Escalera Real

Capítulo 1: Baraja

Y de repente, ahí estás. Silencio. Dos tenues rayos de luz blanca, uno procedente de las rendijas de las puertas y otro de la diminuta separación entre las cortinas, iluminan levemente la habitación en la que te encuentras. Ha ocurrido de repente, hace una milésima de segundo tu experiencia onírica te transportaba a un éxtasis erótico y emocional que dibujaba en tu rostro dormido una sutil sonrisa y, ahora, las terminaciones nerviosas de tu cara notan la brisa que acaricia tu piel y tu sistema vestibular nota el ligero movimiento rítmico al que las corrientes marinas someten la embarcación en la que viajas.

Estabas dormido, recorriendo la línea argumental de tus fantasías representadas en una serie de recreaciones sensoriales y, sin ningún aviso, tus párpados se abrieron simultáneamente, sustituyendo la dulce ilusión por la amarga realidad, el utópico sueño por la decadente existencia, la placentera mentira por la hiriente verdad. La habitación, contrastando la negra oscuridad con la escasa luz blanca, parecía detenida en el tiempo. Nada se movía. Ojala pudiera quedarme aquí.

La vida es una alternación de dos clases de momentos. Nuestras acciones son meras respuestas a preguntas, la vida solo es mera existencia, por lo que nuestras acciones nacen de dudas existenciales. Esos son los primeros momentos, los que eres conscientes de tu existencia y solo cavilas sobre ella. Pero comerte tanto el coco como un Pac-Man no es algo que le guste mucho a la gente. Por eso llena su vida con emociones. Normalmente suelen ser emociones positivas producidas por ver a un ser querido, hacer deporte, leer un libro, follar, ver una película, ayudar a quien lo necesita... Estos son los segundos momentos, intentos de ignorar los primeros. Pero, por mucho que se sobrecargue la vida con los segundos momentos, los primeros siempre saldrán a flote.

Ahora mismo, por ejemplo. Mis párpados, traicionando mis deseos, me han traído de vuelta a la realidad y ese shock me ha hecho experimentar uno de los primeros momentos. Son esa clase de momentos de los que no podemos escapar. Es como la típica noche de fiesta con tus amigos. Risas, drogas, música y sexo. Distracciones. Pero, de repente, un pensamiento fugaz borra todas las distracciones y tu cerebro se sobrecalienta con todas las preocupaciones que pretendías ignorar. De ese ciclo es difícil salir.

Ahí estaba, tumbado, odiándome a mí mismo por despertarme y por pensar. La peor tortura para una persona. Pensar. Recordar. Todo lo que tuvo que suceder para que llegara este momento, todas las decisiones que tuve que tomar, todas las cosas que me pasaron, todo lo que salió mal. Una vida horrible la verdad, una vida en la que tu pasado es como Chernobyl no es deseable para nadie. Si una parte de ti está infectada, la infección va contigo a todos sitios y nunca te abandona. Cualquier edificio necesita unos cimientos firmes si quiere seguir en pie. Los errores de mi vida se personificaban en cabezas que giraban alrededor de la mía mientras me gritaban, como si fueran dibujos animados.

Mi pan de cada día, todo el día, todos los días. Respecto a esto, hay dos formas de actuar. Ignorarlos y sobrecargarte de segundos momentos o resolverlos y guardarlos en el cajón de casos cerrados. Yo soy de los segundos, pero los fantasmas del pasado no se esfuman por arte de magia. El problema está resuelto, pero eso no limpia tus manos, ni tu conciencia. Cuando llevas tanto tiempo recibiendo puñetazos, acabas tan entumecido que ya no notas nada y tus huesos se han endurecido tanto que no te hacen daño. O al menos eso me digo.

Haciendo acopio de todas mis fuerzas, logré transformar los ciento ochenta grados de mi cuerpo tumbado a los noventa en el borde de la cama. Pero, esa parte de la cama es como la frontera entre dos jurisdicciones. Sabes que tienes que elegir una de las dos opciones, pero si fuera por ti no te moverías.

Ante la duda entre lo viejo y lo nuevo, siempre elijo la novedad, pues, si lo viejo fuese mejor, lo nuevo no te crearía una duda. Me levanté y recorrí el camarote que, aunque estaba en penumbra, ya había memorizado y no necesitaba la vista para cruzarlo. El flash de la luz de las primeras horas del día se lanzó contra mis pupilas, abrasándolas. Cuando se contrajeron lo suficiente como para dosificar la entrada de toda la luz que emitía el carro de Apolo, exhalé el aire que inspiré al salir de la habitación y oteé el paisaje.

Era uno de esos días en el que el cielo está totalmente gris, en el que la lanuda manta de nubes cubre el cielo, otorgándole el aspecto de una oveja sucia. A pesar de eso, los rayos del sol luchaban por abrirse paso entre las espesas nubes, simulando que estas mismas irradiaban luz. Es por ello que el agua del mar, originalmente transparente, no tenía su matiz azul tan descrito por poetas e ilustrado por pintores sino más bien un gris desconocido por marineros novatos y deseado por peces plateados en busca de camuflaje, aunque se percibía un aura negra producida por empresarios y criticada por ecologistas. Las olas subían y bajaban alternamente dando la sensación de movimiento y simulando ser una vasta sábana que ondeaba por el viento en un balcón. El impacto de estas contra el casco del barco hacía que pequeñas porciones de ellas se separaran del mar y humedecieran el aire de la cubierta.

Mientras mi mirada recorría el horizonte, encontré a un hombre en la proa del barco, imitando mi actitud pacífica y observadora desde un puesto más avanzado. Su pelo, lo suficiente largo como para estar pendiendo, pero no lo suficiente como para alcanzar sus hombros, saltaba de grises pelos de experiencia a blancos de sabiduría. Decidí acercarme a saludar. Mientras bajaba las escaleras que me separaban de la cubierta, el olor salado del mar impregnó mi nariz y mis párpados, dejando restos de sal en los bordes de las fosas después de inhalarla. Ya me había acostumbrado a ese olor, pero seguía resultando molesto cuando lo experimentaba por primera vez cada mañana. Algún marinero canturreaba una canción sobre un mundo de piedra.




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