Tras despedirse de los estudiantes, Elena y Matías emprendieron un viaje más.
No figuraba en ningún calendario de conferencias ni en los planes de la organización cultural.
Era un destino que habían elegido solo para ellos.
Mientras el tren avanzaba, Elena observó el paisaje por la ventana.
—Después de tantos años viajando, pensé que este momento sería triste.
Matías la miró con una sonrisa.
—¿Y lo es?
Ella negó con la cabeza.
—No. Siento gratitud.
El tren se detuvo en un pequeño pueblo rodeado de colinas y campos de flores.
No era famoso.
No aparecía en las guías de turismo.
Precisamente por eso lo habían elegido.
Querían pasar unos días lejos del ruido y las prisas.
Al bajar, una anciana les dio la bienvenida.
—Bienvenidos. Espero que encuentren aquí la tranquilidad que buscan.
Elena sonrió.
—Creo que ya la encontramos.
Caminaron por las calles empedradas, visitaron una panadería familiar y descansaron junto a un lago de aguas cristalinas.
Por primera vez en mucho tiempo, dejaron la cámara guardada durante varias horas.
Solo contemplaban el paisaje.
—Hoy no has tomado ninguna fotografía —comentó Elena.
Matías respondió:
—Porque algunos recuerdos prefiero guardarlos únicamente en mi memoria.
Ella tomó su mano.
—Me gusta esa idea.
Al atardecer llegaron a una pequeña colina desde donde se veía todo el valle.
Había un banco de madera orientado hacia el horizonte.
Se sentaron en silencio.
El viento movía suavemente los árboles.
Después de unos minutos, Elena habló.
—¿Sabes cuál fue el mejor regalo de este viaje?
Matías la miró.
—Encontrarte.
Ella sonrió.
—Y descubrir que una conversación puede cambiar una vida.
Antes de que anocheciera, Elena abrió su libreta una vez más.
Escribió:
"No importa cuántos lugares visitemos. Siempre habrá uno al que queramos regresar: aquel donde fuimos verdaderamente felices."
Matías leyó la frase.
—Creo que ese lugar no es una ciudad.
—¿Entonces qué es?
Él respondió sin dudar.
—Es cualquier lugar donde estemos juntos.
Elena sonrió emocionada.
Cuando regresaban al pueblo, encontraron un viejo buzón de madera junto al camino.
Recordaron inmediatamente a Valeria y la Casa de las Cartas.
Sin decir una palabra, ambos escribieron una pequeña nota de agradecimiento dirigida a todas las personas que habían formado parte de su aventura.
La dejaron dentro del buzón.
No sabían quién la encontraría.
Pero confiaban en que llegaría a las manos correctas.
Esa noche, el cielo estaba completamente despejado.
Miles de estrellas iluminaban el valle.
Elena apoyó la cabeza sobre el hombro de Matías.
—¿Te das cuenta?
—¿De qué?
—Estamos llegando al final de esta historia.
Matías sonrió.
—Del libro, sí.
Pero no de nuestro viaje.
Ella asintió.
Sabía que tenía razón.
Los viajes importantes nunca terminaban realmente.
Solo daban paso a nuevos comienzos.
Antes de dormir, Elena escribió la última frase del día:
"Capítulo 55. El último destino no siempre es un lugar. A veces es el momento en que comprendemos cuánto hemos cambiado gracias al camino recorrido."
Cerró la libreta con cuidado.
Solo faltaban cinco capítulos para el final.
Y ambos estaban listos para vivirlos con la misma ilusión que sintieron aquella primera escala de ocho horas en París.
Continuará...