El último día en el pequeño pueblo llegó con un cielo despejado.
Elena y Matías caminaron una vez más por las calles tranquilas, saludando a las personas que habían conocido durante su estancia.
La panadera les regaló una hogaza de pan recién hecha.
El florista les entregó un pequeño ramo de lavanda.
Y Arturo, el pintor, los esperaba junto al lago con una sonrisa.
—Sabía que vendrían antes de marcharse.
Elena sonrió.
—No podíamos irnos sin despedirnos.
Arturo les mostró un nuevo cuadro.
Esta vez aparecía el banco de madera vacío, iluminado por el amanecer.
—¿Por qué está vacío? —preguntó Matías.
El pintor respondió con tranquilidad:
—Porque algunas personas se marchan, pero los lugares siguen guardando el recuerdo de quienes estuvieron allí.
Elena observó el cuadro con emoción.
—Es precioso.
Arturo se lo regaló.
—Quiero que lo lleven con ustedes.
Así, cada vez que lo miren, recordarán que siempre existe un lugar donde encontrar paz.
Antes de abandonar el pueblo, Elena y Matías regresaron por última vez a la colina.
El viento movía suavemente la hierba.
El banco seguía esperándolos.
Se sentaron uno al lado del otro.
—¿Recuerdas la primera promesa que hicimos en París? —preguntó Elena.
Matías asintió.
—Prometimos no dejar de descubrir el mundo juntos.
Ella sonrió.
—Y la cumplimos.
Matías la miró con cariño.
—¿Hacemos una nueva?
—Claro.
Después de pensar unos segundos, Elena dijo:
—Prometamos que, sin importar cuántos años pasen, nunca dejaremos de encontrar tiempo para viajar, aunque sea a un lugar cercano.
Matías extendió su mano.
—Lo prometo.
Ella estrechó su mano con una sonrisa.
—Yo también.
Antes de levantarse, Elena colocó una pequeña cinta azul en una rama cercana al banco.
No tenía palabras escritas.
Solo era un símbolo.
Matías la observó con curiosidad.
—¿Qué significa?
—Que algún día volveremos.
Él sonrió.
—Entonces este no es un adiós.
—No.
Es un "hasta pronto".
Por la tarde abordaron el tren de regreso.
Mientras el paisaje se alejaba lentamente por la ventana, Elena revisó las últimas páginas de su libreta.
Quedaban muy pocas hojas en blanco.
—Parece que el viaje está llegando a su final.
Matías respondió:
—El de esta libreta.
Porque nuestra historia seguirá escribiéndose.
Elena sonrió.
Sabía que tenía razón.
Esa noche, durante el trayecto, escribió:
"Capítulo 57. Las promesas más importantes no se hacen para un día. Se hacen para toda la vida, y se cumplen paso a paso, viaje tras viaje."
Cerró la libreta con cuidado.
Solo quedaban tres capítulos para terminar aquella aventura.
Y ambos sentían que el final sería tan inolvidable como el instante en que todo comenzó.
Continuará...