El canto de los pájaros despertó a Elena antes de que saliera el sol.
Abrió la ventana de la pequeña posada y respiró el aire fresco del valle.
Las primeras luces del amanecer comenzaban a iluminar las colinas, mientras una ligera neblina cubría los campos de flores.
—Matías... despierta —susurró con una sonrisa.
Él abrió los ojos lentamente.
—¿Ya salió el sol?
—Todavía no. Pero quiero verlo contigo.
Subieron hasta la colina donde habían estado la tarde anterior.
El banco de madera seguía allí, completamente vacío.
Se sentaron en silencio.
No hacía falta hablar.
Frente a ellos, el cielo pasó del azul oscuro al naranja, luego al dorado.
Cuando el primer rayo de sol apareció en el horizonte, Elena sintió una profunda paz.
—Es uno de los amaneceres más bonitos que hemos visto.
Matías asintió.
—Y no porque sea el más famoso.
—¿Entonces?
—Porque estamos aquí para vivirlo.
Mientras el pueblo despertaba poco a poco, comenzaron a caminar por un sendero rodeado de árboles.
En el camino encontraron a un anciano pintando el paisaje con acuarelas.
Sobre el lienzo no aparecían solo las montañas.
También había dos pequeñas figuras sentadas en el banco de madera.
Elena sonrió.
—Somos nosotros.
El pintor levantó la vista y respondió con una sonrisa.
—El paisaje es hermoso.
Pero las personas que lo contemplan también forman parte de él.
Matías observó la pintura con admiración.
—Nunca lo había pensado así.
El anciano se presentó como Arturo.
Llevaba más de treinta años pintando los amaneceres del valle.
—¿Nunca se cansa de ver el mismo lugar? —preguntó Elena.
Arturo negó con la cabeza.
—Ningún amanecer es igual al anterior.
Siempre cambia la luz.
El viento.
Las personas.
Y también cambia quien lo observa.
Aquellas palabras quedaron grabadas en la libreta de Elena.
Antes de despedirse, Arturo les regaló una pequeña acuarela del amanecer.
En la esquina inferior había escrito:
"Cada nuevo día también puede ser un nuevo comienzo."
Elena la guardó con mucho cuidado.
Sabía que sería uno de los recuerdos más valiosos del viaje.
Aquella tarde regresaron al lago.
Esta vez sí llevaron la cámara.
Matías tomó solo una fotografía.
No del paisaje.
Sino de Elena sonriendo mientras sostenía la acuarela de Arturo.
—¿Solo una foto? —preguntó ella.
Él asintió.
—Algunas imágenes no necesitan repetirse.
Esta resume perfectamente este lugar.
Al caer la noche, ambos regresaron a la posada.
Elena abrió la libreta por una de sus últimas páginas.
Escribió:
"Capítulo 56. Cada amanecer nos recuerda que siempre existe la posibilidad de empezar de nuevo, sin olvidar todo lo que vivimos para llegar hasta aquí."
Cerró la libreta lentamente.
Ya solo quedaban cuatro capítulos para concluir aquella historia que había comenzado con una inesperada escala en París.
Y, por primera vez desde el inicio del viaje, ninguno de los dos sentía tristeza.
Solo gratitud.
Porque comprendían que los finales también podían ser hermosos cuando estaban llenos de recuerdos.
Continuará...