La mañana siguiente amaneció tranquila.
Elena seguía pensando en la carta que había escrito el día anterior.
La llevaba cuidadosamente guardada entre las páginas de su libreta.
Matías también conservaba la suya dentro de la funda de su cámara.
Ninguno de los dos sabía qué había escrito el otro.
Y, por alguna razón, eso hacía que aquel momento fuera todavía más especial.
Después del desayuno regresaron a la Casa de las Cartas.
Valeria los recibió con una sonrisa.
—¿Pudieron escribirlas?
Ambos asintieron.
—Sí.
—Entonces ya dieron el paso más difícil.
Elena preguntó con curiosidad:
—¿Y ahora qué hacemos con ellas?
Valeria señaló un antiguo buzón de madera colocado junto a una ventana.
—Pueden guardarlas ahí. Las cartas permanecerán conmigo hasta que decidan enviarlas o entregarlas personalmente.
Matías observó el buzón.
—Es una bonita forma de darles tiempo a las palabras.
Valeria sonrió.
—Las palabras también necesitan encontrar el momento adecuado.
Antes de irse, Elena y Matías depositaron sus sobres en el buzón.
No sintieron tristeza.
Al contrario.
Sintieron tranquilidad.
Como si aquellas cartas estuvieran esperando el instante perfecto para cumplir su propósito.
Más tarde caminaron por el centro histórico de la ciudad.
Había librerías, cafeterías y pequeñas galerías de arte.
En una plaza encontraron a un grupo de niños leyendo cuentos al aire libre.
Una profesora los invitó a acercarse.
—Hoy celebramos el Día de las Historias Compartidas.
Elena sonrió.
—Parece que llegamos justo a tiempo.
La profesora les pidió que hablaran con los niños sobre su trabajo.
Elena contó cómo había descubierto su pasión por escribir.
Matías explicó que una fotografía podía conservar un instante para siempre.
Al finalizar, una niña levantó la mano.
—¿Cuál ha sido la historia más bonita que han encontrado?
Elena miró a Matías.
Después respondió:
—La nuestra comenzó en un aeropuerto.
Los niños escucharon con atención mientras les contaban, de forma sencilla, cómo una escala inesperada había cambiado sus vidas.
Cuando terminaron, uno de los pequeños dijo:
—Entonces nunca sabemos cuándo puede empezar una aventura.
Matías sonrió.
—Exactamente.
A veces basta con decir "hola".
Aquella tarde recibieron un correo de la organización cultural.
Su proyecto "Mil caminos, mil historias" había sido seleccionado para formar parte de una gran exposición internacional que recorrería varios países.
Elena no podía creer la noticia.
—¡Lo logramos!
Matías la abrazó.
—Todo el esfuerzo valió la pena.
La exposición permitiría que miles de personas conocieran las historias que habían recopilado durante sus viajes.
Era un nuevo sueño hecho realidad.
Al caer la noche, caminaron hasta un mirador desde donde se veía toda la ciudad iluminada.
Elena abrió su libreta por una página en blanco y escribió:
"Capítulo 45. Las palabras más importantes no siempre se dicen de inmediato. A veces esperan el momento perfecto para llegar al corazón de quien las necesita."
Matías leyó la frase y sonrió.
—Creo que algún día leeremos esas cartas.
Elena tomó su mano.
—Y cuando llegue ese día, sabremos que era el momento indicado.
Los dos contemplaron las luces de la ciudad en silencio.
Habían aprendido que los viajes no solo les regalaban paisajes.
También les enseñaban el valor de una conversación, una fotografía... o una carta.
Y todavía quedaban muchos capítulos por escribir antes de llegar al final de su aventura.
Continuará...