Escalofrios

EL GUARDIAN DE LAS SOMBRAS

La nieve caía en densos copos sobre el pueblo alpino de Sankt Wendel, borrando los contornos de los tejados puntiagudos y las calles empedradas. Era la noche del 24 de Diciembre, la Krampusnacht. Mientras los niños, con una mezcla de emoción y temor reverencial, dejaban sus botas brillantes junto a la chimenea para San Nicolás, los adultos bajaban la voz y aseguraban las cerraduras. No era solo una tradición turística; en Sankt Wendel, la memoria del Krampus era una herida antigua y profunda.

Leo Brandt observaba el vendaval desde la ventana de su estudio, una cabaña de madera a media hora de caminata del pueblo. Era escritor, había llegado buscando silencio y encontró, en cambio, un eco persistente. Su investigación sobre leyendas locales lo había llevado a obsesionarse con el Krampus. No la figura folklórica de pelos y cuernos que asusta a los niños, sino algo más antiguo y oscuro que los aldeanos mencionaban entre dientes: Der Schattenwächter, el Guardián de las Sombras.

Según los relatos más viejos, recopilados en diarios y cartas que olían a polvo y miedo, el Krampus no castigaba solo a los niños malcriados. Acudía donde la podredumbre moral era más espesa, donde la maldad humana se enquistaba como una gangrena en el alma. Su misión no era pedagógica, sino purgativa. Y Leo, en su arrogancia intelectual, había empezado a realizar un ritual descrito en un grimorio desgastado: una serie de símbolos tallados en madera de abeto negro, velas de sebo de cabra y la recitación de un poema en un dialecto casi extinto. Lo hizo como experimento, como parte de su libro. No creía en nada de eso.

Pero esa noche, la atmósfera tenía un peso diferente. La nieve no caía, parecía ser empujada por una voluntad furiosa. El viento aullaba con una cadencia que casi formaba palabras. Leo encendió la chimenea, pero el frío no se disipaba; era un frío interior, que se pegaba a los huesos. Repasó sus notas, intentando concentrarse. En una página, había transcrito una advertencia de un pastor del siglo XVII: "No invoquéis al Guardián para ver su rostro, pues no verás solo su rostro, sino el reflejo de todo lo que has sembrado."

Un golpe seco resonó en la puerta de la cabaña, tan fuerte que hizo temblar los cristales. No era el golpe de un vecino. Era como el impacto de un árbol contra la tierra. Leo contuvo la respiración. El silencio que siguió fue más aterrador que el golpe.

Se acercó a la ventana lateral, escudriñando la oscuridad. Entre los torbellinos de nieve, distinguió una silueta. No era alta, pero era ancha, desproporcionada. No tenía la forma de un demonio cómico, sino la de algo que se había olvidado de cómo ser un animal, o un hombre. Vio el destello de unos cuernos retorcidos, no brillantes, sino negros y mate como el carbón. Y colgando de ellos, como trofeos macabros, pequeños cascabeles plateados que no sonaban con el viento. Estaban mudos.

La criatura se volvió ligeramente, y Leo creyó ver su ojo. No un ojo de bestia, sino algo profundo, antiguo y terriblemente lúcido. No mostraba furia, sino una paciencia infinita y gélida. En ese instante, no sintió miedo por su vida, sino algo peor: la sensación de ser completamente visto, diseccionado, comprendido en todas sus partes más bajas.

Retrocedió tropezando, derribando una pila de libros. El golpe en la puerta se repitió, esta vez seguido de un desgarro: las robustas maderas comenzaron a rajarse, como si fueran papel podrido. Leo buscó desesperado un arma, un escape, pero su mente, entrenada en la lógica, se negaba a procesar lo imposible que estaba sucediendo. Recordó las palabras del pastor. "El reflejo de todo lo que has sembrado."

Y entonces, los recuerdos acudieron, no como imágenes, sino como sensaciones vívidas y tóxicas. La mentira cruel que arruinó la carrera de un rival, no por necesidad, sino por envidia. La indiferencia glacial ante el sufrimiento de su ex esposa. Los pequeños robos de autoría, las traiciones íntimas disfrazadas de pragmatismo, el desprecio sordo que albergaba por casi todos. Había construido una narrativa de sí mismo como un hombre bueno, un poco cínico tal vez, pero decente. Ahora, bajo la mirada implacable de aquella cosa en la nieve, esa narrativa se deshacía, revelando la costra de egoísmo y malicia que la sostenía.

La puerta cedió con un estallido. No entró con estruendo. El Krampus se deslizó al interior, y el aire se volvió gélido y espeso, oliendo a tierra helada, corteza de abeto podrida y un regusto metálico a sangre vieja. No llevaba cadenas, ni una canasta en la espalda. Sus manos, terminadas en garras oscuras y astilladas como ramas, estaban vacías. Pero su presencia era una presión física sobre el pecho de Leo.

La criatura no se acercó. Se quedó en el umbral, su respiración un sonido rasposo como piedras arrastradas por un río subterráneo. Leo, paralizado, la miró a los ojos. Y en las profundidades negras de esas órbitas, no vio monstruosidades, sino ecos. Vio el rostro de su rival cuando descubrió el sabotaje, la desolación en los ojos de su esposa el día que la abandonó con un argumento cruel y bien elaborado. Vió el daño que había causado, no como consecuencias abstractas, sino como heridas vivas, palpitantes.

— No soy un monstruo — logró balbucear Leo, con la voz quebrada.

— Soy un hombre. He cometido errores, pero… —

El Krampus inclinó ligeramente la cabeza. No habló, pero una voz resonó en la mente de Leo, una voz formada por el crujir de ramas, el aullido del viento y el susurro de hojas secas:

NO JUZGO. MUESTRO. LA SEMILLA GENERA SU PROPIA COSECHA. ESTA NOCHE, LA COSECHA HA MADURADO.

Una de sus garras se extendió, no hacia Leo, sino hacia el aire frente a él. Y allí, en el espacio entre ellos, las sombras se condensaron, formando imágenes nítidas y terroríficas. Leo se vio a sí mismo, no como era ahora, sino como una versión futura, distorsionada por la amargura y el aislamiento que él mismo había plantado. Lo vio enfermo y solo, repeliendo a todos con su cinismo. Lo vio convertido en la esencia misma de la podredumbre que ahora contemplaba con horror. Era un espejo del alma, proyectado en su futuro más probable.



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En el texto hay: relatos de terror

Editado: 26.12.2025

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