Escalofrios

EL REFLEJO DE LA CASA DE AL LADO

A Lucía no le sorprendió ver a una mujer en la ventana del edificio de enfrente. Llevaba tres meses viviendo en el piso doce de la calle Méndez Álvaro, y ya conocía las costumbres de algunos vecinos: el anciano del séptimo piso que sacaba a su caniche a las ocho de la mañana, la pareja del quinto que discutía los viernes por la noche, la mujer del tercero que nunca bajaba las persianas.

Pero aquella mujer era diferente.

Ocurrió un martes de noviembre, alrededor de las once de la noche. Lucía había apagado todas las luces del salón para ver mejor la lluvia contra el ventanal, ese espectáculo gratuito de luces de neón reflejadas en el asfalto mojado. Fue entonces cuando la vio: una figura recortada contra la claridad amarillenta de una ventana en el edificio de enfrente, justo a la misma altura que la suya.

Doceavo piso también.

La mujer estaba de espaldas, con el pelo oscuro recogido en un moño deshecho, exactamente igual que Lucía solía llevarlo después del trabajo. Llevaba una bata de estar por casa, azul marino, muy parecida a la que Lucía había tirado a la basura la semana pasada porque se le había roto la cremallera.

Lucía se acercó un poco más al ventanal, pegando la frente al cristal frío. La lluvia dificultaba la visión, pero podía distinguir la silueta inmóvil de la mujer. No hacía nada. Simplemente estaba allí, de pie, mirando hacia la pared.

— Qué raro — murmuró Lucía para sí misma.

Encendió la lámpara del salón y, casi instantáneamente, la mujer del edificio de enfrente hizo lo mismo. Una luz amarillenta se encendió tras ella, idéntica a la de Lucía. Pero la mujer no se dio la vuelta. Siguió inmóvil, de espaldas.

Lucía sintió un escalofrío que no venía del cristal helado.

Apagó la luz.

La mujer de enfrente apagó la suya.

Y entonces, lentamente, como si el movimiento le costara un esfuerzo sobrehumano, la figura comenzó a darse la vuelta.

Lucía contuvo el aliento.

Pero antes de que pudiera ver su rostro, un relámpago iluminó el cielo y, cuando el estallido blanco se desvaneció, la ventana de enfrente estaba vacía.

— Solo fue una vecina — se dijo en voz alta, como si verbalizarlo le diera poder sobre el miedo.

— Una vecina con los mismos horarios que yo. Eso es todo —

Pero esa noche, Lucía durmió con la luz del pasillo encendida.

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Durante los días siguientes, Lucía no pudo evitar mirar hacia esa ventana.

Lo hacía mientras desayunaba café solo y una tostada, justo antes de salir hacia la oficina. Lo hacía al volver del trabajo, mientras se quitaba los zapatos en la entrada. Lo hacía incluso en mitad de la noche, cuando se levantaba al baño y se sorprendía a sí misma asomándose entre las cortinas.

La mujer aparecía siempre a deshoras.

A veces, a las seis de la mañana, cuando aún era de noche y Madrid dormía, Lucía la veía caminar de un lado a otro de su salón, como ella misma hacía cuando no podía conciliar el sueño. Otras veces, al mediodía de un sábado, la descubría leyendo en un sillón colocado justo donde Lucía tenía el suyo.

Nunca veía su cara.

Eso era lo peor. La mujer siempre estaba de espaldas, o de perfil, o tan borrosa que resultaba imposible distinguir sus rasgos. Pero su cuerpo, su postura, la forma en que movía las manos al hablar por teléfono... todo resultaba inquietantemente familiar.

Una tarde, Lucía decidió hacer una prueba.

Se colocó frente al ventanal y levantó el brazo derecho.

La mujer de enfrente levantó el brazo derecho.

Lucía se quedó paralizada. No, pensó. Es una coincidencia. Estará haciendo otra cosa. Pero entonces se inclinó hacia la izquierda, y la mujer se inclinó hacia la izquierda. Dio un paso atrás, y la mujer dio un paso atrás.

— No puede ser — susurró.

Salió corriendo del salón, entró en el dormitorio, cerró la puerta y se sentó en la cama con el corazón golpeándole las costillas. Pasaron cinco minutos, diez, media hora. Cuando por fin reunió el valor para volver al salón, la ventana de enfrente estaba vacía y a oscuras.

Pero en el cristal de su propia ventana, empañado por el vaho, alguien había escrito una palabra con el dedo:

AQUÍ

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Lucía intentó racionalizarlo. Debía de ser una vecina real, una mujer con una obsesión gemela por imitarla. Quizás incluso una broma de mal gusto. Decidió investigar.

Al día siguiente, antes de entrar a trabajar, se plantó en el portal del edificio de enfrente. Era idéntico al suyo: mismo recibidor de mármol gris, mismos buzones de latón, mismo olor a lejía y a humedad. Subió en el ascensor hasta el duodécimo piso. Allí solo había dos puertas: la A y la B.

La ventana desde la que la mujer la observaba correspondía al piso A.

Lucía llamó al timbre.

Silencio.

Volvió a llamar, insistiendo esta vez con el dedo pulgar. Nada. Probó a asomarse a la mirilla, pero solo vio oscuridad. Apoyó la oreja contra la madera y contuvo la respiración.



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En el texto hay: relatos de terror

Editado: 05.03.2026

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