Escalofrios

CARAS PALIDAS

La victoria del círculo de sal fue una ilusión breve, un espejismo de seguridad que se deshizo con el rocío de la mañana. El terror no había retrocedido; sólo había cambiado de táctica. Las Caras Pálidas, como ahora las llamaba Lucía en sus pensamientos más íntimos, ya no se limitaban a arañar los cristales. Ahora trabajaban en el interior de las mentes.

Los padres de Lucía, Marcos y Elena, fueron los primeros en mostrar los síntomas. Al tercer día tras el incidente inicial, empezaron a olvidar. Pequeñas cosas al principio: dónde dejaron las llaves, el nombre del maestro de Lucía. Luego, huecos más grandes. Elena preparó el desayuno y puso tres tazas, aunque en la mesa sólo estaban ella y su marido.

— ¿Para quién es la tercera? — preguntó Marcos, con una leve irritación.

Elena miró la taza extra, su ceño fruncido en una confusión genuina y profunda. No recordaba. No recordaba a Lucía sentada allí, silenciosa y pálida, comiendo su avena bajo la mirada vigilante de su abuela Carmen.

Carmen veía el desgaste. Lo notaba en cómo la luz de los ojos de su hija Elena se había apagado, cómo su risa era ahora un eco plano. Marcos, antes meticuloso, dejaba herramientas oxidándose en el jardín. La casa, empezaba a llenarse de polvo en las esquinas y de un descuido silencioso. No era pereza. Era como si el interés, la atención, el propio cuidado por el mundo que les rodeaba estuviera siendo extraído gota a gota durante la noche.

La araña no había vuelto a entrar en la habitación de Lucía. El círculo de sal, renovado cada tarde con una precisión religiosa por Carmen, se mantenía intacto. Pero la niña ya no dormía. Oía la canción de cuna sin tono, ahora más sutil, no en sus oídos, sino detrás de sus ojos. Era un zumbido que se infiltraba en sus sueños cuando finalmente caía rendida al amanecer. Soñaba con la fábrica textil abandonada en las afueras del pueblo. Soñaba que era una marioneta colgada de hilos brillantes y violetas, y que desde las sombras de la nave industrial, múltiples caras blancas e inexpresivas la observaban, mientras sus manos-pata movían los hilos con lentitud aterradora.

El verdadero horror psicológico comenzó con los espejos.

Una madrugada, Lucía se despertó con una necesidad urgente de ir al baño. El círculo de sal era una barrera sagrada; cruzarlo por la noche era la regla cardinal. Pero la necesidad era física, apremiante. Contuvo la respiración, saltó por encima de la línea blanca y corrió por el pasillo oscuro. Al regresar, al pasar frente al espejo largo del recibidor, algo la detuvo.

Su reflejo estaba allí, pijama blanco, ojos oscuros y asustados. Pero detrás de ella, en la penumbra del pasillo que llevaba a la habitación de sus padres, no estaba la pared. En el reflejo, se veía un pasaje largo, húmedo, cuyas paredes brillaban con una seda grisácea. Y al fondo, inmóvil, una forma alta y articulada estaba de pie. La Cara Pálida. No se movía. Sólo observaba su reflejo en el espejo, su boca recta y cerrada, sus hundimientos oculares fijos en la nuca de la niña en el mundo del cristal.

Lucía giró sobre sus talones, el corazón golpeándole la garganta. El pasillo real estaba vacío, sólo la oscuridad familiar. Volvió a mirar el espejo. La imagen del túnel de seda y la araña seguía allí, nítida, más real que la realidad misma. Sintió una náusea profunda. ¿Qué era lo verdadero? ¿El pasillo vacío que sus sentidos le decían que estaba ahí, o la pesadilla que el espejo reflejaba? Rompió el contacto y huyó a su habitada, saltando de nuevo dentro del círculo, temblando de pies a cabeza. No se atrevió a mirar si había dejado un rastro, si había perturbado la sal.

A la mañana siguiente, intentó contárselo a su abuela. Las palabras le salían atropelladas, inconexas. Carmen la escuchaba, pero Lucía veía una distancia en sus ojos, una leve niebla. La canción sin tono estaba trabajando también en ella, más lento por su edad, pero trabajando.

— Fue un sueño, niña. Un susto. Los espejos a veces juegan malas pasadas con la poca luz — dijo, pero su voz carecía de la firmeza de antes. Era como si la convicción misma se estuviera erosionando.

La manipulación de la percepción se volvió la nueva arma. Lucía empezaba a ver movimientos en el rabillo del ojo: una sombra que se deslizaba por el techo de la cocina, una mano pálida que se retiraba rápidamente detrás del sofá. Pero cuando miraba directamente, no había nada. Sus padres parecían fantasmas ambulantes. Una tarde, encontró a su madre de pie en medio del salón, mirando fijamente la pared, sus dedos moviéndose ligeramente, como si estuviera tejiendo un hilo invisible.

— Mamá? — Elena se volvió. Su sonrisa era extraña, plástica.

— Estaba pensando en el patrón del nuevo tapiz — dijo, pero sus ojos no enfocaban a Lucía, sino algo detrás de ella.

El miedo de Lucía se transformó en una paranoia silenciosa y corrosiva. ¿Estaba realmente a salvo dentro del círculo? ¿O era eso también una ilusión que las Caras Pálidas permitían que tuviera? Una noche, juró haber visto cómo un grano de sal en el borde del círculo se movía solo, rodando unos milímetros hacia fuera, empujado por un hilo de aire casi imperceptible que venía de la ventana entreabierta. ¿Lo había hecho el viento? ¿O una succión cuidadosa, paciente, desde el exterior?

La gota que colmó el vaso de su cordura fue el dibujo. En la escuela, ahora medio vacía porque varios niños sufrían de una anemia repentina y severa, la maestra les pidió que dibujaran a su familia. Lucía, con manos temblorosas, dibujó a sus padres. Pero, sin darse cuenta, les añadió extraños apéndices curvados que salían de sus espaldas, como patas adicionales, y sus caras las pintó de un blanco pálido, con sólo dos puntos negros por ojos. Cuando se dio cuenta de lo que había hecho, un frío absoluto la recorrió. Lo arrugó con furia. Pero esa noche, en el sueño, vio a sus padres en la fábrica. Estaban de pie, inmóviles, mientras hilos violetas salían de sus orejas, nariz y boca, conectándolos a las manos-pata de las Caras Pálidas, que los movían como torpes marionetas. Y sus rostros eran los del dibujo: blancos, inexpresivos.



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En el texto hay: relatos de terror

Editado: 05.03.2026

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