar."
Cerró la libreta y levantó la vista.
Las estrellas brillaban con intensidad sobre las montañas.
—¿En qué piensas? —preguntó Matías.
Ella sonrió.
—En que este viaje nos está enseñando algo diferente en cada lugar.
—¿Y qué aprendimos aquí?
Elena tomó su mano.
—Que los sueños no solo se cumplen. También se comparten, se celebran y se convierten en inspiración para otros.
Matías asintió.
Sabía que esas palabras también resumían la historia que habían construido juntos desde aquella inesperada escala en París.
Al día siguiente partirían hacia un nuevo destino.
Otro lugar.
Otra historia.
Otro recuerdo que llevarían consigo para siempre.
Continuará...